El amor es un ejemplo notable de lo poco que para nosotros significa la realidad

El día de hoy quiero escribir acerca de “En busca del tiempo perdido”, la monumental y más prominente obra de Marcel Proust, que escribió durante 14 años (1908-1922) y que se publicó paulatinamente en siete volúmenes (1913-1927) —los tres últimos, póstumos—. Y quiero hacerlo por dos cuestiones: 1) porque ayer domingo se celebró el 145 aniversario de su natalicio*, y 2) porque a la fecha lo considero mi autor favorito.

Portadas de las siete partes de ‘En busca del tiempo perdido’ publicadas por Alianza Editorial

Empezaré haciendo notar que a menudo escucho que “En busca del tiempo perdido” es una de las novelas más difíciles de leer; incluso he encontrado artículos en distintos portales en donde la mencionan entre los libros que nunca seremos capaces de terminar. Mentiras. Lo único que esta novela pide es estar conscientes de su estructura tan singular y, consecuentemente, adentrarnos a ella mediante una lectura muy cuidadosa. En el entendido de que este autor no se lee a las carreras ni al “ahí se va”, reparar en él puede dejarnos satisfacciones muy gratas.

Aunque hemos de señalar que Proust encontró oposición en todo momento: desde su primera aparición, en 1913, esta obra fue duramente criticada —en gran medida gracias a los sobrados prejuicios que se tenían del autor, alimentados generalmente por el esnobismo que supuestamente le rodeaba.

Proust fue muy poco reconocido en vida; la fama y el reconocimiento le llegaron póstumos; de hecho, algunos críticos que fueron muy severos con él reconocieron, tras su muerte, haber menospreciado su obra sin siquiera leerla. La realidad fue que su llamada presuntuosidad sólo era un talento inédito en sus capacidades para describir lo cotidiano; porque no hay forma de leer a Proust sin encontrarse a uno mismo en el camino. Nadie como él logró hacer de escenas aparentemente tan triviales todo un tratado de filosofía.




Sea como fuere, actualmente suele decirse de esta obra que su importancia radica en la influencia que tuvo en la literatura del siglo XX, pues son incontables los escritores que han pretendido imitarla, e incluso parodiar o desacreditar varios de sus elementos. Sin embargo, es igual de importante por cuanto que nos permite disfrutar la dimensión en que la propia novela se desenvuelve y que la hace parecer un diálogo con sus predecesores literarios.

“En busca del tiempo perdido” explora en sus más de 3,000 páginas los temas de tiempo, espacio y recuerdo; pero la novela es, ante todo, una condensación de innumerables posibilidades literarias, estructurales, estilísticas y temáticas. Lo más llamativo es el recurso estructural del que Proust se vale para relatar los altibajos de la burguesía y la aristocracia francesa durante los 50 años comprendidos durante el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX; esto es, mediante la defectuosa memoria de un aspirante a escritor (Marcel) que con frecuencia sucumbe ante muchas distracciones. Este defecto de la memoria implica percepciones erróneas de todo tipo que le traen raros momentos de alegría como efecto de la facultad de la memoria “involuntaria”. Estos momentos de conexión con el pasado son provocados por encuentros contingentes en el presente, los cuales despiertan sensaciones hace mucho tiempo perdidas —uno de los más célebres se produce cuando, temprano en el primer libro, nuestro narrador rememora recuerdos de su infancia al probar una magdalena—. Son fundamentalmente a estos momentos a lo que se debe su estructura única y la necesidad de una lectura a conciencia.

Lo más increíble de todo es que esta épica novela sigue evolucionando, y es que, por ejemplo, muchos intelectuales continúan examinando sus notas y bocetos, o traduciéndola a diversos idiomas mucho tiempo después de sus primeras traducciones. Y es magnífico… saber que esa “masa de la escritura” Proustiana, como a veces se ha descrito, continúa expandiéndose.

De ninguna manera podemos ignorar esta novela que ha causado profundos efectos en subsecuentes escritores, como sucedió, digamos, con Virginia Woolf, quien llegó a expresar, maravillada: “Oh…, si yo pudiera escribir así”. Y es que leer a Proust es como de ensueño, sus memorias pasan a ser nuestras y todo el tiempo que consumimos en la lectura se traduce como un estado cuasi onírico lleno de nostalgia y melancolía, donde todos los elementos se cruzan del alguna manera, el pasado, el presente, el dónde estuvimos, el dónde estamos… Y nos damos cuenta de que muy probablemente el ahora ya se nos fue.

Leer “En busca del tiempo perdido” es muchas cosas, pero, apropiadamente, nunca es perder el tiempo.

*Este texto se publicó originalmente el 11 de julio de 2016 en el sitio personal de su autor, por lo que la mención al natalicio de Proust refiere el día 10. 

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