Ese día la llevé muy tarde, en la madrugada. Daban como las 3 o las 4 y nos internamos por un pueblo del que no conozco nada. Sin saber bien cómo haríamos para llegar a su casa, dimos vuelta en calles de sentido contrario, pasamos por unos residenciales, escuchábamos música y bebíamos indiscriminadamente de una botella que sacamos a escondidas de un bar. Ella con más ahínco, a diferencia del único trago que yo le di.

Iba haciéndome el loco con el volante, porque sé que le aterran los autos. Una camioneta me aventó las luces, y creo que me mentó la madre.

En un paraje totalmente desierto, atravesamos un tramo recto, donde los dos lados estaban repletos de una milpa muy alta por las lluvias de esos días. No se veía nada más que el maíz y la niebla, característica de esos campos, suspendida a media altura entre las cañas. En nuestra tontería, me besó y me tomó de las manos. Cerré los ojos y solté el volante. Sentí, después de unos segundos, como la llanta delantera de mi lado mordía ya la tierra y regresé al camino…

Pero ese momento me duró muchísimo, y fue feliz.

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