Dice el dicho que “la suerte de la fea, la bonita la desea”, si ponemos por caso el de una mujer, o que “verbo mata carita”, si el de los varones. He visto casos de parejas que confirman estas máximas de la sabiduría popular, pero no he sabido de mejores anécdotas, por lo menos en el sexo y el amor, tan insólitas como las de la gente bonita. Caballeros y señoritas que sobresalen entre sus amigos y colegas. Que en Facebook reciben la legitimidad de algo más que la decena de Likes con la que nos conformamos el resto de los normalones o los feos.

A mí me parece bien que, a ojos del parlamento virtual, la gente bonita se exponga a sí misma para ser admirada por los demás. Es de agradecer, si se me permite hablar con algo de sentido común e insolencia, que no todas las actualizaciones de nuestros muros estén empapeladas de manifiestos a la entropía corporal.

Sin embargo, no es de aquellos especímenes en flor de quienes tengo deseos de hablar hoy. Vengo a hablar de uno de esos hombres atractivos que se conducen discretamente por la vida y de la historia que me contó una tarde mientras bebíamos una infusión caliente en el adorable comedor de su casa. Una historia secreta de la vida de uno de esos hombres a quienes no falta la compañía y ofrecimiento del sexo opuesto.

Aquella ocasión bebimos té y café como oficinistas, arrebozados en nuestras respectivas indumentarias, con dedos trémulos, marmóreos, entrelazados alrededor del borde de un juego de tazas minúsculas. La mesita, algo más que un tablero de ajedrez, nos distanciaba apenas lo suficiente para apoyar nuestros antebrazos. Un hilo de música flotaba en nuestra dirección desde un recio escritorio de madera parda, un metro a la derecha, donde descansaba un portátil conectado a la corriente eléctrica, aunque posteriormente aproveché un hueco sonoro para reproducir las piezas de mi celular.

Omar, a quien llamaré de este modo para guardar su privacidad pero cuya inicial es idéntica a su nombre, es un sujeto bronceado de voz vibrante y un set de dedos largos y musculosos, uno de los cuales presume una alianza de matrimonio. Era imposible no reparar en esa dona de oro mientras llevaba la taza desde la mesa a sus labios, el primer par de peldaños en una escalada de rasgos y facciones intachables sazonadas por una impronta árabe. Indebidamente, me preguntaba cómo un hombre de su tipo había cedido tan rápido a esas cuestiones sacramentales que, preferiblemente tarde, en mi opinión, han de convertirse en el requisito indispensable del currículum de un varón. El matrimonio: ¡Puagh!

Permítaseme echar pie a tierra para disertar sobre el juego del amor: desde la banca de juego, aquellos que por audacia o suerte hemos conocido el amor de una mujer miramos ufanos el suave dominio que ejercen estos hombres y mujeres en la presa, quien a su vez se mueve como oponente y como amante. Y así transcurre la vida para casi todos, excepto quizás para los que no jugarán jamás, los que abanican el aire, los que prácticamente se van a la tumba sin follar, pero la cuestión más irresistible es quiénes siguen manejando la pelota: ¿hay quien pueda seguir creyendo que hay hombres o mujeres que se retiran del juego cuando abandonan el campo en pareja?

– Vamos a Gandhi –propuso Omar.

Omar trabaja como asistente en un despacho de abogados en Metepec. Un colega perezoso, contó, probablemente un licenciado viejo de semblante adusto y suéteres raídos, le había encargado la búsqueda y obtención de un libro de leyes.




Así fue que nos pusimos en marcha hacia la librería Gandhi ubicada sobre Leona Vicario. Él iba al volante; yo, doblado sobre mi celular, buscaba canciones con una mano mientras sujetaba con la otra el cable auxiliar. La plática, predeciblemente, había mudado a un tono más amistoso y confidencial. El tono jocoso de los secretos obscenos.

Omar oteaba la carretera con los ojos entrecerrados.

– El otro día me cogí a una gritona –confesó con jubilo.

– Jaja, ¿y qué tal?

