NOTA ACLARATORIA (LEA SI HA ASISTIDO A LA FCPYS)

Una tarde, saliendo de clase de Estudios Críticos con el Dr. G…, invité a mi amigo Alejandro, estudiante de comunicación, a almorzar fuera de la facultad en una cafetería de fachada amarilla al otro lado de paseo Tollocan. Mientras esperábamos que las cocineras frieran las hamburguesas, Alejandro me contó, como es usual en él, una de esas historietas sórdidas que tanto placer le brindaba relatar en los tiempos muertos entre clases, cuando nos sentábamos en la explanada bajo el solezaso, o bien, en las fiestas, cuando el alcohol le soltaba la lengua. Esta, como podrán comprobar los lectores, me llamó especialmente la atención por la cercanía del ámbito y lo disparatado de la fábula. De todos modos, transcribo la historia tal y como la recuerdo, y haciendo respetuosa emulación del particularísimo estilo verbal de Alejandro, quien no demorará en ser identificado por los lectores que hayan compartido aula con él.

Alejandro al habla:

Un amigo de la escuela me contó que hace como quince años, en la facultad, había un director llamado Ricardo no sé qué, que era muy buena persona y que tenía credenciales que lo validaban como uno de los mejores doctores en derecho del Estado de México, si no es que el más.

     En ese entonces la facultad aún no estaba terminada…, me refiero a la infraestructura.

     Los edificios eran pequeños, de un piso; la biblioteca era notablemente menos magnífica que la “Central” que tenemos hoy día; los baños era una mierda, ya sabes, parecía una escuela rural.

     Por aquellos años, platica mi amigo, uno de sus primos, bastante mayor, estudiaba Ciencias Políticas. En ese entonces, creo que ya existía Comunicación, pero era una carrera nueva y casi nadie la estudiaba.

     El dichoso primo tenía novia; sus amigos, también. (Creo que antes los hombres no eran  unos pagafantas como ahora.) Y allí tienes que la Facultad, menor en número de alumnos, y por tanto, menor en número de profesores, conserjes y seguridad, albergaba mucho espacio abierto en el Cerro y detrás de los edificios, donde nadie podía ver nada.

     Dice mi amigo que su primo era un desmadre y que sus amigos del primo eran un supremo desmadre, y que el desmadre que hacían era desmadre de veras, no mamadas.

     (Por ese entonces, en prepa dos, para que te des una idea, estaban en su auge los pinches porros.)

     Pues allí tienes que el primo, sus amigos y sus novias, como todos los universitarios, estaban en el apogeo de la calentura.

     Y no pensaban más que en follar, beber, etcétera. Lo común.

     Así que, después de clases o entre clase y clase, procedían las parejas a escaparse detrás de los edificios en construcción, o a los parajes más inciertos del cerro, a follar.

     No me dijo mi amigo si se iban a follar por parejas, o se reunían varios números de parejas, pero follaban donde cayera.

     Así que allí tienes que un día, obviamente, las autoridades escolares se dieron cuenta de lo que sucedía.

     ¿Pero qué iban a hacer los administrativos con la situación? Pues nada, porque el número de alumnos que lo hacían era numeroso, o sea, era una práctica común.

     Y meterse en este tipo de asuntos, allá por inicios de los noventas tenía sus pedos.

     Ya de plano, podríamos decir que mientras las autoridades se hicieran de la vista gorda, el resto podía fingir que no pasaba nada.

     Y pasó el tiempo y el director, que fue responsable de levantar la mayoría de los edificios de mi escuela durante su administración, se dio a la tarea, un tanto inusual, de cerrar uno de los baños de la biblioteca central, uno que está en el piso de abajo…

     Claro, podría pensarse que era parte de las remodelaciones, si no hubiera sido porque fue el único baño en toda la facultad que se sometió a las operaciones secretas del director.

     A nadie le importó, la verdad, lo que pudieran hacer de ese baño de porquería. Es así que durante tres semanas, un mes o algo así, los empleados de la biblioteca tuvieron que soportar el ruideron de las operaciones. De la reconstrucción.

     El equipo estaba conformado por unos constructores de mierda, unos yeseros, unos albañiles, etcétera. Un equipo especial de construcción enviado por el director…

     Al cabo de un mes el equipo de construcción había terminado sus labores. La biblioteca volvió a la tranquilidad.

     Y conforme pasó el tiempo, un año o así, y la escuela se fue llenando con los de nuevo ingreso, que eran más que las generaciones pasadas, gracias al aumento de la matrícula, producto de la construcción de los nuevos edificios.

     Y el primo de mi amigo y sus amigos, volviendo al tema, seguían follando por allí.

     Un día, quién sabe quién y por qué razón, alguien fue a la biblioteca a sacar unos libros para resolver cuestiones relacionadas con sus materias.

     Creo que era muy temprano o era hora de la comida, porque la biblioteca estaba cerrada: un cartel anunciaba que no tardarían en volver.

     Este wey, sin tener mucho quehacer, se quedó esperando a que abrieran las puertas de la biblioteca (que no del edificio, que ya estaban abiertas) para poder sacar el libro que buscaba.

     Y en el transcurso de la espera le dio por ir a orinar.

     Así que entró al baño de la parte de abajo, el baño reconstruido.

