Todas las mañanas, ella se paraba frente al espejo. Dejaba transcurrir unos segundos antes de alzar su pijama térmica, subirla hasta arriba del ombligo. Se veía. Contemplaba su cuerpo y pensaba: “No es suficiente. Tienes que cerrar más la boca”.

Pareciera que esa mañana no era distinta. Siguió el ritual del espejo, esperando encontrar un cuerpo esbelto. Pensaba que lo podría lograr porque el día anterior no desayunó, comió un poco de queso y agua y no cenó. Lo había logrado: cerró la boca la mayor parte del día. Por lo tanto, debería encontrarse con el cuerpo esquelético que tanto deseaba; pero no fue así. Se repitió lo de hace un día, cinco días, una semana, tres meses, un año… “No es suficiente. Tienes que cerrar más la boca”.

Bajó las escaleras dispuesta a solo tomarse una taza de té. Recordaba que debía de ir a tomar clases de condición física en el jardín comunitario del lugar donde vivía. “Eso ayudará” -pensaba.

Bebió el primer sorbo del té y mordió un pedazo de pan dulce -hasta ahora sin remordimiento. Su madre, al pendiente de ella, estaba consciente de que algo no iba bien. Le preguntó si había desayunado algo antes de ir a ejercitarse, y ella respondió que sí. El mirar que su pequeña tenía un cuerpo de una niña de once años le hacía pensar que debía hacer algo, pero temía reconocer el problema y al final lo ignoraba, al igual que su hija.

Tenía puesto unos pants y una sudadera que le quedaba más grande. Ella temía mostrarse en público. No se sentía segura ante la mirada de los demás, por eso ocultaba su cuerpo detrás de grandes capas de ropa.

Caminó hasta llegar al jardín. Llegó muy puntual y los demás participantes también estaban esperando. Era una linda mañana, de esas que automáticamente te ponen de buenas por el simple hecho de ver los rayos del sol.  La clase comenzó. Ella hizo los estiramientos que el instructor demandaba, pero en un santiamén pudo presentir que algo iba a ocurrir. Tal vez se trataba de uno de los desmayos que ya había tenido anteriormente, pero no le dio mucha importancia.

Sentía el aire matinal mientras trotaba en círculos. En tal circunstancia lo que menos le importaba era si el día estaba soleado o no, sino que iba a quemar las pocas calorías que había consumido del té de hierbabuena y de la octava parte del pan que se comió. Continuó corriendo hasta que apareció la primera señal: verlo todo en color púrpura. Sabía perfectamente qué proseguía después de verlo todo como el color de las uvas. Para ese entonces no le dio tiempo ni siquiera de pensar. Solo sintió como todo temblaba y como caía al pasto.

Una secuencia de imágenes se mostraban en aquel fugaz sueño: ella rodando a lo largo de una montaña de pasto, donde solía jugar cuando era niña; ella recibiendo el diploma del tercer lugar del recital de poesía; ella siendo amada por sus padres; ella usando su primer tutú a los ocho años.

Creía que había transcurrido una eternidad, pero en realidad solo pasaron diez segundos. Al abrir sus ojos, se percató de que la estaban mirando con angustia. La levantaron y le preguntaron cómo se sentía, sin embargo, ella no supo qué responder. Regresó caminando a su casa. Se sentó en la silla por un momento. Sabía perfectamente qué era lo que había ocurrido y cómo pudo haber finalizado, pero ella tenía el control, o al menos era lo que pensaba.

Nadie pudo comprender el motivo de su desmayo, solo ella lo sabía. Obedecía a su único objetivo: tener control sobre su cuerpo. Gozaba saber que era algo sobre lo que tenía poder, porque si ejercía dominio sobre su apetito, podría controlar cualquiera otra cosa. Además, su felicidad absoluta se encontraba ahí: en la visibilidad de sus huesos.

 “Nadie lo entenderá”, repitió en su cabeza, y continuó cerrando la boca, en silencio.

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