Quentin hace lo que se le da la regalada gana y punto. ¿Que desde Kill Bill no ha levantado el vuelo? Por el contrario, Tarantino ha venido haciendo desde hace tres películas algo que en Hollywood es sacrilegio: ser un autor único, poseer personalidad, libertad creativa y muchos huevos. Quien crea que el de Tennessee facturó con “Pulp Fiction” su obra maestra y que todo lo que vino después fue una decepción tras otra, cierre esta crítica y vaya a leer Cinemania. El cine es transformación, pasión, entretenimiento y talento. Un listado de virtudes que cintas magnánimas como “Jackie Browne” (1997) o la infravalorada obra maestra “Death Proof” (2007) cumplen con creces y revelan un creador que, para bien o para mal de sus fans, escribe y dirige para su propio divertimento. Él así lo ha declarado. El resto del mundo está invitado a participar, sí quiere, de ese universo tan suyo cuya impronta estilística ya es más que conocida: un golpe de gore y cine de género apadrinado por olvidados maestros de serie B; la vileza del blacksploitation de los setenta redimido por el honor del rico arte del kung fu y las espadas ninja; numeritos musicales (memorables) que no vienen a cuento, pero endiablada osadía formal no envidia nada a  Jean-Luc Godard y la nueva ola francesa.

Sugiero al lector dedicar un día completo a repasar la filmografía (irregular, desde luego, pero intransferible) de este loco     cineasta salido de la nada y considerar cuántos otros cineastas allá afuera en activo podrían ofrecer sus personajes de carne y hueso con la musicalidad de sus líneas, el férreo dominio de la cámara y el lenguaje cinematográfico para generar suspenso, acción y drama de la nada, o su inacabable gusto musical y literario en complicidad con una dirección de actores prodigiosa. Si el lector gusta mucho del cine, probablemente encontrará a los iguales de Tarantino en Lars Von Trier, Jim Jarmusch y Paul Thomas Anderson (nombro solamente a autores relativamente conocidos, pero hay más), quienes también son unos genios, por cierto.

Muchos, equivocadamente, ven un robo de influencias donde sólo existe respeto y cariño por la cinematografía mundial y una voracidad cinéfila que no conoce de los límites ni prejuicios a los que sí están atados sus detractores menos inteligentes, que no saben nada de él ni del cine que lo antecede.

Más razonable, opino yo, desarmarlo a partir de sus sesgos narrativos, de su cada vez más evidente obsesión por el contraste. En “Pulp Fiction” o “Bastardos sin gloria”, por ejemplo, podemos percibir perfectamente un mismo procedimiento y una estructura similar: la puesta en escena de un grupo de personas dialogando casi hasta el paroxismo, intercambiando mucha cháchara (buena, muy buena, ingeniosa, indudablemente), llevando al espectador hasta poco antes del límite de su paciencia, allí donde parece que no sucede absolutamente nada, tan solo para desatar un segundo después una explosión vibrante de balas, espadazos, sangre, miembros mutilados volando por los aires, chicas de acción peleando por su vida sobre el capó de un Dodge Challenger a doscientos kilómetros por hora contra un psicópata fetichista, la quema espectacular de cierta función de cine bélico nazi…

Solo “Jackie Browne”, un heist donde se cuenta la historia de una azafata negra en problemas con la policía y el crimen organizado, parece no encontrar su lugar en ninguna de estas categorías, motivo por el cual muchos tarantinitos la desestiman cuando la realidad es que se trata de un trabajo admirable de contención, estilo y ritmo cinematográfico. Un ritmo que Tarantino sabe cómo usar con maestría (“Perros de Reserva”, “Jackie Browne”, “The Man from Hollywood”), y que entre la época de “Kill Bill” y “Bastardos…” fue relegando en favor de un relato sintético, de vez en cuando forzadamente totalitario, que en su afán de coger avariciosamente todos y cada uno de los planos de su universo cinematográfico se ha quedado con casi nada, con unos caparazones bien filmados, pero sin garra.

