Lion es una de esas películas “basada en hechos reales” que da cuenta de que la realidad no siempre suele ser materia prima válida para la pantalla grande. El cine, para bien y para mal, ocupa una extensión de espacio y tiempo notablemente inferior a los hechos. Quien pretenda contarnos una historia verdadera con todos sus matices, personajes, pelos y señas no está haciendo bien las cosas.

Lion cuenta la historia de un niño indio que, una noche, en la ciudad de Calcuta, se extravía; luego, es adoptado por una pareja australiana, y ya de adulto, busca el paradero de su familia de origen en google. La historia, como se lee, es una maravilla de la época contemporánea, un cuento de hadas. A poco de comenzar la película, parados en las callejas sórdidas de la India, vamos detrás de Saroo familiarizándonos con su familia, su hogar, las texturas del paisaje y los vapores de los alimentos… Minutos después, Saroo vagando perdido por las calles de Calcuta, donde otros niños abandonados viven a su suerte como corderitos indefensos ante adultos depredadores… Minutos después, Saroo en casa de una mujer, y luego metido en la cama con un hombre mayor… Y después en un orfanato, donde conoce a una niña que no pinta aquí más que para echar a andar un numerito musical sacado de la nada, francamente ridículo, de Disney, en unas circunstancias tan adversas que roza la falta de respeto… Y luego la llegada a Australia…

Y así se nos esfuma una hora de metraje, de personajes insulsos, de situaciones desangeladas, pero contadas sin estilo ni emoción, esperando la llegada de una reacción verdadera ante las circunstancias.




Veinte años después. Saroo va a estudiar hotelería, se enamora, come con tenedor y cuchillo (y no es burla, es que el director cree pertinente recordarlo)… en fin, que el niño se ha convertido en Mr. Australia, y no hay mejor detalle, nada más revelador en su psicología, que cuando va a comer a casa de unos compañeros que también provienen de la India y súbitamente, como el principio de un vértigo, se acuerda que él también era indio. ¡Vaya revelación! Como si no nos hubiéramos pasado una hora con él en la India.

Saroo es tan occidental, que la urgencia de recuperar sus raíces mella las relaciones con su novia, con su madre, con el otro hermano adoptado, con la escuela que jamás vuelve a aparecer… y después están las larguísimas búsquedas en Google Earth. Y si usted se ha aburrido leyendo este recuento, imagínese viéndolo, o pagando por él. No sería una historia digna de una adaptación cinematográfica si no hubiera tenido éxito, y claro, el final es un valle de lágrimas, de revelaciones, de rectificaciones. El espectador aprenderá por qué la película se llama Lion, y hasta tendrá la oportunidad de conocer los rostros detrás de los personajes, y todo con la seguridad de que, quizás, ha visto la historia más conmovedora del año, si bien no es ni la mejor contada, fotografiada, actuada, editada, musicalizada…

Lion es la concesión de la Academia al cine blandengue, perezoso, de vena melodramática, emocional. Ese cine que es como la novela de las tres de la tarde, que es muy mona, pero que está chafita y da pena recomendar.

Dev Patel, bien. Nicole Kidman, bien. Pero tampoco son las actuaciones más portentosas del año. Olvidable. Suspenso.

“Lion”, dirigida por Garth Davis, nominada a:

  • Mejor Película
  • Guion Adaptado
  • Banda Sonora
  • Fotografía
  • Actor de reparto: Dev Patel
  • Actriz de reparto: Nicole Kidman

Más críticas del Oscar 2017:

La La Land

Manchester Frente al Mar

Moonlight

Hell or High Water

Arrival: La Llegada

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