Cada vez que un colega mío se autoproclama adorador del cine pero, tras un par de minutos de conversación, demuestra su ignorancia ante nombres elementales de la cinematografía mundial tales como Ingmar Bergman, Andrei Tarkovsky o Michel Haneke, por mi cabeza desfilan muy cínicos todos aquellos engañabobos que, por medio de la grandilocuencia visual y el despliegue de unas habilidades narrativas elementales, zafias o falsamente revolucionarias, se han ganado el aplauso de aquellos críticos displicentes de nueva generación que no dudan en bostezar ante creadores ignotos como Jacques Tati, Carl T. Dreyer, Jean Pierre Melville o Yasujiro Ozu, quienes durante el siglo pasado dirigieron portentosos filmes que se enfocaron en discernir, cada uno desde una óptica y temática personales, los entresijos del espíritu humano sin caer en los vicios estilísticos y ambiciones burguesas de la industria hollywoodense de los que directores tan dispares e irregulares como Stanley Kubrick o Woody Allen vinieron abusando durante la mayor parte de su carrera.

Para quien esto suscribe es lamentable que al otear el horizonte comercial una horda de fanáticos de paletos como Kubrick y Nolan se proclame cinéfila sólo porque piensa que un sofisticado diseño aeroespacial flotando entre las estrellas es la apoteosis de la poesía visual. En “Solaris” (1972), la peor película de Andrei Tarkovsky, había muchísima mayor discusión filosófica e intuición de la tragedia cósmica del hombre en un fotograma de algas marinas que en toda la filmografía de Stanley, quien jamás fue un gran director ni escritor y que, a leguas, denotaba repudio por el ser humano y una voracidad de reconocimiento sólo comparable con la de Leonardo Di Caprio. Presten atención a estas palabras: un buen fotógrafo no hace a un gran director.




Un buen director de cine, muy (muy) a grandes rasgos, es un hombre (domador-psicoterapeuta-dictador-profeta) que conjunta la pericia técnica de cada departamento de producción del filme con una sensibilidad extraordinaria, desinteresada y valiente, preocupada por desollar el insulso rostro de las convenciones y hacer con los despojos un tratado descarnado sobre la condición humana, ya sea a través de un pronunciado pesimismo filosófico o un aguzado sentido del humor o ambos. Los mejores directores del mundo no entretienen: perturban, inquietan, despiertan la duda antes que la risa fácil o la bobalicona admiración visual. En otras palabras: ha habido pocos buenos directores en la historia; los más han sido artesanos y manieristas.

De cualquier modo, nadie que guste del cine y que quiera ir un poco más allá de Aronosfky y Tarantino (quien sí que ha sido bueno algunas veces, por cierto) puede perderse esta lista de directores básicos que todo cinéfilo que se precie debe (o debió) haber revisado alguna vez en su vida. Una lista que  he escogido con base en un criterio personal sin detenerme a reflexionar demasiado en lo que le parezca a los demás, tal y como me gusta.

Akira Kurosawa: Movimiento

El cine es ante todo el arte del movimiento y éste, por su acción, generador de drama. Akira Kurosawa, como pocos, entendió al cine como simultaneidad del accionar humano. Si el teatro, por comparación, apresa la mirada en el desarrollo de una célula determinada del conjunto diacrónico del relato  (la coordinación de escenas y actos), el cine adquiere sentido de existencia en la alteridad de las imágenes y la ingente diversidad de posibilidades de desarrollo dramático. El buen teatro emerge como virtualidad tramada, pero el buen cine revigoriza la literatura del cuerpo y la cinemática de las acciones. Akira creó un combo ganador con ambas disciplinas: Samuráis y Shakespeare.

