“Desaparecido”: Nota aclaratoria (sáltela y vaya directamente a la crónica, si lo desea)

A pesar de que no estoy seguro del significado de la historia que relataré a continuación, existe una irresistible disposición a compartirla con los lectores habilidosos que quieran desentrañar su nudo dramático.

Las palabras me fueron confiadas por un viejo amigo de la preparatoria, I…, con quien me unía una amistad vinculada por el cine, un par de cuentos y la verborrea. Nada más graduarse, I… partió hacia California, Estados Unidos, para vivir con su padre y la esposa de éste en un chalet a pocos metros de la playa. Una de las primeras cosas que me platicó una vez se halló establecido en casa, medio año después de marcharse, fue que no había tardado gran cosa en hacer amigos; en adaptarse al ritmo de vida de su madrastra, quien se pasaba todo el día entrando y saliendo de casa entre ansiosa y lánguida, sin mucho quehacer; en acostumbrarse a la arena y el olor del mar.

Durante espacio de cuatro años, I… compartió fragmentos de su vida californiana conmigo, cotejando las palabras con la realidad y la realidad con el cine. “Los Americanos”, decía, “son muy buenos narradores. Les gusta contar historias y las cuentan bien. Tienen mucho que decir. Aparentemente, son cosas sin importancia a los que ellos les dan todo el peso del mundo”. I… estaba encantado con ellos, incluso en los tiempos más difíciles. “Quisiera hacer una película de California”, decía. Yo no entendía muy bien qué quería decir con hacer una película de California hasta que él comenzó a compartirme fragmentos cada vez más íntimos de su vida. ¿Se habrá sentido avergonzado de aquellas historias? ¿Por eso fue que desapareció?

Las últimas noticias que tuve de I… es que se había graduado de la escuela de cine en San Francisco y comenzado a filmar cortometrajes y videoclips de bandas de música locales. No está de más acotar que nuestras conversaciones eran prolongadas, pero espaciadas. A veces, pasaban dos, tres meses, sin que hubiera ninguna comunicación, hasta que una noche nuestras mentes coincidían, por decirlo de alguna forma, y nos soltábamos a hablar durante más de cinco horas. Por eso no me parece raro que no recuerde cuánto tiempo tardé en darme cuenta que, ansioso por retomar nuestras conversaciones, I… había cerrado su cuenta de Facebook sin dejar rastro de su paradero. Sin una palabra de despedida. Hoy día sigo sin explicarme, no tanto su desaparición, sino por qué jamás he marcado su número de teléfono…

Pasando revista a nuestras conversaciones es posible encontrar un buen número de historias. No sé a quién puedan interesar más allá de ciertos méritos literarios que he logrado identificar en ellas, pero esta, en particular, me sigue estremeciendo por dos cosas: por la turbación de sus protagonistas; y porque también fue la última historia que I… me refirió antes de desaparecer. Como nota adicional, cabe aclarar que me he tomado la libertad de ‘acomodar’ la crónica de I… de la mejor forma posible, vertiendo directamente la conversación de Messenger al documento en cuestión y retocando por aquí y por allá faltas de carácter menor que en nada interfieren con la narrativa.

Espero reencontrarme, algún día, con su nombre en las marquesinas.

“California”: Crónica

“Se suponía que aquel día los fríos vientos del noreste arreciarían el paso sobre la costa. Pero los pronósticos eran refutados uno tras otro: las albas eran cálidas, las tardes se poblaban de bochornosos vientos insolentes venidos del océano. Sólo la noche era helada, saturada de luces, faros, lámparas en hilera sobre los muelles, resplandores de goletas y navíos en lontananza sofocados por el mar, fogones exiguos sobre la playa, azuzados por grupos de muchachos ebrios y chicas acuclilladas. El viento hacía que todo pareciera más incierto”.

“Sentado en la orilla de la carretera: así lo encontramos, con la cara entre lo brazos y los brazos sobre las rodillas, ebrio. Yo bajé por él; Anne se quedó en el auto. Soplaba el viento, pero esa no era la razón. No. Más bien, era cosa de dignidad. Después de todo, ella había sido advertida: no podía ser vista conmigo. También me hubiera gustado saber que no podía ser vista con él, pero…”.

“Una playera y un par de bermudas era todo lo que cubría su cuerpo. Tiritaba de pies a cabeza. Me quité el blazer y se lo puse sobre los hombros. Volteé para ver a Anne, como para cerciorarme de que aquel gesto de amabilidad aún estaba dentro de los límites de lo aceptado, pero los vidrios estaban empañados”.

“Él se había puesto la chaqueta mientras yo no miraba, pero aún no podía ver su rostro. Estaba comenzando a impacientarme. Me senté a su lado (Anne como una mancha vista a través de unas gafas empañadas) y le pasé una de sus manos por encima de mis hombros, ciñéndome a su cintura. La calle estaba desierta. Éramos las únicas almas sobre la calle, cosa extraña. El frío por sí solo no amedrenta a la gente de la Costa. No imperaba el silencio luctuoso que, por decir, se espera tras la devastación de un huracán y no se compara, por supuesto, a la lánguida armonía de los espíritus anímicamente devastados por una catástrofe, pero aquella noche, así, salpicados por el alumbrado tibio, caminando sobre palmeras descuajadas y astillas, el vértigo en nuestros estómagos era el mismo”.

