El interrogatorio duró un par de horas, pero en ningún momento fui capaz de recomponer su rostro… el rompecabezas del rostro que revolvió mi memoria durante todo el proceso y que me hizo ver estúpida; aunque, la verdad, es que no podía sentirme más humillada. Los oficiales se portaron severos y fríos, no dejaban de analizarme y hacer preguntas: una pregunta seguía a la otra, turnándose un oficial con el otro, como un péndulo o un juego de pelota.

Sí. No. Sí. Sí. Sí. No. No había lugar para otra cosa que no fueran esas dos palabras. Yo respondía, alguien hacía una anotación frenética sobre papel, me volvían a hacer la misma pregunta pero con diferentes palabras y borraban, rayaban, anotaban…

Eso era lo peor, lo que me daba más miedo: que me hicieran sentir como una mentirosa, como una embustera que hacía la lata por un rasguño o un desgarre, una de esas quejicas que interrumpía los casos serios por un cabrón moretón en medio de las tetas y nada más. Sin contar con que la memoria puede jugarte en contra en los momentos menos oportunos…

Uno de los policías me preguntó, hacia el final, qué pensaba de la derecha política.

Encima de la puerta colgaba un reloj negro de pared donde las horas, en lugar de números, estaban representadas por cuadrados del tamaño de un pulgar y los minutos por pequeños puntos blancos. Consideré la posibilidad de tomar una de las pistolas que descansaban sobre la mesa y metérmela en la garganta, pero todavía tenía los nervios a flor de piel, así que evité arriesgarme y poner a prueba mi temporal y recién adquirida enfermedad de párkinson. Además, tenía fuertes dolores en los hombros y la muñeca derecha: de haberlo querido no habría podido separar la mano más de quince centímetros de mi cuerpo…

Escuché, limpias, avanzar las manecillas del reloj; escuché, también, el apacible respiro de las dos figuras al otro lado de la mesa, un respiro acompasado y largo, entrenado y paciente. ¿Se me había hecho la pregunta con ánimo de gracia? Estaba devastada y sucia. Pegajosa. No podía pensar en otra cosa que no fuera mi persona, mi pantalón sucio y mis manos sucias y mis zapatos sucios, y quién sabe si también me juzgarían por ello. Las mentirosas siempre van sucias, eso me hacían creer. La playera se me hacía nudos bajo las axilas, se me pegaba a la espalda ¿Qué tan terrible sería llegar a casa y lanzarme sobre la cama en esas condiciones?

No tenía ánimos para bañarme. No me habían dejado bañar, de hecho. Y no volvería a brillar nunca, ni a fuerza de agua ni jabón ni…

– Es broma, señora –dijo una de las figuras, sin moverse un ápice en la silla. Sacó un cigarrillo de su chaqueta y lo puso entre sus labios, sin encenderlo- Puede irse. Es todo. Ya cuídese.

 

Sí, violada y media muerta, escuchando las bromas de unos extraños. Pero también me había dicho que me fuera, ¿cierto?

Podía verlo todo, podía ver la habitación blanca y amplia con el reloj como una pupila empañada penetrando mi cabeza desde la puerta, podía verme a mí misma ida y pálida como una niña perdida y boba sentada sobre una roca en medio del bosque o afuera de un supermercado esperando a mamá, podía ver las barrigas de los oficiales inflándose bajo las pequeñas cabezas grasienta. Vi mis piernas, increíblemente recompuestas, firmes.

Cerré las piernas y me dolió.

Pregunté la hora.

– Si ya sabe para qué pregunta, el reloj está acá arriba, ¿verdad, compañero?

– Toda la noche ha estado viendo el reloj. No le quita los ojos.

– O tal vez se refiera a otra cosa, compañero. Tal vez es una forma de decir…

– Sí, tal vez se refiera a otra cosa.

– ¿Ya se quiere ir? Ya le dijimos que se podía ir, pero no se levanta –el hombre sacó un encendedor amarillo para encender el cigarrillo, aunque yo no quería que lo hiciera. La flama parpadeó sobre su semblante frío. No me miraba.

– Sí, bueno, compañero, espera a que se quiera ir. Mírala, si está bien espantada. Pero a esas horas no se sale de la casa, señora.

– Sí, pero yo creo que…

– Sí, tienes razón…

Dijeron muchas otras cosas sobre mí con la convicción de dos bufones viejos y fastidiados. Respiré hondo, procurando empujar mis ojos hacia afuera, como para retomar la luz de la sala, pero más allá de aliviarme, el aire me olió excretado y denso. Esferas negras se descocían ante mis ojos. Ese humo… Comencé a sentir nauseas. Me llevé el dorso de la mano derecha a la boca, mientras con la otra sujetaba la mesa, procurando dar sentido a las cosas que me rodeaban, sentido y nombre y forma, respirando por la rejilla de la boca sin saborear el aire.

El poli del cigarro puso las palmas sobre la mesa como a la espera de algo, probablemente de otras palabras, de una historia diferente… creo que hasta de una confesión, así lo vi.

No entendí lo que me pasaba, no entendí que el mundo daba vueltas y que a nadie le importaba y entonces supe que ese olor venía de mí misma. Y tuve que ahogar un grito.

Lancé una mirada de apremio al oficial que tenía justo enfrente de mi cara, el que no fumaba. Agaché la cabeza.

Si no fuera porque en ese momento los oficiales me condujeron con premura desde mi silla hasta la calle, habría devuelto el resto de mi estómago sobre el escritorio. Desde la sala donde me interrogaron hasta la salida había un largo corredor, después un vestíbulo donde parecía desembocar un conjunto de oficinas y despachos, y, cerca de la salida, una sala de espera con plantas y viejos sillones rojos. Recorrí todo esto en mi camino hacia el exterior en menos de un minuto.

Cuando pisé el granito frío y reconfortante de la calle, seguía oscuro. Sobre los arcenes de la ancha avenida, de punta a punta atravesando la oscuridad, desfilaba una serie de coches caros y opacos. No podía creer que siguiera siendo de noche.

Tenían razón. Ellos tenían razón: había visto el reloj toda la noche. Desde la mesa de exámenes, donde me desnudaron y revisaron con guantes y paletas y… hasta la sala de interrogatorios, no había despegado mis ojos de los relojes. Pero no veía la hora. ¿Qué hora era todo este tiempo? Los números no tenían ningún significado para mí. Cuando me dejó ir me dijo que no me fuera por la sombra y me besó en la frente. Los cuadrados negros y los puntos blancos.

Iba a ser de noche siempre.

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