Muchos de nosotros hemos escuchado hasta el cansancio un comentario que ya parece frase armada entre los chicos y chicas de nuestra generación: “yo no quiero tener hijos”. Nosotros, remedo de los viajes de Kerouac, intentos de punks y anarquistas, vomitivos modernillos vestidos en ropita ecológica y de estrella roja grabada en la piel, en la camiseta, en la gorra, en el case del iPhone. Cabellos azules y rosas, barbas con joyería y axilas pintadas. Pobres de esos bebés no nacidos que se quedarán sin nuestra infinita sabiduría obtenida de internet y reforzada en escuelas de artes y ciencias sociales o ingenierías por igual.

Sin aventurarme a ofrecer mi futuro como un hecho, tengo una fantasía recurrente en torno a mi propia planeación familiar: Un hijo al que le pueda poner Sticky Fingers o Beggars Banquet y decir “esto se escuchaba hace 100 años”. Cualquiera de esos o un Zeppelin.




Hoy en día son pocas las cosas memorables que tenemos y que de pronto se aparecen como joyas brillantes, tiradas u olvidadas en medio de la acera abochornada por el sol de una primavera inminente en la ciudad. Eso es la voz de Mick Jagger: un grito de sed, un aullido igualmente a la punta de los rascacielos más altos achicharrándose al sol o a las cúpulas de los bares nublados en humo de cigarrillo donde cuelgan las fotos de Muddy Waters y Howlin’ Wolf.

Los Rolling Stones son un caso singular de la cultura popular, y es que hay que decirlo: Nunca han caído de nuestra gracia. Las épocas y los ritmos han de ir y venir, pero nunca podremos olvidar los himnos que nos han regalado y que son retratos de una época y de una actitud que es honesta y vibrante: la destrucción, la velocidad y la fuerza. Hay que ser un reverendo imbécil para denostar la obra y el sentimiento de estos hombres, que aquí ya no hablo de gusto ni de motivaciones personales, sino de pura historia.

Con Blue & Lonesome, los Stones nos han regalado una demostración de su espíritu incansable y la prueba definitiva de que habrán de tocar con la misma entrega hasta el día en que se mueran. Just your Fool inaugura el disco como una marcha, una locomotora que enciende de a poco pero que igualmente podría arrastrar cualquier cosa a su paso sin chistar. La voz de Mick Jagger no tarda mucho en inundar la canción en una atmosfera febril, tersa, pero contundente; y se encumbra ante el sonido de las armónicas. Keith Richards hace gala, desde el primer momento del disco, de un estilo que por años le acompañó como escuela y que habrá aprendido en la radio o de escuchadas en sus primeros acercamientos al blues, un género que conoce bien.

Charlie Watts es un observador presente en esta carrera de egos que conocemos como los Rolling Stones, y para este álbum no se queda atrás con un sonido característico que parece viejo, empolvado y rústico… ¿Nos hace tanto daño aceptarlo?, ¿por qué tenemos que denigrar todo lo que no suene innovador y altaneramente nuevo? Commit a Crime es un track de película tejana, se vale de un riff cadencioso a cargo de Ronie Wood y es el combustible del álbum que ya despega y calienta cada vez más. Las armónicas como calderas que silban por la presión y Mick Jagger que sigue y sigue sin detenerse.

C: B. Montero Sketchbook

La canción homónima del disco es el punto de no retorno de esta obra maestra. Un Mick Jagger sobrio parece recitar o susurrar

“I’m Blue & Lonesome/As a man can be”

Encima de un despliegue técnico que enchina la piel por parte de Keith Richards.

El track es un paseo por el desierto más fulgurante o por la noche más oscura y solitaria. El escucha se encuentra siempre en este dilema durante el álbum, y seguramente ese es uno de los mayores logros de la banda en esta obra: Hacer que un álbum de blues arda en llamas como lo hace Blue & Lonesome. Mención honorífica a la armónica a cargo de Mick Jagger que chilla y se desangra cerca del final de la canción.

En All of Your Love escuchamos una canción más cercana a la profundidad de los tugurios donde el blues conoció a sus primeros músicos y fanáticos. Un track más apesadumbrado y oscuro con teclados que brindan un poco de luz en medio de la bruma negra que corre a cargo del dúo Richards – Wood y la voz de Mick Jagger que aúlla y que sufre por convicción.

