Get Out es la historia de un hombre negro en problemas llamado Chris Washington. Su novia blanca lo invita a pasar el fin de semana con su familia de clase alta en una mansión clavada en lo profundo del bosque. Un espacio idílico donde los caucásicos de alta alcurnia se pasan las tardes bebiendo cocteles y comiendo carne a la parrilla.

Chris Washington está acostumbrado, por no decir habituado, a recibir las miradas cargadas de suspicacia de los blancos, como cuando el policía de caminos exige ver su identificación, pese a que él no es quien conduce el auto. Así es el mundo, y qué se le va a hacer, parece insinuar resignadamente. El racismo, los caprichos de los grupos de poder, es algo con lo que uno tiene que vivir y, en consecuencia, tolerar: esa es la clase de mundo en que vivimos. Uno donde aceptamos que la impunidad es prerrogativa de unos cuantos.

Por lo menos hasta que amenazan con lavarnos el cerebro de forma literal: abriéndonos el cráneo para apoderarse de nuestro cuerpo mediante hipnosis e invasiones quirúrgicas de científico loco. Los elementos de ciencia ficción, el uso del cliché, son un buen contrapunto a un tema, el racismo, que se ha solemnizado demasiado enfocándose exclusivamente en las debilidades institucionales y el maltrato histórico de estas personas. En el caso de Get Out, el giro que propone es muy de nuestra época: el racismo positivo. Segregar a partir de lo que resulta virtuoso en una persona a partir de sus características. En el caso de la malvada congregación de vejetes blancos que se hacen de jóvenes negros… bueno, el lector entenderá que en muchos aspectos, las personas negras poseen cualidades y atributos físicos con los que uno solamente puede soñar.

Esta conducta, que de más está decir es un tanto capitalista, pero que llega a nosotros en Get Out mediante un proceso literal de la posesión en la mejor tradición del horror de Serie B, establece un tono de paranoia que hace divertida a la película, sacando de onda al protagonista y a nosotros mediante chistes manidos que relucen a la luz de las circunstancias, pero también la implementación de un tono y una atmósfera tomados en préstamo de películas de horror de los setenta, sobre todo de El bebé de Rose Mary, de quien pilla detalles de espacio y personajes que parecen mirar directamente hacia la cámara, al unísono, inquietante detalle que no se sostendría por sí solo si no se viera inmediatamente sucedido por alguna puntada morbosa. Este modo de transitar del misterio a la comedia en espacios tan limitados –la película se desarrolla en interiores en su mayoría– aligera un proyecto que podría haber resultado descabellado y, a resultas de ello, estúpido. No obstante, hemos de contar la elegancia de la parquedad visual como otro acierto que hace de Get Out un extraño híbrido de géneros que reniega del susto gratuito y la contundencia en favor de planteamientos visuales y apuntes irónicos sin parecer demasiado inteligente o pretendidamente profunda.

En una época en la cual el horror se ha convertido en una exhibición de vísceras, en susto fácil, no queda otro modo de contar una historia de estas características más que tirando de los miedos de nuestra  generación. Get Out, a un tiempo, se mofa de las reconocibles máscaras del racismo, el cual no siempre viene de los demás sino de uno mismo, y más importante aún, se burla con saña de aquello que amenaza con establecer un nuevo régimen de control total y segregación: la corrección política. Atención a la secuencia en la estación de policía cuando el compinche de Chris Washington denuncia su desaparición ante una incrédula oficial de policía: una tontería desternillante que en los tiempos que corren no parece tan descabellada.

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