Esta cierta tarde de primavera corresponde al viernes santo. Tuve que venir a la casa de mi abuela, muy cerca de la casa donde yo vivía cuando era un niño y donde pasé una infancia muy feliz.

Inevitablemente, a eso de las 4 de la tarde me encontré a mí mismo caminando por una calzada de recuerdos con dirección a mi vieja casa. Curiosa vida, me hizo encontrarme con alguien: esperando por pañales en una farmacia en la esquina de la calle estaba de pie, robustísima, una amiga de la primaria, Noemí. Una plática rápida y superflua me rebeló que tiene una hija de dos años, aunque mayor fue su asombro al ver mis tatuajes. Nunca lo hubiera imaginado, me dijo. Nos despedimos de una manera más bien distante, bajo la fría sombra de lo que a mí me pareció era la sombra de dos personas que ya no se conocen ni una pizca. Un medio beso en la mejilla y ya estuvo; tuve la impresión de que jamás la volvería a ver.

El encuentro con mi antigua casa fue en todo caso un desencanto, es ahora de un bonito verde pistache y no tengo nada más que decir. Me marché a los dos minutos de observarla.

Una memoria me asalta de pronto: Noemí y yo fuimos muy amigos. En las soleadas tardes de nuestra infancia, en compañía de más como nosotros, nos dedicábamos a andar en bici e inventar juegos. Ella siempre ha vivido en la calle contigua a la mía y alguna vez, ahí mismo pero en otro tiempo, fuimos aviesos e insolentes: aventábamos piedras a las casas y salíamos huyendo como un chiflido. Una ocasión rompí un vidrio, un vidrio grande con una piedra pequeña como nosotros. A mi naturaleza perversa le fascinaba la hazaña, imaginaba la sorpresa de los moradores y se avivaba de pensar en su reacción. Tal vez en que alguien podría lastimarse los pies o las manos… ¡Perfecto!

En el camino de regreso paso a la iglesia, que se encuentra en el corazón de la colonia y a la que siempre me imaginé como una especie de palacio o de calabozo. Afuera, tirada en el piso, encuentro una cruz gigante de madera, como la de la milenaria historia. Me invade un sentimiento incierto, profundo y gris como el mar. Me siento a su lado y enciendo un cigarro. Livianos como plumas, una cruz y un hombre descansamos sobre el piso.

A mi mente vienen la infinidad de vidrios pequeños, precipitándose en el aire, congelados en el tiempo de mi memoria y, parecidas a ellos, las gotas rojas precipitándose desde una cruz y condensándose en el enardecido ambiente del Gólgota, flotando en el tiempo de la historia.

¿Hay alguna diferencia entre quienes somos una grieta o una astilla, acequias, gritos? ¿Es el hombre la piedra que sostiene en su propia mano, proyectil de la duda o del amor dirigido a otro como él mismo? ¿Somos los clavos en el cuerpo del Hijo?

Acostado sobre el piso de la iglesia, siendo un pedazo de algo, una mancha sobre el blanco mármol, poso mi mano sobre la cruz.

Pesados como una tormenta, las gotas y los vidrios inevitablemente tocarán el suelo en las tierras del pecado y del castigo.

Uno entiende con el tiempo que, a la postre, las cosas serán siempre fieles a sí mismas: una historia pequeña, deleble, escrita con polvo, abraza ahora a la historia más grande jamás contada. De aquí no me pienso mover.

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