     Yo creo que cuando entro ha de haber estado esperando la gran chingadera, no lo sé: a lo mejor pensó que ese baño en el que habían trabajado tan misteriosamente hasta hace poco iba a estar lustrado con llaves de plata y mierda y media, pero la verdad es que era idéntico a todos los baños.

     Y allí tienes que estaba orinando, mirando de frente la pared, mientras vaciaba su vejiga, el hijo de perra.

     Entonces giró la cabeza y vio en la pared, pintadas en rojo, unas flechas. Unas flechas pequeñas, pintadas con pintura de aceite, señalando el pasillo de al lado, donde se alineaban los inodoros en sus respectivos cubículos. Si hubiera tenido otro quehacer, te digo, el tío este probablemente se habría largado de allí sin ponerle demasiado interés a nada.

     Pero, como ya dijimos, la biblioteca estaba cerrada.

     A continuación, se puso a revisar todos los cubículos, uno por uno, desde el que estaba más próximo a la puerta y yendo así hasta el del final. Y tú sabes, así como él y como todos, que suele haber un cubículo más grande hacia el final de los baños. Creo que ese cubículo es para discapacitados, pero si te soy sincero, nunca he visto salir a un discapacitado de un baño, mucho menos de un maldito cubículo de esas dimensiones. En fin, los cubículos no depararon grandes sorpresas. Ninguno, excepto el último, el más grande.

     Llegado a ese punto, el tío se fijó, antes de abrir la puerta, de algo inusual en el suelo que dividía el mármol mugroso del pasillo de aquel que tapizaba el suelo de ese cubículo en especial.

     Y lo que dividía suelo y suelo, dentro del cubículo, era un tapiz rojo. Un pinche tapete rojo, tío. Pero no era un tapete rojo cualquiera, y con esto me refiero, por si lo pensabas, a que no podía ser una jerga o un trapo o una chamarra olvidada. Era un jodido tapete rojo que estaba directamente incrustado al suelo. Como si alguien hubiera instalado la alfombra de una mansión, una de esas alfombras finas como de escalera de mansión.

     Antes de abrir la puerta, el tío éste se hincó y, avergonzado, tal vez, echó un vistazo al interior por si había alguien dentro… Este reflejo es raro, ¿no? Pero lo tuvo, y yo creo que no supo explicar después por qué, pero se asomó, pensado, yo creo, que alguien estaba dentro.

      Pero no había nadie.

     En cambio, la alfombrilla roja estaba por todo el suelo del cubículo, y no sólo lo tapizaba, sino que lo cubría del todo, sin obstáculos ni manchas. Dicho de otra manera, no había retrete allí dentro.

     Quién sabe qué habrá pasado por la cabeza de ese wey. Yo pienso que ha de haber sentido un poco de inquietud allí dentro, mirando ese cubículo desnudo y rojo, sin retrete, hincado allí, solo, en medio del silencio de la biblioteca. No obstante, ya sabes cómo es la puta curiosidad: estiró la mano, tocó la alfombrilla… La alfombrilla se hundió suavemente bajo sus dedos, oponiendo una cierta resistencia…

     Al instante, supo que se trataba, sino de una alfombra, sí de un almohadón o algo así.

     Se levantó, abrió la puerta, puso dentro un pie… El pie pisó terreno firme y esponjoso. La alfombra se arrugó debajo. Ya sin pensar en nada, se agachó y retiró la alfombrilla, que no era una alfombrilla, sino una manta, y la manta cubría un colchón blanco.

     Era una cama, qué loco.

     Después de eso, mi amigo me dijo que su primo y los demás habían ido a asomarse al baño, a ver la cama que había sido mandada a instalar en el suelo del último cubículo del baño del primer piso de la biblioteca, donde casi nadie iba a orinar ni a cagar ni a hacer nada.

     Instintivamente, esas comitivas de follantes abandonaron sus lechos oscuros en el cerro y en los edificios en construcción y se trasladaron a la biblioteca. Ya nadie quería salir de la biblioteca. Por lo menos, el grupo de ellos no salía de allí. No sé si los demás, el resto de la facultad, se habrá enterado de lo que sucedía allí abajo. Pero ellos, por lo menos, sabían que aquello había sido obra del director. Y el director, antes de recibir las gracias o lo que fuera que pudiera recibir por esa obra, terminó su administración y se mudó a España a dictar clases de doctorado por allá.

     A partir de aquí, mi amigo me dijo que su primo no recordaba, exactamente, en qué punto habían mandado a emparedar con ladrillos ese baño. Ni quién lo había mandado a emparedar ni quién había dado la voz de lo que había allí abajo. Pero debió haber sido tras el periodo vacacional.

     Sí…, al llegar de vacaciones, el baño ese ya no existía.

     Pero hoy día bajas al baño de la biblioteca, y puedes ver que al fondo del mismo hay una puerta de esas de conserjería, y que si te asomas, allí hay un cubículo extraño, indiscernible en la oscuridad.

     Hoy día los baños esos siguen allí. Pero casi nadie entra… Suelen estar solos, muy solos, tío.

Yo me he metido y veo la dichosa puertita, pero siempre está cerrada con candado.

¿Cómo ves?

– ¿Es en serio esta mierda? –le pregunté.

– Ve a asomarte al baño si no me crees.

Y allí me tenían, apurando la comida para partir hacia Biblioteca Central…

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