Damon Albarn es el genio creador detrás de la música de Gorillaz, la banda virtual que a mediados de los 90 se inventó junto al artista gráfico Jamie Hewlett. Desde su creación, el proyecto ha sido ampliamente reconocido por lo novedoso de prácticamente todo lo que hacen: desde su persona en los cambiantes medios de comunicación, hasta sus presentaciones en vivo y el proceso de composición de la música, que ha llevado a Albarn a encerrarse en el cuarto de un hotel tejano con nada más que un iPad y una mente brillante que poco a poco se derrumba sobre sí misma, creando episodios y paisajes sonoros cada vez más desastrosos, pero de una belleza apocalíptica única.

La música de Gorillaz ha sido fuente de inspiración y también catapulta para otros artistas, que de la mano de Damon Albarn han despegado o consolidado carreras exitosas, principalmente en el Reino Unido. Este es el caso de los múltiples DJ’s que han contribuido con incontables remixes y lados B a toda la discografía de esta banda que de ficticia solo tiene la imagen. Igualmente con cantantes como De La Soul, Little Dragon o Daley, que muchas veces son incluso más reconocidos por su trabajo en este proyecto que por sus propias carreras.

Después de cerca de 6 años de ausencia, Gorillaz ha vuelto con Hallelujah Money, el que probablemente sea el primer sencillo de su nuevo material; en el que, según dictan los rumores, habrían contribuido figuras como David Bowie y los integrantes de Massive Attack, y cuyo mastertape se habría perdido en el asiento trasero de un taxi londinense, en la Mac olvidada de Albarn.

La única certeza que tenemos es que esta nueva canción del proyecto inglés ha dejado un sabor agridulce en los fanáticos, en primera instancia por su complejidad musical, que mezcla el R&B, el góspel y la emblemática vena electrónica de Gorillaz en un producto final que honestamente no se antoja dramático y rosa como Melancholy Hill o fiestero y upbeat como DARE, sino que suena más a The Fall que el mismo The Fall. Es la muestra de que Damon Albarn está cada vez más contaminado con la suciedad del mundo que le rodea.

La segunda impresión al ver el nuevo video de Gorillaz es la duda. Benjamin Clementine aparece en el atuendo que se ha convertido en su piel: Una gabardina negra y el torso desnudo, presumiblemente un pantalón del mismo color y los pies descalzos… Pero, ¿quién demonios es Benjamin Clementine?  Su figura a media luz frente a imágenes random de personas convulsionándose con los ojos en blanco y actrices japonesas del teatro kabuki es un espectáculo frenético y terrorífico en todo sentido.

Clementine es un vago, un homeless, un negro de orejas pequeñas y facciones esqueléticas, de ojos desorbitados y aprendizaje musical autodidacta, un francés que vivió en los suburbios de Londres después del abandono de sus padres. Un músico callejero, con alma, pero sin contrato. Un poeta que por momentos recuerda a la historia de Basquiat. Una voz que por momentos revive a Nina Simone.




Hasta ahora, nada se sabe de la colaboración entre Clementine y Albarn, pero la cuestión misma de que se hayan encontrado en algún lugar de la Gran Bretaña, de que se hayan visto y hablado, es ya un suceso digno de un cuento o de una novela, y es que existe coherencia entre la temática de Hallelujah Money y que su interprete sea este músico literalmente callejero. No hay nadie que pueda decirnos más sobre el peligro de endiosar a los billetes que Clementine, y el mismo Albarn, a quien de nada le han servido para rescatarlo de la bruma.

Por su parte, Benjamin Clementine ha forjado de su propia mano una carrera respetable entre los fanáticos del jazz, el R&B y el soul, géneros que domina a la perfección como si hubiese nacido con ellos ya puestos en la garganta, en las manos, y que nada tienen que ver con la críptica Hallelujah Money. De su estilo de interpretación cabe rescatar el uso de la vocalización como instrumento de percusión, como caja rítmica y un sentido de la velocidad que cualquier rapero podría envidiar y que le permite convertir canciones de rock en plegarias.

La música de Clementine invita al escucha a estar preparado para todo, para cambios dramáticos de tempo y caídas y subidas vertiginosas de la misma voz, que Clementine maneja a su antojo con un rango amplísimo. Todas estas cualidades musicales le prestan facilidad para lanzar gritos ahogados al igual que susurros.

Si la nueva canción de Gorillaz es un himno anti-Trump o es música de protesta debería estar de más. La buena nueva es que ha traído a nuestros oídos una voz digna en un género pervertido por “cantantes” como Adele o Sam Smith, y eso no se lo podremos acabar de pagar jamás a Damon Albarn, quien a pesar de todo, minimiza casi por completo la capacidad de Clementine en su colaboración con Gorillaz.

Benjamin Clementine se estará presentando en los próximos meses en el Carnegie Hall de Nueva York, lo cual es una grandiosa noticia por la importancia del recinto para el estilo que el cantante y pianista trata de rescatar.

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