Ya me había acostumbrado a escuchar las aventuras de ese bellaco en silencio. Una amplia sonrisa cruzó mi rostro. Me gustaría capturar el color de su lenguaje y la variedad de recursos sonoros que, haciendo gala de un talento natural para las voces y los gestos, detentaba como buen doblador de voces; es por ello que lo dejo contar su historia. Estas fueron sus palabras:

“Estuvo sen-sa-cio-nal. Pero ya casi me cachan. Hasta pensé que ya me iba a divorciar, jaja. Resulta que quedé de verme con esta morra para parchar una tarde… Y tú sabes que por las tardes no hay nadie en el edificio, incluyendo a la vecina del piso de arriba, que a esas horas trabaja en el Súper Compras. No te he dicho, pero en el depa de arriba vive una ruca amargada que trabaja medio tiempo de cajera. Está sola. No tiene familia ni amigos ni la visita nadie. Y siempre la hace de pedo por todo. Por todo: es bien pinche castrosa. A veces ya nos ha acusado con la casera que porque hacemos ruido, que porque metemos gente desconocida, que porque fumamos, que… Y yo no fumo, ya sabes, pero ella siempre tiene una excusa para chingarnos. Yo ni la pelo; o sí, pero le doy el avión.”

“Mi mujer y ella a veces se encuentran en las escaleras y se ponen a platicar, así que me la llevo con cuidado, y más desde que metí a la gritona a la casa, jaja.”

“Y meter a esa morra no está fácil, aunque siempre he sido precavido: cuando va al depa, la espero dentro del carro en la esquina, jaja, y cuando vamos de vuelta el edificio le digo que se agache hasta que guarde el carro dentro de la cochera. Es por precaución y así ningún vecino ve entrar ni salir a las viejas”.  

“Aquella vez pensé que iba a estar todo tranquilo, y estuvimos follando un rato, le di sus tres rounds, ya hasta pedía esquina… pero pinches gritotes que pegaba: ‘¡Aaaahhhh!, ¡ahhhhhhh!’. De todos modos no hay nadie, pensé”.

“Fue entonces cuando escuchamos la puerta de arriba…”: ¡NO-MAMES!

“La pinche ruca bajó las escaleras y un minuto después ya la tenía dando de golpes a la puerta”.

‘Pero qué numerito te acabas de aventar, eh’,  me increpó. ‘Voy a llamar a la casera, Omar. Ya todos habíamos quedado en que no se podía meter personas, y tú metes a tus amigotes y metes mujeres, hasta allá arriba se escucha todo…’ Algo así me dijo la pinche culera”.

“No mames… Pues ya-fue. Ya-fue. Esa ruca iba a hablar con la casera y la casera con mi esposa. O las dos. No sé, el pedo es que ya nomás estaba esperando la llamada de mi esposa. Y, mientras tanto, pensaba adónde pasaría la noche si me corría. Estaba pensando ‘Ya valió verga de mono mi matrimonio’, jajaja.”

“Pero no ocurrió nada hasta la tarde siguiente cuando vino la casera a verme y NO-MA-MES, no sé cómo se me ocurrió lo que le dije, pero lo pensé en chinga…”

– A ver, Omar, qué fue lo que pasó, eh, la señora de arriba me contó que metes muchachas al edificio. Y que ayer se escuchaban hasta los gritos…. Ya les habíamos dicho que no se podía hacer…

“Entonces me vino la idea. Ni pestañeé siquiera”:

– Estaba viendo porno. Estaba viendo pornografía, jaja.

– ¡Ah…!

– Es que la verdad pensé que no había nadie en el edificio. Pensé que estaba solo y puse porno en la laptop con las bocinas en alto… y pues no cerré las ventanas.

– Jua jua jua juar –se rio la pinche culera.

“Ya luego me dijo que pues era normal o algo así, pero que ya no le subiera mucho el volumen porque la señora de arriba se hacía ideas… Y también que hablara con ella y así.”

“Cuando llegó mi esposa le tuve que platicar ese pedo. Y pues sí me cagó, pero porque seguía viendo porno, jaja. Mejor eso a que me abriera. Después fuimos a hablar con la ruca de arriba, y como no se convencía, estuvimos de arriba para abajo haciendo demostraciones en los dos departamentos de que el más leve sonido se magnificaba de un piso al otro, jaja.”

“Pero No-Mesma, dirías tú. Por poco”.   

– Te la mamaste –dije un tanto admirado– Sólo para eso sirve tu pinche cabeza.

La plática concluyó cuando le pregunté si continuaba surtiendo su menú de mujeres en sus aposentos. Omar dijo que no.

En Gandhi, previendo que el ejemplar no se encontraría en la sucursal, Omar hizo un pedido especial: tres a cinco días, ni hablar.

Yo me dediqué a mirar películas, libros de arte y fotografía. Omar vagaba por todas partes, paseando sus bronceados dedos trémulos sobre los lomos y portadas de libros fotográficos y de pintura… No pasaron ni cinco minutos cuando un empleado, satisfecho por su labor de petite investigador, le tocó el hombro y entregó el libro de marras en sus manos.

Omar, como de usual, estaba de suerte aquella tarde.

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