Hay tres sujetos en mi habitación. ¿Cuál es el pretexto? El frío de Lyon, sí, pero también las ganas de tomarnos un vino barato. Quién diría que a uno se le pueden enrojecer las mejillas y ponerse muy risueño por la módica suma de 2 euros.

Yo ya siento la pesadez en los ojos. Claro, es normal después de beber tres o cuatro copas de vino. Tomo la cámara y comienzo a grabar a estos individuos sin ninguna intención, más que la de inmortalizar en la memoria sus palabras y sus tragos.

“¿Por qué coño conocí a esta mujer en estos días, güey? Se va a ir el martes”, le pregunta Albani a Cristian. En su voz se puede sentir el anhelo de que Karen permanezca más tiempo; en estos días de invierno.

“Porque cada persona, escúchame, cada persona tiene lo que se merece en la vida. Es lo que mereces, hermano” -responde Cristian mirando a Albani mientras este lo abraza. Karen se ríe – “Uno siempre recibe lo que da”, puntualiza.

– Mira, ¿te lo digo o no te lo digo? Todo el tiempo te lo digo. ¿Te digo lo que una vez me dijo mi papá?

– ¿Todo el tiempo debo de estar triste? No me jodas” […] Yo sí estoy triste todo el tiempo, güey – lo dice entre risas y lamentos-

– Pero porque tú lo quieres. Porque eres masoquista. Porque te gusta sufrir. Porque te gusta ser un mártir, pero tú no eres un mártir…

Albani interrumpe: “Soy un héroe como Juan de la Bastilla; un héroe como… ¿cómo se llama aquel que se enredó en la bandera y se lanzó?” … “Juan, Juan Escutia”, “Soy un lanzado”.

– Eres Juan Escutia. Salud por Juan Escutia. Por Albani Juan Escutia – brinda Karen.

Esta noche transcurre entre el sonido de copas y botellas de cerveza Heineken. Ellos, evidentemente, siguen hablando.

– De lo que sí estoy bien inseguro es, ¿por qué te conocí hasta ahora?, ¿por qué las conocí hasta…? – pregunta Albani arrastrando cada vez más las palabras

– Porque cada persona tiene lo que merece, hermano – responde Cristian con la seguridad que siempre lo ha caracterizado.

“Yo creo que cada quien se aparece en el momento justo y en el lugar indicado”, se escucha la voz de Karen, quien ha permanecido toda esta velada a mi lado derecho. Lo único que nos sostiene es una cama individual que deja mucho que desear por las noches.

El chirrido de las chips se hace escuchar en toda la habitación. Albani toma una y dice: “Tal vez, tal vez ustedes creen  en una ilusión falsa y eso es todo. Simplemente…”, pero Cristian interrumpe dudoso: “¿Solo simplemente?”, “Sí, las cosas son simples”, afirma Albani y lleva a su boca la primera chip. Mastica, y continúa hablando con una tonalidad en la voz cada vez más degenerada: “El futuro es, es un devenir de hechos improbables que podemos especular, pero no siempre saber a ciencia cierta. Así que, dentro de ese parámetro, podemos decir que hay belleza. Sí, la percibo, pero…”. Hace una pausa y continúa masticando. “Dentro de esa belleza siempre hay palabras escondidas”, “Como un poema”, complementa Cristian.

Después de finalizar esta última oración, prosiguió una discusión sobre poesía. Al final todos coincidieron en que Bukowski es una “caca cagada”. Y sí, también el alcohol fue desapareciendo para convertirse en palabras que se desprendían sin restricción.

“Con sus vellos entre los labios, con sus vellos entre los pechos. Está bien, no,”, dice Albani haciendo un ademán tras esta afirmación. “¿En los pechos? ¿Qué clase de persona eres?”, la idea le repugna a Karen. “Era un hombre lobo, no una mujer”, menciona Cristian bromeando. “Güey, no me jodas. Todo el mundo tenemos vellos entre los pechos, y en la espalda y entre las piernas”, habla Albani y acto seguido le vuelve a dar un sorbo a su Heineken. No sé si para estas alturas lleve la cuenta de sus tragos. “¡No! […] Yo no tengo. Ni uno”, afirma con total convicción Karen, mientras Albani la mira incrédulo ante semejante aclaración. Finalmente pregunta: “¿Ni chiquitos?”.

Karen se va.

Las notas comienzan a expandirse a lo largo de esta pequeña habitación. El quinteto de Brahms para clarinete se hace presente.