Fotograma de Los Siete Samuráis

Toda la complejidad de la tragedia filosófica más humana de la literatura bulle bajo los ricos atavíos de la épica imperial japonesa a lo largo de casi toda la filmografía de este olvidado director nipón, quien a través de composiciones de movimiento sobrenaturales se preocupó de aspectos formales como la armonía, la posición y la luz (y el color en sus filmes tardíos), pero siempre sin apartar la cámara de un patético emperador en decadencia o un ladronzuelo redimido por un último acto de valentía o un burócrata desahuciado buscando el sentido de la vida. Revisa, como entrada, “Trono de Sangre” (1957, B/N); prosigue con “Rashomon” (1950, B/N); después, “Los siete Samuráis” (1954, B/N) y “Ran” (1985, Color).

Otros títulos imprescindibles:

  • El Ángel Borracho (1948, B/N)
  • Vivir (1952, B/N)
  • Yojimbo (1961, B/N)
  • Kagemusha (1980, Color)

Andrei Tarkovski: Memoria y sueños

“Los sueños de Akira Kurosawa” (1990, Color) fue, quizás, el último gran proyecto cinematográfico del realizador asiático y en ella se propuso la inefable empresa de trasladar algunas de sus fantasías noctámbulas a la gran pantalla. El filme es visualmente hermoso, pero la veta surrealista que permea los ocho sueños allí plasmados no convenció a la crítica, que la tildó de inconsistente y demasiado preciosista. Un dictamen elitista, pero algo menos que injusto: la plástica de los sueños, aunque penetra a todo el cine, requiere de otro tipo de magia. El vocabulario visual del narrador dista mucho de aquel que posee el poeta. Donde el primero enfoca el gatillo, el segundo devora la súplica del implorante, instante por instante, del ojo lloroso a los resquicios de la mente: palabra e imagen, verbo y verbo, se funden con espíritu y memoria: otredad detonante. Tarkovsky fue una de las mentes más brillantes del séptimo arte, velado teórico cinematográfico, modesto tejedor de versos que con técnica de renacentista y estoicismo de poeta  fraguó las leyes definitivas de los sueños y nos recordó que la memoria es el espejo definitivo de nuestro ser.

Una carrera, tenaz martirio, de altísimos vuelos artísticos que el estúpido régimen soviético de su nación pretendió censurar desde su ópera prima, “La muerte de Iván” (1962, B/N), y que finalmente lo compelió a huir a Europa, donde filmaría sus últimas dos obras maestras: “Nostalgia” (1983, Color, B/N, Sepia), un retablo de recuerdos y sueños en el que Andrei Gorchakov (el propio Tarkovski) manifiesta la añoranza por su abandonada patria así como las reticencias hacia la recién adoptada Italia; y “Sacrificio” (1986, Color): una parábola estéril sobre los terrores existenciales causados por la Guerra y el fin del mundo que convocó al equipo de producción del sueco Ingmar Bergman, actores y fotógrafo incluido, quien otorgó apoyo al cineasta ruso para filmar lo que fue el punto final de una carrera con muchos recovecos y trabas que no cuenta más de siete largometrajes, un documental para televisión y un par de cortometrajes de juventud. No hay película de Tarkovsky que no contenga en sí toda la esencia de este poeta indescriptible: formalmente sombrío, narrativamente aun más oscuro e intrincado. Por estas y otras razones, sugiero comenzar con “El Espejo” (1975, B/N, Color), hermoso compendio de sueños, recuerdos, fantasías e imágenes de origen puramente visceral que funciona como testamento espiritual de la vida de un hombre ruso en sus últimos instantes de vida. Quien haya pasado por aquella primera prueba de fuego con la certeza de haber presenciado el CINE, prosiga con lo siguiente que encuentre del soviético. Quien haya salido desconcertado, pero francamente frío y desinteresado, continúe viendo cine en minúsculas: de entre los menos peores, David Fincher.

Otros títulos imprescindibles:

  • Stalker (1979, Color, Sepia)
  • Andrei Rubliov (1966, B/N)
  • Solaris (1972, Color)

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