Los Panchos acompañan mi velada; mi  compañera insiste en hacerme perder de nuevo el conocimiento, no puedo culparla pues la había dejado olvidada en un rincón desde que mi hermano murió y al parecer esta es su venganza: embriagarme… Es increíble que haya pasado ya un año y un mes de ese momento, desde que me llamaron al trabajo y me dijeron: Cristian murió.

Recuerdo que me rompí pero traté de ocultarlo, me dio miedo que los compañeros del trabajo pudieran verme llorar. También recuerdo que la que hoy me acompaña fue la última botella que compramos juntos y que dijimos beberíamos en su cumpleaños…

Después de marzo, fue un año muy de la chingada.

¿Por qué escucho a Los Panchos? Porque a él le gustaba escucharlos, decía que le recordaban a su mamá. Compartí 22 años con él y pude llamarle sin miedo “mi hermano”, pero él ya no está.

Hay días, como hoy, en los que me pongo a pensar en él. Hay otros en los que no me pasa más por la cabeza. Y hoy puedo decir abiertamente y sin miedo: No lo extraño. No lo extraño de la forma en que duele pero sí, me hace falta en muchas tardes y noches, en días en los cuales solo quiero caminar debajo de la lluvia.

Hay momentos en los cuales quisiera desaparecer.

Si se lo hubiese contado, platicarlo como solíamos hacerlo, con unas cervezas en la azotea de su casa, todo ese pensamiento “malo” se esfumaría. Hoy tengo que afrontar a la vida, al mundo, a la peste que resulta ser la sociedad, a todo mal, todo  sin él.

Solo me queda decirle: “Gracias, gracias por enseñarme a vivir y a superarme en cada aspecto”. Por eso no te extraño, porque me enseñaste que un hermano está más allá de la sangre, porque me enseñaste a ver lo bueno que hay en mí. 

Eddie Cerón

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