Las grandes sorpresas que nos dio este 2016 fue el regreso de bandas que no pensábamos volver a escuchar. Una de ellas fue Titán. Para quien (hoy en día) aún no sepa qué es Titán, no los culpo. Su efímera fama quedó estacionada donde siempre ha estado: en los rincones de los garajes y las fiestas clandestinas donde tuvo inicio.

Julián Lede, Jay de la Cueva y Emilio Acevedo crearon Titán basándose en el movimiento contracultural que embargaba la escena musical a finales de los noventa, ignorando las convenciones a la hora de crear material para que sonara en la radio, pero sin soslayar la extravagancia del tan lastimado “rock en tu idioma”. Dicha línea creativa recuerda el movimiento de exportación cultural y musical que Die Antwoord emprendió con la contracultura zef, que supuso el rechazo de la clase obrera a la opulencia de la oligarquía sudafricana valiéndose de ésa misma excentricidad material.

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Esta idea de que los estratos de clase media  pudieran vivir lujosamente criticando y satirizando la misma vida lujosa de las clases altas es en esencia la propuesta de Titán: crear en contra de los cánones de la estructura del rock tradicional burlándose de él, pero manteniendo la premisa contestataria y rebelde del género.

Si bien el sello de los mexicanos era una sucia imagen punk que, acompañada por sintetizadores, gritaba ante el aturdimiento general el mensaje de “nada sirve de esta pinche juventud”, nunca llegó tocar el techo comercial  de los sudafricanos. De ahí que nadie perteneciente a esta pinche juventud ubique el trasfondo del “Space Chemo” o de “Corazón”.




Pero en el momento que Titán desapareció, sus integrantes llevaron el mensaje irreligioso a oídos de otras masas. Son los casos de Jay de la Cueva y Moderatto, Emilio Acevedo con Maria Daniela y su Sonido Lasser y Julián Lede creando al personaje Silverio. Todos ellos burlándose de lo patético que era (y es) el mercado de la música en el que, paradójicamente, llevaron cada proyecto a la punta de los charts.

Si resulta habitual ver gente ofendida en los shows de Silverio y, por otro lado, personas que se toman en serio la música de Moderatto, hay más que suficientes motivos por los cuales necesitábamos el regreso de Titán. La única banda de culto mexicana que sirvió como pilar en la construcción de una escena sólida para la música electrónica. Sin ellos, posiblemente no existiría The Wookies; ni las productoras se atreverían a incluir actos electrónicos en sus festivales.

Y por ello Dama lo tiene todo: loops cochambrosos y un ambiente tétrico, pero extrañamente pegadizo y bailable. La colaboración con la leyenda del synthpop Gary Numan le aporta a Dama un sonido negrísimo y postpunk en Dark Rain que asemeja a los últimos shows del músico inglés. En el extremo opuesto del álbum, se escucha a Egyptian Lover, una leyenda del hip-hop que ultraja los beats como ya nos tenía acostumbrados a escuchar desde hace más de treinta años, y es éste rapero, que en su época sampleó a Kraftwerk, quien nos lleva a la catarsis en uno de los cortes más fuertes del disco, She Likes De Music.

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Dama es un álbum de contrastes, pero no en la dinámica de los diferentes géneros musicales, sino en la discrepancia entre los sonidos ochenteros, descendiendo al espectro más oscuro y aterrador del High-Energy, el New Wave y el Hip-Hop, el Industrial y el Punk. Un álbum que la industria musical mexicana necesita a gritos.

Y como lo diría el sencillo más crudo “El Rey del Swing”:

Estábamos cambiando eso, dejando partes de lado, agregando loops rítmicos, haciendo que todo sonara más parecido a como nosotros lo oíamos y haber recibido el ejemplo, el disco más obscuro”.

 

@MrDonPedro

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