En Titanic, la protagonista -Rose- abandonaba su asiento en el bote salvavidas que la llevaría sana y salva a buen puerto (un sitio desaprovechado que habría salvado la vida de otra pobre irlandesa) por dar un salto mortal sobre la borda de la embarcación, y todo porque no podía vivir sin su joven amante, Jack: porque morir sin la compañía de un hombre era peor destino que perecer de hipotermia en un bote lleno de mujeres histéricas.

No es que la Meca del cine se haya inventado de cero a estas mujeres de cuento de hadas cuyo mayor anhelo en la vida es quedarse con el chico de turno. Sencillamente, se trata de narrativas cinematográficas y literarias estratégicamente creadas para un mercado al que le viene más fácil adoptar en la imaginación un cierto tipo de mujer sin grandes aspiraciones, ilusa en esas cosas del amor y de preferencia caucásica. De un tiempo para acá, éste discurso se ha suavizado más bien poco y solamente en ciertos ámbitos del cine de arte o pequeñas industrias internacionales que orbitan alrededor del sempiterno templo cinematográfico estadounidense, donde los vientos sí que pueden cambiar de dirección, pero sólo cuando hay una buena cantidad de pasta sobre la mesa.

Y, entre paréntesis, lo que más ha llamado la atención de esos lobos del cine es la literatura, en especial las ya categorizadas “Joven Adulto” y “Nuevo Adulto”, otra máquina de hacer dinero sin escrúpulos que, ironías de la vida, ha salvado a la industria editorial de una cantada extinción. Un dato interesante sobre el mercado inglés, por ejemplo, es que al parecer hasta el 68% de esta literatura es enviada a la imprenta por hombres, y el restante 32% por mujeres, unas cifras crueles que hablan mal de las paupérrimas políticas de género de la industria del libro, y que en su sentido más literario, podrían desconcertar a todas aquellas mujeres que se solazan en las picarescas aventuras de la heroína de turno, probable o improbable estandarte del empoderamiento femenino.




No obstante, la imagen de la Autora parece repuntar más que nunca en los medios electrónicos, y no porque la gente esté leyendo más literatura de factura femenina y, en consonancia, vaya al cine a ver la adaptación de su libro de cabecera, sino todo lo contrario: la fama de J.K. Rowling, E. L. James, Suzanne Collins y, ya en menor medida, Stephenie Meyer, debe su esplendor a una máxima que en éste contexto es paradójica: las cuotas de género. Pero para ser justos, habría que decir que no todas las mujeres que escriben aparecen en los medios, ni las que aparecen son los mejores exponentes de su oficio.

Por otro lado, la impresión de que los productos culturales de masas caminan a la par del progreso social se intensifica en las inmediaciones de la Industria Cinematográfica, donde hasta los sueños de los desprotegidos, los parias y las minorías se hacen realidad muy de vez en cuando. Faltaría más que entre estos grupos vulnerables nadie se fijase algún día en la mujer, cada vez más poseedora de intereses y disponedora de capitales, aquella que en todas las películas de Alfred Hitchcock, considerado por muchos el mejor director de la historia del cine, siempre era la perdición del protagonista o, por lo menos, el detonante pasivo de todas las perversiones imaginables.

Si nos hemos dado cuenta hasta ahora de que el cine Made in America precisaba de heroínas sin capa ni maquillaje es porque esporádicamente nos venden en la cartelera alguna versión deslavazada de Juana de Arco, Thelma y Louise o Lisbeth Salander, y no sólo la película, que es lo de menos en una época tan dispersa, sino la clave de lectura, que en todos los casos se traduce en testamento del poder femenino, la complejidad femenina, la revaloración…, y otros apelativos producidos en serie.

Pero no hay nada más lejos de la verdad porque, si es cierto que, por ejemplo, La Vie D’Adele ha sido bien recibida por estas y otras razones erróneas, también lo es que la relación entre las dos mujeres de esa película poseía un par de componentes que las dotaba de más poder que la victoria en cualquier torneo del Hambre, la realización de que sus vidas dependían de otras actividades igual de importantes para alcanzar la plenitud: Una, tras los lienzos y el pincel en ristre; la otra, como educadora. O dicho de otro modo: las vicisitudes de su mundo emocional por un lado, y las de su trayectoria profesional y mundana por el otro. ¡Una mujer no tiene que abandonar necesariamente su trabajo por amor!  Quién lo diría.

Y por si todavía no lo saben, La vie D’Adele está basada en una novela gráfica llamada “Le bleu est une couleur chaude” de la francesa Julie Maroh. Y, ¿quién ha escuchado el nombre de Julie Maroh en E True Hollywood Story? Pues nadie, tal vez, porque la historia de amor de sus dos protagonistas tiene un trágico final anticlimático sin bombos ni platillos, sin resurrecciones vampíricas triunfales desafiando todas las leyes del buen gusto.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: