“El Cuaderno de las pesadillas” llegó a mis manos por la recomendación y préstamo de un amigo. Debo decir que me sentí persuadido a leerlo por su dimensión, apenas 80 páginas contando láminas y letra bien grande; y por el estilo guiñolesco, sombrío, de la ilustración que engalanaba la tapa. Me lo llevé a casa convencido de que al devolverlo tendría que inventarme un discurso para añadir algo de interés a una docena de historias cuya extensión no rebasaba las tres o cuatro páginas.

Una semana después, devolví el libro con la sensación de haber leído cosas que no eran del todo ortodoxas ni correctas: inquietantes.

La literatura de género, sobre todo el horror, suele poner en guardia a los lectores “serios”. Más aun si el libro en cuestión es de factura mexicana o latinoamericana: nos parece que la empresa de contar relatos de miedo es pueril y de dudosa calidad literaria. Por descontado, los cuentos de miedo no asustarían a un consumidor contemporáneo cuyas fuentes primarias de diversión, en este contexto, son Youtube o el cine.

Quizá, como mínimo, podrías asustar a uno o dos niños con imaginación.

Pero “El cuaderno de las pesadillas”, firmado por el veterano Ricardo Chávez Castañeda, no sólo se lee como un fabulario de situaciones perturbadoras y surrealistas, sino como un asomo penetrante a los agujeros negros de la infancia: los niños y las niñas que protagonizan estos cuentos deambulan como espíritus chocarreros entre las ruinas de una domesticidad malograda en la que no faltan claras referencias al abandono, el maltrato físico, las enfermedades y algo que tal vez sea una sugerencia de abuso…

En “La Feria”, por ejemplo, se nos relata la historia de un niño que cada fin de semana es abandonado por su madre a la puerta de un parque de diversiones. Un parque al que él reconoce como “papá” y cuya casita del horror guarda un secreto.

En “La Sangre”, quizás el más incómodo y terrorífico de todos, una niña despierta una mañana con una hemorragia nasal que, por lo menos para los adultos, no posee causa aparente…



La facilidad con la que Ricardo Chávez Castañeda desliza la percepción de irrealidad en nuestra mente es insólita y no precisa más de dos oraciones para plantear escenarios de pesadilla cuya repugnancia o inquietud  atisban entre líneas como una invitación a imaginarse lo prohibido.

La imagen definitiva del horror jamás se deposita en la figura del monstruo, sino más allá, en las sucesivas posibilidades de lo que ocurre cuando la historia se acaba y nos quedamos con una buena idea de cómo las cosas podrían volverse más grotescas y empeorar.

Página tras página, uno se pregunta cómo un volumen urdido con elementos tan sórdidos se comercializa como un libro para niños cuando los estantes de literatura infantil y juvenil rebosan de historias ilustradas de fantasmas, vampiros o quimeras de cuentos de hadas cuyo valor y perdurabilidad caducan rápidamente por su llaneza y superficialidad. Pero esto no es una queja, sino una demostración de felicidad: enhorabuena.

“El cuaderno de las pesadillas” es una labor de síntesis magistral, una alegoría del horror de ser un niño vulnerable en un mundo demencial, ilustrado cuento a cuento por Israel Barrón, quien ha sabido interpretar visualmente el carácter infantil de la materia prima y trazarlo  con colores enfermizos y detalles en el esbozo de los personajes que contribuyen a la experiencia de lectura.

Este es un libro para los amantes de la ficción corta, los cuentos de hadas oscuros, el horror puro y los ejemplares ilustrados que debería leerse con detenimiento, una historia por noche, y en una atmósfera propicia metido dentro de la cama.

Un tesoro que edita Fondo de Cultura Económica en tapa dura y cuyo precio de venta no excede los $150 pesos.

*Las ilustraciones del interior y la imagen destacada pertenecen a Israel Barrón y se reproducen para fines ilustrativos.

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