Tengo frío y me estoy mareando. No sé si sea por el cigarro que me fumé o por lo que sin querer vi en la pantalla. Ya no importa, mejor sigo caminando porque no quiero ponerme triste y que esto termine mal otra vez. Nos dirigimos a los Portales. No puedo dejar de sentir una gran nostalgia al recorrer estas calles, porque inevitablemente me recuerdan a los viejos tiempos, cuando tú y yo nos amábamos de una manera única; y no es que ya no lo hagamos, solo es distinto, porque ya no estamos juntos.

El House cake donde me compré un pan de queso la semana pasada y lo me lo comí con un café americano. Y sí, también estaba contigo. Lo sé, es inevitable no pensar en ti: todo me lleva a algún recuerdo nuestro. Mejor sigo caminando y finjo estar bien, aunque en realidad tenga el estómago vacío y el corazón comprimido porque sé que ya es hora de despedirse.

Estamos sentados en esta banca fría, bajo el árbol pequeño donde no cagan los pájaros. “Solo quiero estar cinco minutos en lo que se me pasa un poco el mareo”. Permaneces callado; con ese silencio, no incómodo, pero doloroso, al que de alguna manera ya me acostumbré. ¿Qué importa si no alcanzo el último camión? Solo parece que ya quieres que me vaya. “Mira, ya llegó tu amigo”. ¿De verdad? Solo te fuiste así; un “cuídate” comprime más mi corazón.

Giro la cabeza y te veo saludando a tu amigo, pero no solo viene él, está acompañado. Sí, de dos chicas, pero solo puedo reconocer a una: Es ella, la chica de la que alguna vez me platicaste. Qué mierda, sigo en el frío y estoy sola. Sacó el teléfono que está en el bolsillo de mi chamarra de cuero falso. Marco a mi mejor amiga sin respuesta; marco a mi mejor amigo y contesta. “Estoy sola y triste. Por favor ven por mí”. Cuelgo y sigo esperando… ¿esperar qué? ¿a que regreses? Creo que es demasiado tarde para que eso suceda.

Sigo siendo culpable, pero al igual que tú, busco perdonarme. Giro nuevamente la cabeza y te vuelvo a ver, pero te vas con ellos y yo sigo aquí sentada. Estás volteando y me estás viendo, pero sigues tu camino. Siento como mi corazón se deshace. Cae la primera gota, y en seguida viene un llanto abundante, al que también ya me acostumbré. Odio sentir mi cara húmeda, y más porque hoy me pinté los ojos. Lo hice porque quería verme bonita para ti.

Solo siento mi dolor y el caer de mis lágrimas. Ya no me importa llorar y ver que la señora del suéter naranja me está volteando a ver. Lo único que deseo es que llegue Antonio y me saqué de aquí. ¿Quién es ella? ¿Se está acercando? ¿A mí?

“¿Estás bien? Sabes, yo también tuve un mal día, pero quiero que sepas que todo va a estar bien”. Tiene el cabello azul y una de las sonrisas más sinceras que he visto en mi corta vida. Es una desconocida. Saca papel de su mochila y me lo da. Se detiene el llanto por un instante. Este ángel azul me ha salvado, al menos por esta noche.

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