¿Qué tan lejos llegaría uno por amor?, ¿vale la pena perderlo todo por amor?, ¿Cuántos de nosotros estamos listos para arriesgar la salud mental, para utilizar uno de nuestros sentidos como moneda de cambio, para llevarnos hasta el límite y explotar, todo a causa y teniendo como fin último el amor?, es más, ¿sabemos qué es el amor?

Desde finales de los 80 y hasta principios del nuevo milenio, el famoso sonido Mánchester inundaba las calles europeas y agitaba la mente de los jóvenes cuya ocupación muchas veces no iba más allá de embriagarse, drogarse y tener sexo casual a diestra y siniestra. La generación que vivió a costillas de bandas como los Stone Roses y Oasis -por nombrar a los exponentes más fácilmente reconocibles del movimiento- todavía pagan las consecuencias de sus actos y las muestras del desencanto activo por el que pasaron.




Más o menos por la misma época, un grupo de jóvenes adultos, aun con secuelas de su adolescencia, hacía uno de los recorridos más costosos y a la vez funestos de los que la historia musical tenga memoria. Los Bloody Valentine se paseaban por los estudios ingleses como una plaga que no hacía más que dormir en las salas, a veces grabar un rato y despedir a los ingenieros de audio del lugar, a veces ni eso. El viaje de la banda pronto se convirtió en una leyenda, las llamas del morbo atizadas por la publicidad y los carteles con el distintivo halo rosa sobre la guitarra de Shields.

A la fecha, se dice que los ejecutivos de Creation envejecieron con este álbum, que literalmente perdieron el cabello o se hicieron presa de ataques de pánico ante un inmutable Kevin Shields que seguía alquilando equipo y sonidistas para la que habría de ser su obra maestra, que tomó años y millones de dólares hacer, y el álbum que a la fecha le persigue como un himno mortuorio. El guitarrista y compositor ha desmentido estas historias de banqueta en más de una ocasión, sin embargo, el disco aún tiene cierto embrujo sobre los escuchas: nuevos, ocasionales o de los que hemos forjado alrededor de la imagen de la banda y del disco en sí un culto, una religión, un estilo de vida.

Desde los primeros acordes de Only Shallow uno sabe que está escuchando una obra que va más allá de la música, que ha trascendido las barreras de la interpretación de todos los guitarristas, de todos los músicos, de todas las mentes creadoras que haya visto pasar este arte y los otros. Si el shoegaze es o no un género musical de verdad es una discusión que sale sobrando ante Loveless, un relicario de la locura, de la destrucción programada y de todo aquello encerrado y puesto bajo candado por temor, de la mente explosiva de cuatro jóvenes bellísimos pero destruidos hasta la raíz, del espíritu creativo que se balancea peligrosamente entre la genialidad y la simpleza.

En cierta forma, My Bloody Valentine se ha insertado misteriosamente en nuestro imaginario como una banda aspiracional adolescente, donde todos los integrantes tienen cierta libertad creativa y entre los cuales se desarrollan relaciones igualmente misteriosas que contribuyen a la música, pero nunca son el vínculo central que arma por fin la producción artística. La voz de Bilinda Butcher es incomparable, como incomparable es el hecho de que haya sido pareja de Kevin Shields durante algún tiempo y que estos se hayan separado sin más detalles, como incomparable es que Debbie Googe, la bajista de la banda, sea una activista comprometida con diferentes causas y que Colm O’ciosoig sea un rockstar sin remedio que hace poco envió una carta a The Independent para quejarse de las estúpidas regulaciones sonoras en los conciertos en el Reino Unido.

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Poster promocional de Loveless

Incomparable es que Kevin Shields se privara deliberadamente del sueño para producirse alucinaciones que más tarde se traducirían en las escalas y puentes del Loveless; que obedecen al ritmo de los sueños, de la felicidad, de las galaxias o de quién sabe qué. De algo que está lejos de nuestras manos, pero que Shields conoce bien, que comparte a cuentagotas con el resto de la humanidad y que le ha valido el estatus de científico loco de la música, de hombre que con guitarra en mano cambió con certeza los paradigmas del rock clásico y del pop.

Shields vio en la banda a sus compañeros de batalla en esta empresa que hasta el día de hoy no apreciamos en su totalidad. Butcher y O’ciosoig padecieron tinnitus, un trastorno del oído común entre los obreros que manejan maquinaria ruidosa a centímetros de sus oídos… Y todo por lograr un sonido, una sensación, por dejar como legado los riffs que arrancan las capas de piel del escucha, que rebanan y parten de a poco las fibras nerviosas, que llegan finalmente a un corazón cálido y lo arropan entre hojas afiladas.

Loveless es un telescopio, una nave espacial, una revista de moda, unos lentes de sol, un carrusel o un anuario. Es lo que el escucha quiere que sea. Es, para los críticos, la cumbre del Wall of Sound, un concepto que solía utilizarse comúnmente para referirse a la obra de artistas como Brian Eno, para expresar la dureza y la densidad de la composición, que se arrastraba contra los oídos como un muro implacable que terminaba por fundirse sobre uno, como una tormenta de arena o una avalancha que sepulta.

Kevin Shields y compañía llegaron a esto por amor. Por amor a la música, a ellos mismos como narcisos, a cambiar las cosas para su banda y para sus escuchas, por amor a la creación sublime. Pusieron en juego la pequeña porción de tranquilidad que les dejó un mundo revolcado en el sexo y los excesos, e incluso me atrevo a decir que se envolvieron en las telarañas del amor adolescente solo para poder transmitir en sus presentaciones en vivo, en Loveless y en M B V, esa vibra, esa vuelta a creer en todo lo que la adultez nos arrebata sin piedad poco después de la adolescencia. Loveless es, como su título lo indica, una bofetada al amor, que devuelve la fe en la inocencia.

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