Mi vecina se llama Paula y, una mañana de día de reyes, encontró bajo su arbolito de navidad un nenuco…

Yo conozco a Paula, prácticamente, de toda la vida. No estoy seguro, pero creo que somos de la misma edad y en alguna época nuestras madres nos llevaban al mismo parvulario, pero podría ser un recuerdo falso. Me refiero, por falso, a que no hallo su rostro moreno, su largo cabello negro, su nariz aguileña entre los rostros de aquellos chiquillos con quienes me turnaba en el subibaja allende el salón de clases y que por razones que desconozco siguen viniendo a mi memoria: eufóricos, desgreñados y pestilentes. Felices.

Pero de Paula, la niña, apenas retengo una brizna de objetos recolectados un día de entresemana: una mochila abultada y una sonrisa irregular. Paula siempre me ha saludado por mi nombre. “¡Julio!”, entona.

Era una tarde inclemente de camino a casa. Soleada, calurosa, fragante a algo que no era tanto un olor como una suave modorra. Todo lo que se escuchaba era el tamborileo de los lápices de colores agitándose dentro de mi mochila.

Había más de seis cuadras de distancia entre la escuela y el callejón donde cohabitamos vecinalmente, aun, Paula y yo. El camino consistía en un trazo armónico de noventa grados: tres cuadras hacia arriba sobre la calle Galeana, al pie de mi hogar, y tres cuadras hacia la derecha, sobre la avenida Independencia. El camino no podía ser más sencillo, pero por aquel entonces la gente de mi privada, incluyendo a mi madre y mi abuela, deshacía el camino por calles alternas, de manera que siempre al llegar a casa cruzábamos una trocha de tierra apisonada entre el señero espaldar de ladrillos de un frontón y una parcela para siembra. A veces, dependiendo de la estación del año, de plano caminábamos de lado entre la pared y los miembros espigados de la milpa alta.

Aquel mediodía mi madre y yo nos emparejamos en los últimos dos tramos del camino con Paula y su madre, una michoacana de tez blanca y risa estridente envestida en blusa, jeans azul cielo y zapatos deportivos blancos. Doña Chucha, le dicen. Una señora que de lejos todavía parece joven y que de cerca, para su edad, no luce nada ridícula. Pero su afición al chisme es otra cosa, hecho que le ha ganado a pulso una buena parte de problemas y enemistades. Así que no fue nada raro que la señora robase a mi madre de mi lado y nos empujaran a Paula y a mí un palmo hacia el frente. “Caminen, niños”.

Las dos madres platicaban; nosotros, caminábamos en silencio y contentos.

Por el rabillo del ojo veía a Paula dando trancos, luciendo una sonrisa de dientes apiñados, un poco amarillentos, y aquella inhumana joroba llena de libros aupada sobre su espalda. Debajo de nuestros zapatitos de vestir negros se desenrollaba una sinuosa, leve, ladera cubierta de pasto verde, única guarnición de nosotros los caminantes de esa calle que a la fecha sigue siendo poco transitada, fresca, pavimentada con una cola negrísima que jamás he visto resquebrajarse en toda mi vida. Generosos árboles de más de diez metros de altura vibraban en el margen de un solar vacío del otro lado de la carretera, obsequiando una generosa sombra que reptaba de acera a acera.  Allí, trotando de vuelta a casa, el frufrú de los uniformes se fundía con el sonido del aire entre la hierba.

“¡Julio!”. Mi nombre en voz de Paula, la chiquilla que salía a jugar fútbol con los niños de la cuadra uniformada con una rala playerita blanca, pants y zapatos. Paula, esmirriada, cuadrándose en el callejón como un niño a semejanza de sus hermanos mayores, mis viejos amigos, quienes le daban trato de hombrecito. Paula, a quien arrastrábamos a la zanja a recolectar atepocates en botellas de plástico, a saltar sobre sauces derrotados y desmembrados en los confines del campo, a desenterrar raíces en la milpa, cebollitas, y masticarlas con fruición.

Paula, la machorra de la privada, quien una mañana de día de reyes se encontraba sentada en un poyo de piedra a la vera de mi casa acurrucando un nenuco.

Aquel día fue de mucho viento, encapotado, y me sentía de mal humor. Había bajado de mi habitación y encontrado que los Reyes Magos habían olvidado detenerse en mi hogar. Bastó echar un vistazo desde la escalera para percibir la mortífera quietud de la atmósfera, iluminada por el mudo destello del arbolito de navidad. Inmediatamente, preví que lo más molesto de aquel día sería responder las preguntas de mis vecinos cuando saliera a la calle a comparecer con las manos vacías: “¿Qué te trajeron los Reyes, Julio?”. Una pregunta generalizada, muy común, que puede avivar el júbilo de un niño o herirlo de muerte.

Miré televisión en lo que aparecían las primeras luces. Cuando vi que el sol no asomaría con todo su esplendor, desconecté el arbolito y me metí dentro de una chaqueta y unas chanclas, decidido a dar la cara. Me asomé por la puerta de la calle, cubriéndome la boca con una pesada manga de fieltro ante el manotazo gélido de la mañana. Esperaba encontrarme, de golpe, con un grupo de niños arrastrándose sobre sus patinetas nuevas a lo largo de la calle, chillando de alegría sobre una bicicleta a todo pedal, o, los menos afortunados (pero aun felices), empujando sobre la banqueta un elemental coche de plástico comprado en volandas la noche anterior en el mercado municipal.

Efectivamente, el viento traía consigo el coro ubicuo de los niños de cuadras vecinas, pero de extremo a extremo mi calle yacía desolada e invernal.

Entonces me di cuenta que Paula, serena, mecía entre sus brazos entecos y morenos un bebé de plástico, sentada en un banco de piedra empotrado en uno de los ángulos frontales de mi casa. Yo siempre la había visto andar con el perfil en alto, el pecho levantado, frunciendo el seño como un niño durante las retas de fútbol de la cuadra, pero jamás la había visto en esa postura. Tenía apoyada la mejilla sobre su hombro y su mirada revoloteaba cariñosamente en torno del nenuco a quien ella tocaba y retocaba con las puntas de sus dedos, ansiosa y devotamente.

Pasaron varios segundos antes de que Paula alzara la vista y se encontrase con la mía. La había estado observando fijamente, arropado por una vibración desconocida en medio del frío anquilosante, pensando que todos los años esa niña se presentaba cada año ante los otros niños con los juguetes de algún vecinito tonto o compasivo, escalando bicicletas ajenas, conduciéndolas mejor que nadie.

Nos miramos, así, sin saber qué pensar el uno del otro, durante una fracción de segundo.

Cuando volví al interior de mi hogar, instantes después, reflexioné que aquella era una de las insólitas ocasiones en que no nos habíamos saludado. En verdad, no habíamos cruzado palabra. Pero desde entonces no he olvidado este ínfimo trozo de vida.

Años después me senté a la mesa para comer con mi familia, y mi abuela mencionó que circulaba entre los vecinos el horroroso rumor de que uno de los tíos de Paula, de visita en casa, la había violado. Mientras mi familia hablaba acaloradamente, haciendo aspavientos de indignación, no pude evitar recordar a Paula regresando del jardín de niños, sonriente, diciendo mi nombre. No pude evitar recordar con dolor en el alma la única mañana de Reyes en que había encontrado debajo de su árbol de navidad una muñeca.

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