“Digo nuestros, porque lo veía en los ojos de Anne y porque no abrió la boca en toda la tarde, y porque él tampoco había abierto la boca en toda la tarde y porque después de eso nos abandonó. Luego estaban todos los demás. Cosa que, por otra parte, a mí no me importaba ni a Anne. Porque ellos lo sabían, ¿cierto? Todos lo sabían, pero nadie decía ni hacía nada al respecto. Lo mejor es vivir en connivencia, eso pensé. ¿Acaso no era verdad que el padre de Anne, una noche, había regresado muy temprano de trabajar un día de entresemana? Él y Anne y yo. Y,  ¿qué había dicho Anne cuando su padre se alejaba furtivamente por la puerta de la cocina hacia la terraza?: ‘No me importa A nadie le importa Me importa una mierda A nadie le importa porque no lo entienden’. Hasta entonces no teníamos dificultades, nos la pasábamos riendo y nos burlábamos de todo. El mundo parecía suceder sin demasiadas novedades y habría seguido así por algún tiempo”.

(“Luego, él dejó de vernos con la regularidad acordada. Se escondía en su casa, asistía con rigurosa puntualidad a clase, cosas así… hasta aquella tarde cuando habíamos vuelto a salir como si nada y dije, sin poder reprimirme ni echarme para atrás: ‘Anne ya no fuma’. Sus ojos se volvieron más grandes, me enfocaron, se posaron en Anne, se posaron sobre mí. Iban y venían, de uno a otro, y no supimos qué decir. Pasó algún rato repitiendo este mismo gesto sin tregua; guardamos silencio, luego se frotó las manos y se marchó sin decir nada”.)

“Pienso en esto mientras una brisa helada alza el vuelo desde la costa para penetrarnos los huesos. Me empezaban a doler los codos. Con la mano con que lo sujetaba, apreté debajo de las costillas, sólo lo suficiente para obtener una reacción. Comencé a hablarle a media voz con mi nariz sobre su pómulo derecho”.

“’Despierta’, dije, ‘Despierta, hombre, que me muero de frío. ¿No te parece bastante con lo de Anne?’, dije; y de pronto, sin cavilar o sin salir de ningún sueño interrumpido, con el movimiento pulcro y autómata de una máquina, él volvió su rostro hacia mí, como una máscara de pesadilla, y por fin pude ver sus ojos y sus ojos engendraron en mi cabeza la idea de que se levantaría de la acera y comenzaría a golpearme, que se iría sobre mi cuello con todos los dientes, con los puños, que me mataría”.

“Reculé unos centímetros en dirección contraria, liberándolo de mi abrazo; él volvió a cubrirse el rostro. No sé qué me llamó la atención de sus zapatos deportivos, tan blancos, siempre tan limpios, y la absurda comparación que establecí entre aquellos y mis Converse. Me tallé los ojos, me aproximé de nueva cuenta y le murmuré unas palabras fáciles al oído. Una promesa estéril que llevaría a cabo al llegar a casa”.

“Por primera vez en la noche, un perro ladró a la distancia con fuerza suficiente para sacarme del letargo que sujetaba mis pies al frío pavimento de la carretera. Estar allí, al tanto de él, era como contemplar el techo a medianoche en busca de respuestas. Las orejas entumidas, los ojos vidriosos. Un vaporcillo había comenzado a levantarse del suelo ofuscando el panorama, extinguiendo la luz de los faros como fósforos. Otro ladrido, aunque más cerca esta vez, y el rumor de una sirena dirigiéndose hacia la playa. Si no nos largábamos pronto de allí, alguien comenzaría a hacerse una mala idea de nosotros”.

“Sin darle más vueltas al asunto, me lo eché sobre los hombros y con gran esfuerzo lo conduje al auto. Anne estaba sentada en el asiento del copiloto. Había desempañado una porción del parabrisas desde dentro. Sin embargo, no distinguí sus facciones hasta que él y yo estuvimos muy cerca del carro. Él tenía su boca sobre mi cuello, habló sobre mi cuello, sobre mi oreja y la manchó de baba. Sin apartarlo de mí, le hice una seña a Anne con la cabeza y ésta, de mala gana, se pasó para atrás, mientras lo depositaba a él en el asiento del copiloto”.

“Aún no dejábamos la avenida cuando Anne me pidió que la dejara bajar del coche. No estaba de humor para esa mierda, eso arguyó. La busqué en el retrovisor, pero evadió mi mirada. Le dije que se calmara, que faltaban dos minutos para llegar a casa, pero ella no me escuchó y la oí abrir la puerta del coche, aunque nos movíamos de volada por la carretera, tal vez demasiado rápido”.

“Mientras, a mi lado, él murmuraba unas cosa que yo no distinguía muy bien. Creo que dijo ‘puta’ y al instante, como si su espíritu hubiera estado esperando el momento, aquel momento preciso para regresar a su cuerpo y hacer uso de su lengua por primera vez aquella noche para establecer nuestra situación,  él salió de su trance, se encaramó en el respaldo del asiento con el ánimo de un niño travieso y le dijo, con la misma voz que habría utilizado para dirigirse a un perro: ‘anda, ve, aviéntate a la carretera, mátate, haz lo que quieras, puta, pero deja ya de arruinar nuestra vida’. Acto seguido, se recompuso sobre el asiento, se abrochó el cinturón de seguridad, como impelido por su instinto ante la proximidad de un hecho adverso, se acomodó el cabello con gesto febril y, sin añadir palabra, se volvió a dormir”.

“Escuché que la puerta trasera hacía ‘clic’”.

—        Dios mío…

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: