María murió. Lo supe en cuanto mi madre inundó el teléfono de lágrimas amargas. Sollozaba, y ni siquiera ella entendía lo que decía; seguramente, la persona al otro lado del auricular tampoco lograba descifrar las palabras que mi mamá anunciaba con tanto pesar. Su cara, hinchada y roja, mostraba la vulnerabilidad a la que todos estamos sometidos cuando alguien tan amado se va y deja este mundo tan viciado y adverso.

La muerte de María marcó mi vida de alguna manera. Hace unos días recordé su cabello blanco, siempre adornado con una diadema negra que denotaba los pliegues en su rostro. Era como ver un hermoso mapa donde cada arruga y cada lunar me incitaban buscar a una María joven, y descifrarla a través de los años. Hubiera preferido recordarla así, sin embargo una suerte de despedida hizo que cambiara mi imagen de ella: María acostada en una cama, como inocentemente lo pensé, con prendas que cubrían su helado cuerpo. Mantenía los ojos cerrados y ya no resplandecía ni un destello de luz sobre sus bellas manchitas.

Ella siempre me quiso y, quizá, lo seguiría haciendo aunque supiera que esa niña que vio por última vez en su habitación ya no juega con las muñecas y que tampoco observa a las cochinillas dentro de un frasco de mermelada. Pero a ella, ¿quién la seguiría amando? La respuesta puede parecer muy fácil de responder, porque, evidentemente, si pregunto a cualquier persona que la haya conocido el aroma que desprendía su cuerpo, o los guisados tan deliciosos que cocinaba, como la carne de puerco en salsa verde y verdolagas que mi padre tanto disfrutaba, seguramente me responderían que la echan de menos, incluso podrían relatarme algún recuerdo memorable que vivieron en su compañía.

No obstante, las acciones que estas personas del “recuerdo” han hecho por María son completamente nulas. Lo más probable es que nadie haya ido a visitarla en los últimos seis meses, a excepción de mi madre, que fue aproximadamente durante este tiempo y que confirmó lo antes mencionado por una oración que lo afirma: “Hubieras visto, hija. Estaba tan solita y abandonada; sin ni una flor”.

Entender la muerte es complicado porque para los mortales la figura del ser perdido se convierte en memoria de algo que jamás podrá ser olvidado, pero esta premisa no coincide cuando los hechos se vuelven contradictorios. Revivo el ritual del funeral de María y veo a todos a mi alrededor con sus pupilas empañadas de lágrimas desbordándose a cántaros por sus mejillas. También observo sus atuendos sin color, tan uniformes y tan adecuados para representar algo que no tiene vida. Volteo, tan solo siendo una niña, y veo a toda esta gente reunida para lamentar la pérdida de la viejita que yo más quería en el mundo. Me pregunto si después fueron a visitarla y sintieron la misma desolación que cuando estuvieron el día del funeral, pero aquel día su dolor me parecía tan sincero que pensé que este prevalecería por siempre.

No es así. “La vida continúa”, dice la mayoría. Y por esta razón la pobre María debe de estar en este momento sola y fría; las hojas del otoño pasado deben de estar encima de ella, o, si tiene suerte, el viento se las pudo haber llevado, al igual que su recuerdo, que juega una batalla donde el olvido tiene las de ganar.

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