Cada persona es como una estrella: las estrellas brillan y mueren. También, mueren para brillar.

La señora frente a mí no es alguien a quien deba tomarse en serio. Es una mujer de aproximadamente un metro con veinte de estatura, se viste mal y su tono de voz es despreciable y agudo. Me parece que la causa de su suplicio es que es consciente de que todos en  este horrible salón de clases, ella y nosotros, intuimos su incapacidad para enseñarnos sobre lenguaje, y que la clase será más bien deficiente. Tácitamente, se ha acordado que el esfuerzo por ambas partes sería inexistente.

Ella, aunque ha llegado media hora tarde, nos deja salir también media hora temprano. Y aunque cualquiera supondría atinadamente que durante su vida ha destacado en nada, a uno le llama la atención que sonríe. Siempre sonríe. Y de camino a la puerta, nosotros también sonreímos. Qué manera de empezar un sábado, pienso. Cómo uno llega a la felicidad.

Fuera el frío quiebra mis mejillas. El mundo ha nacido hace pocas horas y el ambiente azul, congelándose, condensándose, me da la impresión de que con un cuchillo podría cortar la realidad. Es lo suficientemente temprano para atestiguar al mundo ponerse en marcha; entonces me dispongo a caminar. El día comienza a calentarse y yo con él.

Pienso, a veces, en esta caminata como la manera real de recordarme que existo. Cada paso es un movimiento caótico que nunca volverá a repetirse: esos dulces sueños alcanzables en todos los lugares y en todos los tiempos. Mediante ésta danza llego a un gran comercio de libretas y plumas y cosas sin sentido. Y nunca como en ese momento, digo la verdad, disfruto más de estar vivo.

Cercando el estacionamiento han instalado una valla metálica con tubos muy delgados, blancos, y entonces me acerco a ella y desenfundo el arma, y entonces acerco el arma y mi mano derecha, ansiosa, se convierte en el delicado viento que acaricia una metálica tierra blanca.

Y no me creerás, pero a esa hora ocurre algo más, mejor incluso: el sol ya ha emprendido el viaje celestial de cada día ocasionando que los rayos se cuelen a través de la valla y de pronto me convierto en la superficie de un juego eterno y milenario entre luz y sombra. Así que, mientras me muevo, la luz conmigo…

Hacia mitad de camino mi dedo ya está harto sucio, y recuerdo entonces los mismos dedos también muy sucios de cuando lo hacía siendo niño y recuerdo a algún adulto quejándose de ello, y pienso que la memoria nos hace y nos deshace y se le debe atesorar como si fuera el pedazo de una estrella.

Antes de que tan histérico placer acabe, ocurre algo más, lo juro por mis manos, la cosa se pone mejor. Caigo en cuenta de que el ambiente ya no es frío y desafiante, más bien, es el interior de una burbuja recién formada en la marea de alguna playa virgen. Y pienso por un segundo en tu sonrisa y en que el sentido de la vida a veces puede encontrarse, sin más, en la mirada de alguien más. Y recuerdo nuestro primer beso como una explosión. Yo podía guardar una parte del secreto si tú hacías lo mismo. Y los dos lo hicimos. Vivíamos en la locura del amor joven, en lo erótico del amor prohibido: la explosión que me estremeció ese día se prolongó por el universo de mi cuerpo. Y viajó y se expandió durante los días y semanas. Y de la explosión emanó vida. Y conocí el color rojo y el calor del fuego. Y  flores blancas crecieron de mi pecho y a todas las regué y cuidé y luego las corté para ti y cada una de ellas terminó en tus manos. Durante mucho tiempo en mis manos y en mi pecho no hubo nada más que aire y el recuerdo del roce con tu cuerpo, y eso siempre me bastó. Y me pone triste saber con certeza, la mayor de mi vida, que fui muy feliz contigo y tú conmigo, pero que eso no es ahora nada. Y todo ello lo recuerdo al menos una vez al día o a la semana o al año, y otra vez feliz, feliz. Y aunque el fuego de la explosión se extinguió y mi interior se enfrió y luego ni tú me reconocías ni yo te reconocía, en los dos se alberga el recuerdo sempiterno del primer amor.

En el semáforo cruzo la calle sobre la cebra. Mi sombra camina conmigo a casa. Una visión te arrebata de mi mente y el que aparece ahora mismo, caminando, soy yo justificando mi existencia. La visión es área –la vista de la gaviota-, y entonces se me hace claro que sí ocupo un lugar en el mundo.

El vértigo de la imagen produce un escalofrío en mi cuerpo, pero me gusta. ¿Durante cuánto tiempo atrás había deseado sentir otra vez algo? ¿Sentir lo que sea, oscilando yo siempre en el borde de la desesperación? ¿Alguna vez te has imaginado a ti mismo desde la perspectiva de la gaviota?

Deberías.

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