Ejemplo de ello, su penúltima película: “Django sin cadenas” es el monstruoso engendro de esa prosecución estúpida por la explotación de todas las posibilidades del relato, sumada a la soberbia y vanidad del director, quien adolece claramente de humildad y fortuna en la sala de montaje desde que su colaboradora de toda la vida, la excelsa Sally Menke, perdiese la vida en 2010, un año después de firmar su último trabajo con él en su fantasía nazi. ¡Qué notoria la ausencia de aquella mujer! Quizás la única con el tacto y la capacidad para hacer entrar en razón a Tarantino, quizás la única que habría echado una hora de metraje de “Django” a la basura, donde pertenece. Tal vez, la única persona en este mundo que podría haber hecho de “The Hateful Eight” una de las memorables aventuras de Tarantino. Pero sólo se quedó en curiosa y, a ratos, divertida.

The Hateful Eight” funciona bien, y en ningún momento se hace aburrida, como mucha gente floja reclama por allí, pese a que ocupa sus primeros noventa minutos en instalar a sus personajes en situación y otros treinta en bordar su misterio. Ocho misteriosos personajes se encuentran atrapados dentro de una cabaña en medio de la ventisca, rodeados por la nieve, en un denso ambiente de paranoia donde la desconfianza irá desgranando poco a poco sus secretos hasta que la sangre comience a correr.




El Misterio es tan transparente, y los sucesos acaecen de forma tan ramplona, que en un primer visionado la película parecería predecible, sin rumbo, y de alguna forma lo es, pero Tarantino sabe algo de cine (vaya que lo sabe).  No se conforma con hacer una película de misterio al uso, ni un western paisajista de persecuciones a muerte. Es más, ni siquiera se rebaja a regalar al espectador ni un solo párrafo de diálogo memorable o una secuencia de acción estremecedora como, por comparación, aquel cruce de fuegos en la taberna francesa de “Bastados sin gloria”.

“The Hateful Eight” es más disfrutable en tanto sirve como juego de referencias para fans, un ensayo de estilo para no perder el oficio, y poco más. Así como Martin Scorsesse entregó hace algunos años ese jueguito intrascendente llamado “Shutter Island”, así Tarantino presta su talento a un divertimento simple y llano que no pretende agregar nada a su filmografía en cuestión de inventiva artística, ni al género al que hace homenaje. Lo que sí se puede esperar de esta película es un reparto variado, del que sobresale una Jeniffer Jason Leigh en estado de gracia, sucia, repugnante y malévola como Daisy Domergue, una fugitiva de la justicia por cuya cabeza se paga una buena recompensa, y los regresos de Michael Madsen (Mr. Blonde), Zöe Bell (doble de acción de las películas de Quentin en la vida real y una de las geniales protagonistas de “A Prueba de Muerte”), Samuel L. Jackson y el siempre carismático Kurt Russell (Stuntman Mike) al mundo Tarantino. También allí tenemos una hermosa banda sonora de Morricone, emocionante, ominosa, apuntando anotaciones terroríficas que añaden a la película balance y perspectiva adicional subrayando la veta aventurera del libreto, que es como funciona mejor, y no como western. Como si se alzarán de entre los muertos, personajes, encuadres y música comienzan a erguirse ante nuestros ojos y florecer en nuestra memoria, y ya entrados 120 minutos en la película comenzamos a ver por todas partes “Perros de Reserva”, “Bastardos sin gloria”, “Pulp Fiction” (sutil referencia), “Django sin cadenas” y hasta a Christoph Waltz… ya lo entenderán. Incluso Quentin hace de las suyas.

Quentin Tarantino es uno de los directores más importantes de nuestra generación, y uno de los creadores más astutos y personalísimos de la historia del cine. Uno puede sentir una vibra casi infantil recorrer cada fotograma de diálogo y de sangre, y una fe ciega que nos transmite confianza en lo que vemos, que entretiene y arroba, que se pasa de volada entre parlamentos cargados de buen humor y gags visuales inteligentes.

Es 2017 y Tarantino no da señas de tener un proyecto entre manos. Se ha limitado, por el contrario, a aseverar cada vez con mayor recurrencia su retiro definitivo del cine tras su décima película. Eso nos deja con dos buenas oportunidades, o si no se pone las pilas, con dos probables decepciones y un broche de bronce en una filmografía que de todos modos, a estas alturas, ya es legendaria por mérito propio y ni la propia megalomanía de su creador puede mancillar.

¿Llegaremos a ver la tercera parte de Kill Bill? ¿La película de gangsters? ¿Una incursión en el género de horror? ¿Un nuevo capítulo en esa serie de apócrifos hechos históricos? Nada sabemos de Quentin Tarantino excepto que sus películas son puro gozo: una celebración de la vida, la cultura pop y el cine.

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