Solo escucho el rechinar de la pared. Sí, de aquella pared blanca que está frente a mí. Estoy acostada, y el único ruido que perturba mi pensamiento es el de esa pared. Sí, es otra noche de maldito insomnio.

El calor de estas sábanas no es suficiente, ni tampoco es suficiente saciar a la imaginación a las tres cuarenta y dos de la mañana. Todo es denso dentro de mi alcoba. El movimiento de la oscuridad se desvanece en cada abrir y cerrar de los ojos. Sus contornos dibujan una imagen en el aire; árboles con ramas rotas; pestañeo; una ballena deforme que busca a su familia perdida en el océano; pestañeo; una mano huesuda que baila al compás del silencio; pestañeo.

Mis pupilas son testigo de las imágenes que se crean en la inmensidad de esta falta de sueño.

Pestañeo y veo una silueta amorfa que intenta despistarme, pero me susurra con su voz seductora para entrar en mi mente. “Voz agridulce, vete ya. Déjame dormir”, pienso. Cierro los ojos y los aprieto lo más fuerte posible para poder alejar a esta voz intrusa que me quita el sueño. No obstante, la ansiedad de voces y formas destellan luces sin sentido invaden mis pupilas cubiertas por el delicado manto de mis párpados.

Abro los ojos, pero resulta también insoportable la densa atmósfera de la oscuridad. Volteo del lado derecho y me hago chiquita. Abrazo al único juguete que me queda de mi infancia: este pequeño oso maloliente y viejo; mi amigo de todos los colores y mi confidente de todas las noches.

Quisiera no pensar en nada porque todo es motivo de divagación y eso solo distrae a Morfeo. Es inútil. El esfuerzo por querer conciliar el sueño se traduce en sensaciones incómodas. Me rindo y entonces me dejo llevar por estas formas y por esas voces que se penetran en mi habitación, pues ellas son las únicas acompañantes en esta noche de desvelo.

Pestañeo; la primera dulce flor aparece. Pestañeo; un amante la arranca para dársela a su bella dama. Pestañeo; y se dibuja la enorme sonrisa de la dama complacida ante el precioso detalle y baila tango con su amado con la flor en la boca. Se siente una cálida pesadez en los párpados. Entre pestañeo y pestañeo las formas van adquiriendo más volumen y sus texturas pareciera que cada vez son más palpables, sus colores más intensos; más reales. Parece ser que al fin estoy dormida.

*La imagen que encabeza esta crónica pertenece a Ania Pawlik, dibujante e ilutradora, que se describe a sí misma como adicta a Doodlers Anonymus, un blog de arte moderno que reúne los trabajos de artistas visuales de todo el mundo. Disfruta experimentado con lineas y puntos dentro de temáticas relacionadas con los sueños, la naturaleza, el placer y el cuerpo humano. 

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