Madres e hijos. Dupla inagotable de historias y traumas psicológicos. A la sombra de nuestras madres hemos conocido el dolor, el sacrificio y el amor. No se puede negar que nuestro punto de vista sobre el mundo depende de aquello que hemos visto en casa. Para bien o para mal, lectora o lector, te pareces a tu madre. Somos así. Los seres humanos somos histriones por naturaleza. No nos gusta parecernos a nuestros padres, pero actuamos como ellos en todo momento.

Y los odiamos un poco por ello.  

En varias entrevistas concedidas a medios españoles Xavier Dolan recalca lo difícil que fue la infancia junto a su madre soltera y las dificultades surgidas a partir del choque de caracteres:

La recuerdo quejándose por el precio de la gasolina cuando me acompañaba a algún lado, o por lo molesto que era cocinar para mí. Me hacía sentir que ser mi madre no le entusiasmaba”.

Como todo buen artista adolescente sin escrúpulos, Dolan decidió alimentar el arte con los capítulos más sórdidos de su biografía. El resultado: J’ai tué ma mère (Yo maté a mi madre), su opera primera del 2009 realizada a los diecinueve años. Este drama sobre la infausta relación de una madre recientemente divorciada y su hijo homosexual, adolescente en ciernes y trasunto del propio Xavier, ya prefiguraba algunos de los elementos que delimitarían el resto de su obra: madres desesperadas (Mommy), hijos incómodos (Tom à la ferme) pero, sobre todo, el ejercicio de la propia identidad a través de las relaciones de los personajes con un entorno raro y hostil cuyas únicas vías de escape parecen dirigirlos hacia una plástica de la simulación o ya directamente del ensueño. Así, en Laurence Anyways (2012), probablemente su obra más ambiciosa y prolija, se nos cuenta la historia a lo largo de una década en la vida de Laurence (brillante Melvil Poupaud), un profesor de literatura que un día decide transformarse en mujer después de años de autorepresión. Como no podía ser de otro modo, esta revelación pone sus relaciones (dentro y fuera de casa) patas arriba.

Habida cuenta de este breve, pero necesario, contexto, podemos abordar la nueva factura de este precoz director canadiense.

Mommy nos cuenta la historia de Diane Després -“Die”-  una viuda trabajadora que decide llevar consigo a su hijo adolescente, Steve, a casa, proveniente de una serie de estancias fallidas en institutos mentales para chicos con algo más que un problema de carácter. Sin más posibilidad que la de hacerse cargo de su hijo, “Die” se verá en la necesidad de retomar las cosas desde cero, limitándose a subsistir de trabajos mediocres y a sobrevivir las propias perturbaciones de Steve mientras se instalan en un nuevo vecindario en algún lugar de Quebec. Cuando las cosas parecen salirse de control, una figura procedente del otro lado de la calle vendrá a catalizar la dinámica de interdependencia y hacinamiento que reina en casa y, de paso, esclarecer sus propios demonios.

Los tríos interpretativos en el cine de Dolan no son novedad: véase, como ejemplo, Les amours imaginaires (Los amores imaginarios, 2010), un drama romántico con tintes de erótica y comedia que recibió aplausos de la crítica por el lirismo de sus imágenes y la honestidad de su argumento.

En el caso que nos ocupa, la figura del triangulo vuelve, y sirve a Dolan para entregar la más vibrante de sus composiciones. Una pieza casi exclusivamente rodada en interiores en la que cada toma funciona como mesa de disección del universo de sonidos, lenguaje, gestos y códigos compartidos por una madre y su hijo, sólo como ellos podrían hacerlo: con las vísceras y el corazón en la mano, siempre al borde de la destrucción mutua o de las muestras más efusivas de amor.

Tal y como suena, Xavier Dolan no deja títere con cabeza esta ocasión: Mommy emociona, hiere y perturba.

En una de las primeras secuencias de la película, Steve (Antoine Olivier) tira la casa por la ventana, literalmente, en uno de sus arranques de ira obligando a su madre a encerrarse en un closet tras ser ahorcada casi hasta la asfixia contra la pared. Como si tener un hijo loco como una regadera no fuese suficiente, “Die” (Anne Dorval) tendrá que vérselas con la vecina de la casa de enfrente, una exprofesora llamada Kyla (Suzanne Clemént), esposa y madre en su propio hogar (y por tanto dueña de problemas propios) con una misteriosa alteración del lenguaje que la ha vuelto tartamuda y que se enraíza en cuestiones que sólo podremos inducir mediante el desarrollo de las relaciones con los habitantes de una casa donde nadie la llamó, pero que eventualmente le abrirá los brazos para sanar heridas mutuas.

