El cine ha recuperado en numerosas ocasiones lo que la cultura popular entiende de la Inteligencia Artificial para describir casi siempre un mismo escenario: la revancha de la tecnología en una batalla apocalíptica contra sus creadores. Cineastas dotados como James Cameron han hecho uso de su razonamiento y habilidades con la cámara  para facturar películas de acción que conjugan el espectáculo visual con humildes cuestionamientos filosóficos sobre las pretensiones del hombre de crear vida: de ser Dios. Obras engañosas que han quedado para la historia del cine como la pedante “2001: Odisea del espacio” o la Pseudo-poética “Blade Runner” se apropiaron falsamente de un estatus trascendental con sus deslumbrantes luces y unos diseños de producción perfeccionistas en los que el dilema humano queda lapidado por la parafernalia.

Me pregunto, ¿qué habrá pensado una persona ambiciosa como Kubrick cuando vio por primera vez “The Terminator”? ¿Aquella obra maestra del género que en su parquedad anecdótica y una eficiente aplicación de los efectos especiales relató la desesperanza de la humanidad ante un apocalipsis irremediable a través de los ojos de una mesera de pueblo reconvertida en heroína de acción? El cine ha conocido pocos personajes como Sarah Connor: valiente, desaforada, con tanto sentido del deber humano como de una inexpugnable maternidad de tintes mesiánicos.

Como sea, es notorio que en este tópico la brújula moral se mueva de polo a polo sin introducir tonos insólitos en una escala bicolor: la tecnología siempre se nos presenta o malvada (“2001: Odisea…”) o ya directamente bobalicona (“Her”, “Inteligencia Artificial”).

Pero, ¿y si la máquina se asemejase el hombre común y corriente, con sus virtudes y sus mediocridades? ¿Qué haría de sí? Odiar al hombre por su inferioridad intelectual y desatar el apocalipsis nuclear parece, dadas las circunstancias, la lista de cualidades de un villano de tira cómica. Qué mejor, en cambio, que desear una vida normal…




En “Ex Machina” un científico millonario, Nathan, inventa un androide llamada AVA, y con tal de consignar su éxito necesitará de la ayuda de un joven programador, Caleb, para ponerla a prueba. Durante una semana, el invitado entablará conversaciones con la máquina a fin de determinar si aquello es inteligencia verdadera, espontánea, humana, o pura simulación.

El acierto de Alex Garland es evadir la potencial filosofía excesiva que pudiera haber entorpecido el ritmo de la película y decide catalizar las cuestiones importantes a través de un diálogo liviano, apegado a lo cotidiano, que procura hacer de lado cualquier atisbo de terminología tecnológica para introducir lo que importa: la duda ética.

Si AVA es el prototipo final, el golem perfecto, capaz de racionalizar su propia situación como todo hombre pensante: ¿no resulta perverso que se encuentre encerrada en una jaula de cristal bajo tierra, siendo monitoreada las veinticuatro horas del día por una cámara de seguridad? Nathan se pasa gran parte de la película advirtiendo al ingenuo Caleb de que se cuide de las mentiras de AVA, pero él ya tiene otros planes en mente: a veces, durante sus conversaciones, la fuente de energía colapsa, las cámaras dejan de grabar, y en este contexto sólo pueden emerger las verdaderas intenciones de los participantes…

El único motivo para ello, tal vez, provenga de la idea que su propio inventor y que nosotros como espectadores albergamos sobre la naturaleza de la razón: el hombre no es de fiar. En su prosecución de libertad y bienestar hará cualquier cosa con tal de llegar allí: mentir, defraudar, matar. Sólo un ordenador podría ser objetivo y desapasionado. Cualquier objeto con inteligencia artificial y la pretensión de pasar por un hombre en la calle sabría que el ser humano está en constante caída libre hacia la degeneración y el envilecimiento. En yuxtaposición, la cámara de Garland, que parece mínima y constrictiva dentro de las gélidas instalaciones científicas, se abre con voracidad en la superficie paradisíaca de la isla privada de Nathan como si el drama entre humanos y androides no fuese más que un teatro de poca monta en un orden virtual de cosas imponente, como si la “creación de vida” que se llevase a cabo en el laboratorio fuese una insulsa tontería. No por nada Caleb equipara con un dejo de codicia al hombre y a Dios, sólo para entender minutos más tarde que ese hito histórico de la ciencia llamado AVA sueña más bien con la anonimidad existente más allá del océano, en tierra firme, bajo los semáforos de una ciudad cualquiera.

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