Hell or High Water posee esa clase de personajes con los que uno se siente familiarizado a los pocos minutos de empezar. Bastan un par de palabras, un cruce de miradas, para saber quiénes son aquella pareja de hermanos, Toby y Tanner, que saquean a prisa las cajas fuertes de un banco texano. Alucinados, huyen al rancho de la familia, cargados de billetes de veinte dólares, mientras la cámara llama nuestra atención por el parabrisas y las ventanas laterales hacia la devastación de uno de esos clásicos pueblitos miserables del Sur de Estados Unidos, carcomidos por la herrumbre, el calor y la pobreza.

Es un pequeño milagro en el cine de nuestros tiempos que no se necesite mayor explicación que aquella para determinar por qué alguien seguiría robando bancos en pleno Siglo XXI.




En Hell or High Water, que vendría a traducirse “A como dé lugar”, lo más llamativo es cómo la pareja de hermanos, interpretada con soberbia por Chris Pine y un Ben Foster irreverente, en verdad brillante, salen triunfantes de los atracos que realizan por toda la zona como si la gente de la región, de alguna manera, encontrase en ellos el conducto de sus propias frustraciones. ¿Cómo no vivir frustrado en una tierra con una historia de hostilidad entre comanches, yanquis y mexicanos? Un sitio del que no parece haber salida hacia la América de las oportunidades, donde los habitantes viven olvidados en sus restaurantes grasientos y sus calles polvorientas, arreando bovinos a través de la pradera como si por allí jamás hubiera pasado la revolución industrial.

Acertadamente, un oficial de policía mestizo, directamente prestado del cine de los hermanos Coen, compone en pocas palabras la historia de América: los hijos de los blancos que despojaron a las tribus indígenas de sus tierras ahora son despojados de ellas por los Bancos. Por el crédito. Por los tejes y manejes del sistema financiero. En dichas circunstancias es natural, por lo menos para Toby y Tanner, que robar al sistema sea apenas una pequeña compensación por esa pobreza que, como concluye uno de los hermanos, es como una enfermedad que se transmite de generación en generación.

Pero el espectador no debería desistir de ver Hell or High Water si piensa que se va a encontrar con una película plagada de diálogos filosóficos. En realidad, la película funciona como una cinta de drama, comedia negra y justas dosis de acción. Bien narrada visualmente, sin caer en las previsibles contemplaciones paisajistas del género, transita de un sitio a otro sin perder ritmo gracias a la sólida relación de Toby y Tanner, quienes se ganan fácilmente nuestra lealtad, pero también a la dupla de policías que se encargará de cazarlos a través del polvoso Oeste y en la que Jeff Bridges teje sin esfuerzo uno de esos sheriffs viejos con los que es imposible no simpatizar, aunque eso suponga poner un pie en cada bando.

Hell Or High Water es una película pequeña, ciertamente limitada en el alcance de su discurso, pero resuelta con mucho oficio y no sería descabellado que se llevase un Oscar a Mejor Actor Secundario por Bridges, aunque se eche en falta la nominación de Ben Foster.

Hell Or High Water, dirigida por David Mackenzie, nominada a:

  • Mejor Película
  • Mejor Actor Secundario: Jeff Bridges 
  • Mejor Guion Original
  • Mejor Edición

Lee la crítica de “La La Land”, aquí

 

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