A nadie sorprenderá saber que Dolan tiene talento para llevar situaciones atípicas hasta sus últimas consecuencias y que por ello es él mismo quien escribe y dirige (y de vez en cuando protagoniza con éxito) sus propias películas. Mommy es cine de autor, consciente y devorador, pero ni el transcurso es contemplativo ni sus motivaciones nacen de inquietudes formales. En manos de una persona como Sofía Coppola, Mommy habría pasado por una estampa contemplativa de las luces bajo los árboles de Quebec, pero aquí no hay una sola toma que no esté preocupada por llevarnos siempre un paso más allá en la relación de este trío de personajes enternecedores, solitarios incurables, buscando la felicidad en un mundo decadente y cruel que no parece ofrecer la más mínima posibilidad de redención.

Imposible no dedicar aquí unas líneas al trabajo de las dos mujeres protagonistas, Suzanne Clemént y Anne Dorval, actrices que ya habían experimentado el universo Dolan con algo de fortuna en el pasado, pero que no tuvieron la oportunidad de explotar el rango de sus capacidades interpretativas hasta este momento con tal ferocidad y destreza. Clemént da vida a una mujer interesante, misteriosa, poseedora de una simpatía innata y una secreta valentía que le permite poner frente al huracán que es Steve, y que en consecuencia se granjea su simpatía y la de su madre. Antoine Olivier, a propósito, hace un trabajo solvente, dinámico (muy alejado de la televisión canadiense de corte juvenil en la que trabajaba desde chico) y hábil interpretando las claves más discretas de la personalidad del niño problema, que precisaban, sí o sí, de un balance adecuado entre infante rabioso y contrapunto masculino. Pero nada de esto importaría si no fuera por la hermosa ejecución de Anne Dorval de Diane “Die” Després, una madre coraje en toda regla, luchadora de clase media baja, resignada ante la enfermedad de su hijo pero tenaz fuera de casa, explosiva y dura cuando amenazada por las circunstancias pero vulnerable a la hora de enfrentar las consecuencias: pocas escenas quedarán grabadas en el espectador como aquellas en las que “Die” se derrumba con auténtico dolor y desolación ante la cámara inamovible, más vertical que nunca, más limitada en su perspectiva del mundo y por tanto más hiriente.

A propósito de esta perspectiva, el uso de los espacios, determinado por las constricciones de un encuadre a escala de 1:1 (un cuadrado perfecto), elección insólita que el director ya había hecho en el pasado, pero que esta ocasión funciona de manera orgánica en la propia narrativa del relato y las propias características de una fotografía prolija, dota a la película de cierta fachada de producción independiente de manual, pero también de momentos de verdadero encanto y ligereza en los que la cámara abre sus fauces para dejar lugar al juego y el onirismo: una escena musicalizada con cuerdas, situada hacia el final del filme, es especialmente bella y demoledora gracias a la detallada planificación de producción y su trascendencia poética. Y es que cuando el mundo subjetivo de los protagonistas se nos proyecta es que la película alcanza sus mayores cotas de emoción y enganche visual.

Sumado a esto, Dolan conforma su soundtrack (casi todos los momentos memorables de la película tienen su propia pieza) con una lista de canciones básica, muy precisa, cuyo fin, más allá de alabar (que lo hace) unas ambiciones estéticas muy del gusto de la generación MTV nacida a principio de los noventas, complementan el cuadro –nunca mejor dicho-, ubicándonos en todo momento allí donde los protagonista sienten, sueñan y piensan. Oasis, Celine Dion (la escena del baile en la cocina es un referente obligado), Dido, Lana del Rey y Simple Plan, entre otros, son los invitados a este melodrama de formas videocliperas que nos hará volver a prendernos de aquellas canciones que ya nos habíamos hartado de escuchar en la radio hace décadas mientras la maestría del buen oficio cinematográfico canadiense nos oprime el alma.

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