En el año del ’55 un grupo de jóvenes, desconocidos hasta entre ellos, se asa bajo la luz del sol que les azota sin piedad. La carretera negra es el infierno al medio día. Destroza sus pies achicharrándolos con cada paso y sus esperanzas se diluyen en las veredas sinuosas de algún lugar perdido en las entrañas de Estados Unidos, Moroco o Francia. Da lo mismo. El destino es el camino, sin importar dónde.

El espíritu se reaviva conforme el crepúsculo ilumina sus rostros, gentil y perezoso. Los pensamientos pueriles invaden a los solitarios caminantes que añoran la casa, la cama fresca, el descanso, los amigos, la madre, la comida, la bebida, el sexo o los amantes. Nostálgicamente recuerdan todo aquello de lo que huyen: la sociedad de la posguerra, más podrida, aún moralista. Las ramas de los arbustos se tornan violetas y crujen lentamente conforme el aire de la planicie aumenta en silbidos y susurros. El temor.

Si no se detiene algún incauto, un buen samaritano, nuestros queridos viajeros dormirán bajo las estrellas, sin comer y sin saber a qué hora probaron el agua por última vez. Un campesino necesitado de trabajadores o algún transportista en busca de compañía significan la salvación en las horas más oscuras. Tal vez cenar sándwiches y manzanas. Eso o morir de frio sin llegar nunca a encontrarse a sí mismo, el fin último de estos trotamundos, los primeros llamados hípsters.

¿Qué tienen en común Adrian Belew, Robert Fripp, Jack Kerouac y Allen Ginsberg? Que todos fueron desertores de lo establecido. Cansados y aburridos de la monotonía, provocaron; hicieron historia y trascendieron aun cuando nadie creía en ellos. Un grupo de marginados haciendo arte. Belew y Fripp tenían diez años cuando los escritores beat se encontraban en la plenitud de su obra literaria y miraban con admiración los cambios a su alrededor, sin entender bien qué pasaba.

En 1982, el proyecto liderado por Robert Fripp lanzó al mercado uno de sus álbumes emblemáticos: Beat. En este disco, como en cada producción de Fripp bajo el título de King Crimson, el guitarrista se dedica a reunir a los más grandes músicos de la escena del rock progresivo, el ambient y la improvisación para que, bajo su tutela, creen piezas alejadas de lo convencional en todo sentido. Este álbum no es la excepción.




Neal & Jack & Me abre el disco con fuerza, un requinto leve y rápido precede a la batería que anuncia el comienzo, redoble como los del circo. La voz de Adrian Belew se une sin prisas, se queja y aúlla. Hasta la primera estrofa, la canción no difiere de sus contemporáneas, pero poco después se torna difusa e inexacta al oído, la melodía no estaba entre las prioridades de esta encarnación de King Crimson y las estructuras temporales de la canción se rompen creando una atmosfera de mareo a cargo del baterista Bill Bruford, que no encuentra dificultad en los cambios de tiempo del bajista Tony Levin y la guitarra del mismo Fripp.

Este track inaugura líricamente la temática del disco: El viaje. Las travesías de Jack Kerouac y Neal Cassady se ven retratadas en esta canción violenta y rápida, que no da un respiro entre líneas armónicas fuera de ritmo y  la voz de Belew que ataca al escucha aullando entre frases.

En Heartbeat, la banda demuestra que no está por debajo de ninguna con las que compartieron la década. Un ritmo pegajoso, de power ballad, acompaña la voz tersa de Belew que se desliza entre arpegios y una línea de batería que nunca permanece estática. Sin problemas pudo ser un éxito radiofónico. Los puntilleos etéreos de Fripp dan un toque de ensueño a la melodía, su Gibson Signature suena como si la tocara en reversa. A pesar de ser la canción más fácilmente escuchable del disco, no carece de calidad. La melancolía de los amantes ausentes y la nostalgia son los temas recurrentes en su letra.

Waiting Man cierra la primera parte del disco con un ritmo igualmente caprichoso, más apegado al jazz, con escalas rápidas y fractales. Hasta aquí finaliza la narrativa del disco,  abordando la parte final del viaje: El regreso a casa. Después de pasar por todas las peripecias de la travesía y aun después de padecer y superar el recurso último del apego, la nostalgia, el viajero regresa a su lugar, vuelto otro.

La experiencia del álbum, pensada para el vinil, es notoria en la forma en la que están ordenadas todas sus partes. La segunda mitad, o el lado B, abre con Neurotica. Esta pieza resulta clave para entender la visión de Fripp y Belew sobre la cultura Beat. De forma ruidosa y caótica, la batería de Bruford y el Chapman Stick –un bajo especialmente diseñado- de Levin acompañan algunos acordes que compiten con la voz de Belew relatando la madrugada de pesadilla en cualquier metrópolis de los años de la posguerra: las drogas, la violencia, la podredumbre social y las nuevas corrientes del pensamiento expuestas en nuevas formas de ejercer la libertad, como el sexo y la vestimenta, atormentan la psique de los habitantes de estas ciudades.

The Howler es el homenaje directo de la banda a Allen Ginsberg, autor del poema titulado Howl, en el que expone de manera casi musical su preocupación y rechazo por la destrucción mental programada de sus contemporáneos, que literalmente se volvían locos en un mundo atormentado por las normas morales y religiosas.

La palabra Beat, utilizada para referirse a esta generación perdida, generalmente refiere al tiempo pasado. La intención de reavivar estas temáticas es que seguramente no estamos tan lejos de ellas, con deseos explosivos e irresponsables de abandonarlo todo, hoy no estamos tan lejos de Adrian Belew y Robert Fripp, ni siquiera del mismo Kerouac que hasta el último día de su vida defendió la filosofía de vivir como una aventura y no una obligación. Al igual que la literatura englobada en este gran concepto de la cultura beat, el álbum es un reto intelectual que pone a prueba nuestro concepto de música y de estética, pero, ¿por qué no intentarlo?

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