Una tarde, hace muchos años, contrario a la costumbre que me había impuesto de no volver a casa antes de las tres de la tarde, tomé el autobús con destino a San Mateo Atenco. Decir que tenía hambre no logra comunicar el apetito primigenio que me había embargado de súbito mientras transcurrían los últimos minutos de clase: el vacío que se había formado en mi estómago me hizo temblar. Cuando cogí mi mochila apreté el paso, temeroso de encontrarme con algún conocido en la explanada o el estacionamiento a quien, sin duda, increparía sin justa razón por el hambre cancerígena que me estaba consumiendo el alma.

En mi bolsillo llevaba poco más de cincuenta pesos. Podría haber echo una parada en la cafetería de la facultad, no cabe duda, pero una idea fija se había engastado en mi mente a la par del ansia primordial de mi cuerpo: quería comer comida casera. Necesitaba comer en casa. Además, no solamente se trataba en hallar la comida servida cuando tocase la puerta, pues no poseo llave de la entrada, sino encontrarla dispuesta como si mi madre, sabiendo que por lo corriente llegaba a casa puntualmente, me esperase con sus cacerolas, platos y cubiertos acomodados en corro a la cabecera de la mesa alrededor de un plato humeante de sopa o caldo de pollo o lo que fuera. Qué importaba que no fuera sopa o caldo. Qué importaba que sólo hubiera pan tostado y rebanadas de jamón sin sal. En cada escenario, sin excepción, me visualizaba satisfaciendo mi apetito en el comedor de mi casa, acodado sobre el agudo relieve del mantel blanco de punto, bajo la mirada atenta de mi madre y mi abuela, escuchando de fondo las respuestas insulsas de una familia detrás de un botón rojo en el panel de un programa de concursos de la televisión abierta.

La fantasía era precisa, febril, y mientras el autobús zozobraba sobre sus ejes al descender por la calle Morelos, apoyé la sien derecha sobre el cristal de la ventana, estiré mis brazos sobre el espaldar del asiento frente a mí y comencé a rezar porque no hubiera demasiadas congestiones de tránsito sobre Avenida Las Torres. Toda vez que un usuario ascendía al autobús o se apeaba, pensé que estallaría en insultos, que levantaría mis miembros inermes del pringoso asiento entibiado por mi culo y mi espalda y me lanzaría con uñas y dientes sobre el conductor o sobre quien se interpusiera en mi camino. Hacer una llamada telefónica de auxilio no era una alternativa: las cosas no eran así. No correspondía a nadie más que a mí ese ataque de tintes proféticos, esa hambre…

Al llegar a Instituo Literario, no subió nadie. Dos calles después, frente a las oficinas del periódico Milenio, descendió un puñado del pasaje. Miré en rededor, acalorado, castañeando los dientes: en la parte trasera dormitaba un estudiante con la barbilla sobre el pecho; adelante, sujetas al asidero del respaldo frontal, dos ancianas de facciones severas miraban por la ventana, sin decirse palabra. Vi, al sesgo, cómo se prolongaba el corredor del autobús hasta límites absurdos. El conductor, en lontananza, era una silueta fosca embutida en pantalones de franela y camisa blanca; no llevaba música, pero ese es un detalle que recién he captado.

Cuando el adolescente subió al autobús, apenas nos incorporábamos a Cinco de Mayo y las dos viejas ya se habían apeado en la calle aledaña. El joven, uniformado en pantalón de vestir y suéter, ambos color azul marino, era un preparatoriano alto de semblante distinguido. Llevaba sobre la espalda una mochila discreta color negro y, apresado en una mano, un pan de dulce dentro de un envoltorio de plástico. Dejó caer la mochila con un golpe sordo dos asiento enfrente de mí, y se sentó a lo largo, con las piernas extendidas hacia el corredor y la nuca pegada a la ventana. En cuanto se hubo acomodado, deshizo los nudos del envoltorio y descubrió la corteza escarchada de un pan cuyo nombre desconozco, pero que definitivamente no podía ser la elección de un joven, más proclive a escoger un atractivo bizcocho relleno de crema o un cono o un pie de piña, sino la de una abuela mezquina y sobria, y así, posando sus ojos en él le dio un mordisco. Era tanta su avidez que había desaparecido la mitad de la pieza al primer bocado. El estómago, como si él mismo hubiera digerido el trozo de pan, se atemperó dentro de mi cuerpo mientras mis ojos veían el movimiento de las mandíbulas que un instante después dieron el penúltimo mordisco. Trocitos de pan seco y granos de azúcar se desperdigaron sobre la barbilla del joven y rodaron por el cuello de su camisa, ensuciándolo todo, pero su apetito, la vida que dentro de él tenía tanta hambre como yo brillaba a su alrededor todo lo contrario y en proporción opuesta a la mía, que me oscurecía y me empujaba a la demencia.

Cuando el último trozo de pan descendió por su garganta, precedido por las migas que pillaba sobre su pecho y se echaba al cogote como un pajarillo, salté de mi asiento, sabiendo que me tomaría otros cuarenta y cinco minutos caminar desde la Terminal de vuelta al Centro, y presioné el botón de parada. Me hallaba frente a Wall-Mart y mi único deseo consistía en regresar a Instituto Literario y comer unos tacos al pastor, baratos, frente a Grand Plaza, con tanta despreocupada vitalidad como el adolescente que se alejaba en el autobús de camino a casa, donde era probable que también lo esperase un plato de sopa caliente.

Sabía que si tomaba otro autobús, era probable que no juntase lo suficiente para comprar una orden de tacos, así que deshice el camino por las mismas calles que transitaba el autobús y así me hice llegar bajo el sol abrasador de las dos de la tarde hasta Instituto Literario, olvidado de la mesa de mi casa y de mi madre y mi abuela, invadido por un horror creciente que comprobé a conciencia cuando puse un pie  dentro de la taquería, impotente y lacio y perlado de sudor: ya no tenía hambre.

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