La otra vez solté por error un foco, de esos que se atornillan en el techo, desde lo alto de una silla o poniéndose de puntitas en el último peldaño de la escalera. De esos que deslumbran en las noches que entras a casa queriendo hacer el menor ruido, pero no ves para meter la llave en la cerradura. No de los de Navidad que alegran a los mocosos en las calles ni de los rojos que adornan a las prostitutas de las casas de citas. Un foco, te digo, común y corriente.

Como era de esperarse, la sorpresa fue mi primera reacción en el instante en que este se quiso alejar de mi mano. Le rogué con palmaditas que no tocara el suelo, pero su intención ya era ajena a mis extremidades. Entonces se fue. Emprendió el vuelo como las aves que acaban de nacer: Dando tumbos, girando en el aire, dibujando espirales y deseando jamás haber dejado la comodidad de la altura. Mientras caía pensé en las consecuencias, graves, de mi error.

Esta tarde tendría que cenar a oscuras, probablemente a la luz de una vela de cebo o simplemente con el reflejo que llega del alumbrado, tendría que decirle a las visitas que buscaran asiento a tientas dando lugar a un sin número de malentendidos cuando las cosas de la mesita empezaran a caer o alguien gritara que le han tocado. Tendría que dejar las cortinas abiertas y sentir cada paso que diera.

En esta estúpida paradoja, vino a mí la iluminación. Que se joda el foco de mierda, pensé. Me preparé mentalmente para la explosión, esperando el estallido característico del encuentro entre vidrio y suelo, cerré los ojos e increíblemente no escuché nada.

El maldito cayó exactamente en la única maceta del apartamento; la tierra amortiguó el golpe y este sobrevivió. Estaba ahí bajo el ficus, observándome como un héroe victorioso que regresa a su hogar después de la guerra. Sin embargo ya era muy tarde para él y para mí. Todavía recuerdo el estruendo que hizo en el empedrado cuando lo lancé por el balcón.

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