He venido a contarle esto porque no sé a quién más recurrir. Estoy desesperado; comprenderá. Toda mi vida he sido un hombre adusto pero amable; áspero finalmente. No me malentienda, me gusta la gente, aunque sospecho que a la gente no le gusto yo. Acudo entonces a los libros y a las calles y al abrazo cuando se puede para entenderla. Me gusta la gente, siempre concluyo. Aún así es usted mi única opción de oyente.

Escuche.

Recuerdo una vez que me sentía hastiado del mundo entero y decidí pasarme toda una semana dentro de mi habitación. Solo saldría cuando tuviera hambre y cuando quisiera mear o cagar. Serían siete días de reclusión absoluta, la maldita promesa de paz interior, hermoso concierto de silencios interrumpido solamente por las pajas y la comida, la escritura y el internet.

Por supuesto que no conseguí concluirlo. Al inicio del cuarto día sentía que mi precariamente equilibrada psique colapsaría y guardé el compromiso muy en el fondo de un cajón repleto de cosas inacabadas. Creí en algún momento que me saldrían llagas en el culo de tanto estar sentado, así que cuando planté mis pies y muslos sobre el duro asfalto exterior en camino para verle casi escuché que me agradecían. Pero no me haga caso, que todos sabemos que esas cosas no pasan en la realidad.

Aunque nada de eso tiene mucha importancia, para ser sincero. Estoy seguro que a diario escucha todo tipo de historias que le vienen importando un bledo y yo lo que menos quiero es serle molesto. Y fíjese que estuve meditando harto sobre si debería sacar esto, consideré extensamente las consecuencias que me traería expresarme y he venido a usted finalmente. Es usted especial, debería saberlo.

En fin, no quiero aburrirlo. El punto es que por aquella huraña decisión es que ahora me considero un testigo de esas cosas que se cuentan siempre en reuniones de amigos y los primeros días de noviembre, pero que nadie sabe decir bien cuándo o cómo ocurrieron. Yo sí. Y eso que yo no me considero especialmente atento; siempre me salto los mandados que debo hacer o las caras de las personas que conozco y que solo recuerdo cuando pasan a mi lado buscando infructuosamente mi saludo. Pero no por esta cualidad mía debería desacreditarse mi historia, escuche. Yo sí,ocurrió hace pocas horas y de la siguiente manera:

Señor oficial, la tercera noche de exilio casi sentí que estaba atrapado en una terrible pesadilla, pues yo vi un crimen, señor oficial, el asesinato de un hombre, señor oficial. Consideré inmediatamente que estaba alucinando, el encierro jugaba estragos en mi cabeza, supongo que en ese caso debí haberle marcado enseguida, señor terapeuta; pero no quería que me encerrara en un manicomio por el resto de mis días, señor terapeuta, aunque últimamente no le he hecho caso mucho a mis pastillas. Por supuesto, también todo lo atribuí a que estaba más briago que un recién viudo, señor cantinero. Uno puede estar solo durante mucho tiempo, mas no solo y sobrio. Pero eso usted lo sabe de memoria, señor cantinero, quien diario es paralizado por el olor etílico de borrachos y oficinistas, ¡qué aguante el suyo señor cantinero! Así que borracho y solo el único alivio que encontré fue hincarme y rezar; entonces me tiene ahí, padresito mío, pasadas las 11 de la noche hincado a la oscuridad con los ojos entornados como platos fríos, ave maría purísima, observando a una figura extraña, como a doscientos metros en la misma situación que yo: aunque él de pie en una ventana sin cristal, estaba también en un segundo piso, pero del cascarón de lo que alguna vez fue la casa de una familia que ya no vive aquí.

Corrijo: que ya no vive en ningún lado. Hace un mes, más o menos, un intruso, un drogadicto de poca monta o un sicario profesional allanó su hogar y asesinó a sus tres miembros. El más pequeño tenía diecisiete años y prometía convertirse en un fotógrafo de los buenos. Qué desperdicio de vida, ¿no lo cree así, señor reportero?

Atrapado en una espiral de filoso silencio me abstraje del mundo entero imaginando sin mucho sentido un páramo helado de algún lugar al que no he ido, estaba yo de pie cerca de la atrayente línea que se dibuja solo cuando el risco y el mar y el cielo se besan, caminaba sin duda hacia allá y me plantaba en la frontera que en la tierra de mi mente dividía a la gallardía del miedo; entonces me daba media vuelta y esa figura (que sí estaba en el mundo real, viéndome como yo a él) me tomaba del cuello y me alzaba, ahí en el fin del mundo, para siempre. Una sonrisa salvaje me arrancó de mi fantasía y yo simplemente no daba crédito a lo que mis ojos apreciaban: un rictus blanco apareció en la oscuridad proterva de aquella casa, la expresión malévola del que le gusta herir a otros. Pero no fue eso todo, amigo mío, que conozco ya de años y al que imploro perdón por arruinarle el sueño con esta historia a estas horas de la noche.

Tomaré ahora un trago, señor cantinero, para poder seguir mi historia.

Humedecido en sudor, el miedo me obligó a apartarme de la ventana, me tumbé sobre mi abdomen y aspiré profundamente, de inmediato el polvo del suelo me arrancó de la garganta toses y estornudos, y es que ay madre mía, ¿cuántas veces le he dicho que la barrida se hace diario? Ay padre mío, ¿cuántas veces le he pedido que le compre una escoba nueva a su señora esposa?

Obligado entonces a alejarme de la granulosa trampa, me hinqué de nuevo. Antes vi el lente perdido de mi amada cámara debajo de mi cama, asomé apenas los ojos y la figura seguía ahí e inmediatamente me puse a llorar cuando me percaté de las tres cabezas colgadas con cordones, me imagino, del techo. El polvo en mis párpados se hizo lodo con mis lágrimas y mi percepción de las cosas se manchó para siempre.

En esas arenas movedizas, ya no supe qué sucedió con la figura, señor oficial, y por eso no puedo dar más detalles del crimen, señor oficial. Me levanté y corriendo llegué a la cocina y me enjuagué y seguramente eso debió despertarlos, padres; les agradezco por haber tranquilizado mi histeria y que me hayan traído de urgencia con usted, señor terapeuta.

Con la mirada limpia, pude verme en el espejo. Un borracho solo y oscuro y loco, qué te pasa Ramiro, cuándo vas a despertar.

Pensará que exagero, padrecito mío, pero siento que he visto al pecado hecho hombre y exijo que de mí arranque el pecado de haberlo visto. Señor reportero, ¿es suficiente con esta información?

Amigo mío, ya no sé qué hacer, en el borde de la desesperación me encuentro, en el límite que en el mundo real divide a la gallardía del miedo.

Por eso he venido a contarle esto. Tengo confianza en que sabrá decirme usted qué de mi historia he de hacer.                                                              Pero para eso, deberá creerme primero, lector mío.

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