Las 12 marcaba el reloj en el estéreo de un bastante jodido Cavalier ’97, a la vez que brindaba con Daniel, cigarro en mano y una lata de alcohol barato. La felicitación que nos dimos mutuamente en esa noche de Año Nuevo probablemente es una de las más frías que he recibido, pero agradecí la honestidad. Ambos teníamos expectativas más grandes de esta fecha, al menos un poco por encima de manejar en las calles nocturnas de Toluca.

A pesar de sus dolencias, el auto cortaba la noche como las tijeras afiladas que dividen el papel sin necesidad de abrir y cerrar las cuchillas. El aire frío y el humo de las fogatas festivas golpeaban el capó mientras alguna canción sonaba en las bocinas y nosotros seguíamos abriendo de par en par la oscuridad, que se prestaba privada, únicamente puesta ahí para nosotros. Los dos hurtamos a la madrugada, violentamente, una joya que ahora empuñamos, y que cada quien mira bajo un halo de luz diferente.

Cerca de un callejón colindante a Morelos, una familia camina apresurada. Los integrantes ríen y se empujan, mientras que la madre mal encarada los apura a todos. Seguramente todavía tendrían que llegar a cenar. Mientras acercamos el auto, las luces se apagan para ocultar las placas. Bajo el volumen de la música como si eso fuese a darnos mayor anonimato. Al emparejarlos, la premura invade a Daniel, que con voz clara y fuerte, les regala un: “¡Feliz Año Nuevo!”.

Ja, ja. ¿Quién le desea feliz año nuevo a un extraño en la calle? Creo que incluso la familia se asustó un poco ante el grito de felicitación, sin embargo, pude oír, mientras nos alejábamos, que los peatones habían respondido con vítores y chiflidos. Lo menos que esperaba era preguntarles a los noctámbulos por una calle que no existe, cómo llegar a Monterrey o por qué no tomaban un taxi y reírme de sus reacciones, pero la espontanea felicitación, y sobre todo la respuesta, nos hizo saber de inmediato que debíamos hacerlo de nuevo, llenarnos la boca con esas palabras únicamente para sabernos correspondidos, para ver qué ocurría en esos rostros enrojecidos por el alcohol o ateridos por el viento invernal que poca piedad tiene en este valle.

Cerca de la alameda, en uno de esos callejones de casas derruidas, dos hombres han montado sobre la banqueta una fogata con basura y algunos trozos de madera que truenan ante el calor de las flamas. Dos niños pequeños corren detrás de un velo de humo de colores mientras ríen, y alguno de los hombres tira una botella al suelo, o las chocan brindando. La bruma rosa, verde y dorada de los cuetes se antoja palpable, dulce y suave, cayendo leve en el aire y el tiempo. Ensoñado, escuché de fondo la voz de Daniel que una vez más deseaba un año feliz a los desconocidos de la acera, que solo rieron y tal vez levantaron las botellas.




En primer plano, los sonidos eran de cuerdas bajísimas y mechas quemándose, chisporroteantes, bailando la danza frenética de las luces y el humo, acompasadas por el zumbido del motor y el siseo final y característico de la pólvora que antes de explotar, ilumina. Ante la felicitación, los niños quedaron encantados, despojados de toda intención de arrojarnos cebollitas que ya tenían en mano, quietos como estatuas. A la fecha me pregunto si todo esto habrá sucedido o no. Si por mera casualidad pasábamos frente a una casa longevamente derribada cuando algún fantasma recordaba sus alegrías invernales y nos invitó a pasar, sin voz, a la celebración colorida y lenta que acabábamos de observar. A la fecha les agradezco con una sonrisa.

Cerca de la esquina de Morelos y Allende, un chef está sentado a las escaleras del pórtico del Fiesta Inn. Los farolitos que cuelgan de la cornisa contrastan su figura como una pintura renacentista. Sus manos se hunden en su negra cabellera rizada y le sostienen la cabeza. Pareciera que si la suelta, esta se iría irremediablemente contra el suelo, con la cascada de luz amarilla como único testigo del impacto. ¿Por qué habrán decidido los señores cenar fuera de casa esta noche?, ¿Por qué habría él de servirles, de jalar las sillitas blancas y arrimarlas a las mujeres gordas y malhumoradas del restaurante del hotel?

Tal vez alguna canción navideña hecha bossa nova o interpretada por una big band desconocida ambientaba estos pensamientos, cuando en la intersección de las calles nos aparecimos veloces y contentos para gritarle: “¡Feliz Año Nuevo!”.

Fue el último desconocido al que le deseamos dicha en esa madrugada inesperada. Y creo que nos lo agradeció. Soltando al fin el pesar, liberó su cabeza de la prisión de sus dedos y se puso de pie. Sin palabras, pero con los ojos brillantes y una sonrisa apenas atisbada en los labios, nos agradeció la conjura que desactivó en él todo mecanismo de la jornada impasible de la última hora, del último día, de la última semana o del último mes. Probablemente su pena se diluyó junto con el rugir del auto que poco después del grito se fundió a negros en la noche.

A mí, me queda por siempre grabada la fotografía del joven cocinero, la mirada tierna de quien agradece al otro haberle quitado un gran peso de encima. A Daniel, le queda por siempre grabada la fotografía de un rostro agotado. Tal vez era un poco de las dos.

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