La velocidad sigue subiendo y la marcha en este punto ya es imparable. I Gotta Go demuestra la energía de la banda que levanta las piedras cerca del riel conforme se avecina el estruendo. Charlie Watts se mantiene todo el tiempo en la carrera de las guitarras que suben y bajan la velocidad en riffs y armonías acompasando la voz de Mick Jagger, quien intercambia aliento entre gritos y la armónica frenética.

La colaboración de Eric Clapton es notoria en los dos momentos de su presencia, Everybody Knows About my Good Thing es el primero, y su slide guitar acompaña al teclado recordando al sonido inconfundible del country y de algunos momentos del blues de Elmore James. Keith Richards no se queda atrás y repara en un solo que parece aporrear al escucha con su dureza y empeño, tanto en el medio de la canción como al cierre de esta, donde ambos guitarristas compiten por el lugar principal.

Ride ‘em On Down es el primer sencillo del álbum, que nos presentó a Kristen Stewart en una ciudad fantasma a bordo de un Mustang azul para el video. A pesar de que la canción podría casi definirse por esa escena, he de decir que el riff es pesado y no por ello menos melódico: La parte principal de este track, como del blues en general, son las guitarras; y un trabajo excelso a nivel de producción sobre la batería de Charlie Watts, que se escucha con diferente nivel de protagonismo según avanza la canción.

Con Hate to See You Go el disco entra ya en la recta final del viaje, y no por ello deja de haber aliento en la banda que repite incesante el riff para acompañar a un Mick Jagger que suspira al final de cada linea y levanta en gritos las primeras palabras de las mismas, entre exhausto y ensoñado, pero nunca detenido.

Como un puente entre esta canción y el remate del álbum, Hoo Doo Blues regresa al escucha a la penumbra por cerca de dos minutos, pero nunca a la penumbra del entierro, sino a la que se presenta a punto del amanecer: La oscuridad inundada de vida y acción difusa y lenta.

La premisa de esta reseña, y tal vez del álbum, es rescatar esas cosas que parecen lejanas y rotas, que están hechas jirones y arrumbadas en algún lugar seco entre arañas y alacranes. La belleza de esas cosas que hemos desechado o que hemos conservado únicamente en función de recuerdos, de juguetes de fricción a los que les perdimos la llave. Little Rain es la mejor demostración de que hay vitalidad y sangre corriente en estos bellos despojos. Un track adormecido, borracho de mañana y cansado por la carga, que poco a poco abandona la modorra y se convierte en otra cosa, se aclara y se frota los ojos mientras se incorpora. La armónica llora desconsolada… y las guitarras le acompañan en su duelo, en su angustia, en su clamor por unas gotas de agua que disipen el espejismo del calor.

Cerca de finalizar el disco, Just Like a Treat You nos transporta a un bar o una cantina. El blues hecho diversión y queja al mismo tiempo, un dolor de amores que se sufre yéndose de bruces contra una barra o bailando sin saber bien cómo hacerlo.

Una vez más con la ayuda de Clapton, los Rolling Stones ponen el cerrojazo a álbum con una interpretación muy peculiar de I Cant Quit You Baby, un clásico del género que llegó a nuestros oídos gracias a la voz de Robert Plant y al desenfreno de Jimmy Page. Probablemente esta versión sea mucho más fiel a la original, pero a pesar de ello se siente de por medio la impronta de la banda, que no escatima en gritos, teclados, guitarras y batería para hacerla gemir y arrastrarse.

En su corto tiempo de vida, el álbum me ha acompañado ya en dos momentos memorables (que son menester de otro escrito) pero son también prueba irrefutable de que el disco se escapa de entre los dedos. Cuando uno menos siente, la música ha terminado y uno se queda con ganas de más, no a causa de su longitud o su contundencia, sino por la falta que nos hace música como esta, expresada sin tapujos y sin pretensiones más que la de dar vida a lo que parece inmóvil u olvidado.

Tal vez, dentro de 100 años, alguien escuche el álbum de manera ilusa y piense que así sonaba la música del 2017. Si esa imagen existe en la cabeza de cualquier fanático musical, me habré ido al paraíso.

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