La ansiedad no es ningún chiste. Mucho menos en una sociedad como la nuestra, basada en la apariencia y la presencia de los cuerpos en redes sociales virtuales, imaginarias. A veces, a través de esfuerzos fútiles intentamos llevar esas redes a la realidad y nos sentamos a platicar en un bar, bebemos y nos reímos. Acudimos a oficinas a realizar trabajos de mierda por un sueldo aún peor que el suplicio de soportar la convivencia con otros seres despreciables. Interactuamos en lo social, lo sexual, lo familiar, lo comercial y lo necesario para rellenar esos pequeños vacíos en el gigantesco castillo de naipes que llamamos “ser”. Sin embargo, y como todos lo sabemos, una edificación hueca está destinada al colapso. Simplemente luchamos por retrasar la agonía, por hacerla más llevadera.

La ansiedad no es morderse las uñas ni mover nervioso las manos y las piernas, eso se llama desesperación. La ansiedad es el flujo constante y repetitivo del pensamiento, la necesidad de calcularlo todo hasta el mínimo detalle, la maquinaria del cuerpo trabajando a marchas forzadas sin descanso sin pausa sin remedio sin punto de fuga, inundando la carcasa y ahogando al habitante. Ay de nosotros, tan millenials, tan alcohólicos y drogadictos, tan necesitados de atención y carentes de la misma, tan amistosos con quien le da like a nuestras fotos y acude a nuestras fiestas, pero tan hostiles con quien trata de huir de la frenética interacción basada en todos los preceptos definidos anteriormente.




Así transcurre la vida de Elliot, el protagonista de esta historia, francamente predecible, pero aún interesante. Elliot es un entusiasta del hacking y la morfina, un vigilante del entorno que lo rodea y un maldito enfermo que no logra comprender el mundo más que a través de las computadoras. Todo para él está desconectado y fuera de su alcance por el único motivo de su asco y su retraimiento. En un eterno monologo, conocemos la personalidad del hacker, encerrado en su cabeza e inexpresivo al mundo exterior.

Rami Malek es el actor que da vida a este peculiar lobo solitario en un mundo infestado de personajes que buscan desenmarañarlo. La carrera del joven actor nunca fue prometedora, algunas apariciones secundarias en otras series y su papel más memorable: El Faraón Akhmenrah en la saga de Una Noche en el Museo (sí, también salió en Crepúsculo). Sin menospreciar su trabajo anterior, es en Mr. Robot donde por fin alcanza un papel con cierto mérito y trabajo actoral. Convertirse en quirky no es fácil. Podemos preguntarle de las consecuencias a Heath Ledger.

Malek tiene la grandiosa tarea de engendrar a un veinteañero deambulante en dos ámbitos igual de podridos: los bajos mundos del hacking en los ghettos neoyorkinos y la portentosa suciedad disfrazada en las corporaciones de Wall Street. En este ir y venir, Elliot tiene que dividir su vida; en la mañana es un Godínez trabajando para la empresa que busca destruir en su tiempo libre.

E Corp., o Evil Corp., como se conoce a lo largo de toda la trama, es el objetivo a destruir de Elliot. Un fantasma corporativo que nadie sabe quién dirige o cuál es su intención verdadera, pero que está presente en todos lados: ciberseguridad, alimentos, salud, etc. Al integrarse a una sociedad secreta de hackers llamada fsociety, Elliot debe abrirse paso hasta llegar a eliminar todos los datos crediticios que la empresa posee, liberando al mundo de la deuda y ocasionando el peor terremoto económico que el planeta haya visto en la historia ¡A que te suena conocido!

Sam Esmail, creador y director de esta serie, ha declarado su fascinación por Fight Club y Taxi Driver, dos obras de las que esta serie retoma demasiados elementos, probablemente hasta el hastío. Incluso partes del soundtrack. Este préstamo infame abre la discusión sobre el plagio y el homenaje: ¿Cuál es la delgada línea entre ambos? Yo, personalmente, no lo sé. Jim Jarmusch dice que el director de cine es un buen ladrón. A Sam Esmail no le importa lo que opine nadie, ni siquiera HBO. Después de participar en algunos proyectos para la omnipotente cadena de las series, se alejó de esta para sacar a la luz su obra maestra en una casa productora (USA) que prácticamente no valía nada, hasta  que Mr. Robot arrasó en ediciones pasadas de los Golden Globes.

¿El gran perdedor? R.R. Martin. Como lo pensaste, querido lector, esta es la segunda entrega de mi trayecto de odio hacia el esperpento de serie que es Game of Thrones.

Lo que plantea Mr. Robot es una historia que ya vimos en Fight Club, que ya vimos y repetimos, es más. Aun así, la crítica (y el rating) han decidido optar por alternativas a la historia “épica” del gordo asesino favorito de HBO. ¿Por qué? Porque su tiempo finalmente ha llegado. Para una audiencia mediatizada hasta el cansancio y cada vez más inmersa en la tecnología, lo valioso el día de hoy es que le escupan en la cara, que le despierten del letargo y que se burlen de ella. Ciertamente, este Frankenstein audiovisual no es ninguna comedia, pero tiene algunos momentos definitivamente brillantes en los que los personajes, incluso, se cuestionan si “alguien en alguna parte del mundo estará escribiendo una serie de televisión sobre hackers”, eso y el protagonista constantemente hablando con el público como si este fuera su conciencia.

Con tan dos temporadas esta serie está cambiando el paradigma de los contenidos televisivos. Ahora, tienes dos opciones: verla y juzgar por ti mismo o esperar paciente a que se estrene la nueva temporada de Game of Thrones.

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