“Ya deja a Brahms en paz, güey. Déjalo morirse en su puta madre”, Albani se manifiesta ante la aparición de esta melodía. “No mames, cómo voy a dejar morir a un genio. A este güey no lo puedes dejar en paz. Mariana, escucha esto […] Dime si no sientes algo”, lo dice con una gran sonrisa en su rostro. “Revive a Mahler, no Brahms”, Albani se enfurece y Cristian interviene:

– ¿Qué te gusta?, ¿Resurrección?

– No.

– ¿La quinta?

– No

– ¿La octava? Cuando reunió a mil músicos. ¿Qué te gusta de Mahler?

– Me gusta la Resurrección de los muertos, seguramente.

– Segunda sinfonía.

– No

No se llama, no se llama “Resurrección”, se llama “Resurrección”, bueno, pero no se llama “Resurrección de los muertos”. Segunda sinfonía de Mahler, por favor.

– El quinto movimiento de su quinteto de cuerdas.

– Puta. Tenga la melodía perfecta para el momento perfecto, güey.

Entra Karen, regresa del baño.

– Ok, Mahler y Brahms.

– Espérame.

– Mahler Brahms.

– Shhh.

– Mahler Brahms.

– Escucha, güey. Cállate, cállate, cállate. Escucha; escucha por una vez en tu vida.

 Puccini se hace presente: Tosca, “E lucevan le stelle”. Karen corta un poco la fluidez de las notas para decir:

– Me fui y estaban hablando de pelos en los pechos y ahora están hablando de música clásica, güey. Explícame, me fui un minuto.

– Escucha – dice Cristian – Es que esto es pelos; esto es pelos en los pechos. Es mejor que pelos en los pechos. Escuchen. No, de verdad escuchen. Sinceramente díganme si no sienten algo.

Albani ríe ante este señalamiento. Después nos callamos. Se escucha:

E lucevan le stelle,

ed olezzava la terra

stridea l’uscio dell’orto

ed un passo sfiorava la rena.

Entrava ella fragrante,

– Plácido Domingo, claro – asegura Cristian – Discúlpame por no ser el perfecto Luciano Pavarotti de tu Plácido Domingo. Pero bueno, no es mi pedo; es Spotify, güey.

– Está bien. Discúlpame por no ser el Juan Luis Guerra de tu Héctor Lavoe -dice Albani arrastrando nuevamente las palabras.

O dolci baci, o languide carezze,

– Pues discúlpame no ser el Calle 13 de tu perfecta Pasión según San Juan -anuncia Cristian entre risas.

– De tu perfecto Café Tacuba – arremete Albani.

– Pues perdóname no ser el perfecto Bob Dylan, de tu perfecto… -menciona Cristian.

– Leonard Cohen – Karen interrumpe.

mentr’io fremente le belle forme disciogliea dai veli!

Svanì per sempre il sogno mio d’amore.

– ¡Auuuu! – grita Albani.

– No, no. no; de tu perfecto… Yo sé lo que te gusta. Perdóname no ser el Bob Dylan, de tu perfecto… No, no, no. Perdóname no ser el Mahler de tu perfecto Pink Floyd – expresa Cristian con total convicción.

L’ora è fuggita, e muoio disperato!

– Hay una batalla dura entre Mahler y Pink Floyd – dice Albani tras darle un sorbo a su lager.

E non ho amato mai tanto la vita!

– Las cinco canciones a los muertos de la Segunda Guerra Mundial son… -habla Albani.

– Mariana, ¿cómo me describes el dolor gozoso? -interrumpe Cristian.

La pregunta quedó en el aire. Respondí con la palabra “excitación”. Olvidé qué fue lo que pasó por mi cabeza en aquel momento; en qué pensé. Lo que recuerdo es que después no expliqué mi elección de esa palabra ni tampoco supe por qué Cristian me lo había preguntado.

La charla iba y venía entre ironía, carcajadas y cosas de músicos. Llegó el momento de mencionar a los goliardos y discutir sobre la luz y oscuridad de sus poemas.

– Pinches cultos. Me cagan en la mierda – se enfurece Albani.

– Güey, pero hicieron maravillas, sinceramente. Digo, digo… ¡Putain!

Tocan la puerta y todo se detiene. Justo en el minuto 5:46 de la tercera parte de la grabación. Seguramente la charla continuó. Honestamente no recuerdo más allá de lo que veo en estos videos, pero estoy segura que esta gran velada siguió entre más vino y más palabras.

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