Cuando estaba en la secundaria leí un cuento de Gabriel García Márquez que se llama Algo muy grave va a suceder en este pueblo. El título es diáfano, sincero y nos revela de qué va la historia.

Una mañana, una viejita confiesa durante el desayuno que ha amanecido con la sensación de que algo muy grave va a ocurrir. Los hijos, malcriados, se burlan de su presentimiento y lo descartan como una manifestación de senilidad. “Cosas que pasan”, escribe el Gabo. No obstante, uno de los hijos sale de casa al billar con ese pensamiento perturbador de efecto retardado que resuena justo al momento de tirar una carambola facilísima y que resulta fallida. Más tarde, confesará, al igual que su madre, que presiente la venida de algo muy grave. Uno de los amigos de éste, más tarde, comunicará la profecía de la vieja a su madre, y ella al carnicero, él a sus clientes… Para no hacer largo el cuento, como tampoco lo hace Gabo, para medio día todo el pueblo está metido en casa esperando la desgracia inminente.

Tal vez la desgracia viene en forma de paloma, si bien siempre las ha habido en el pueblo; quizás sea el calor, aunque todas las tardes sean igual de calurosas. La realidad habitual los asusta, aunque no se suscite ninguna novedad. Al final no pasa nada que no sea provocado por la euforia y la histeria colectiva: Así, todos en el pueblo echan sus cosas a las carretas y queman sus casas. La moraleja es muy clara.

García Márquez, en la clave en que abordaba su oficio, lo exagera todo, pero a la realidad le encanta imitar el arte surrealista. Y la realidad mexicana, preciosa que es, parece un delirio literario.




Y lo digo por lo sucedido hace unos días en el Estado de México. El malestar social de empezar el año con un aumento en el combustible y que obviamente habría de reflejarse en la inflación de productos y servicios llevó a la sociedad civil (y no tan civil) a tomar medidas como la toma de casetas de cobro en autopistas, manifestaciones, marchas e incluso el incendio de algunas gasolineras. Muchas de las manifestaciones se tornaron violentas y delictivas; el furor de la exigencia y la sublevación, algo que se manifiesta desconocido al mexiquense, por fin lo llevó a tornarse una bestia que rompe cristales, y que en ciertos casos, roba. Los saqueos fueron muchos y alertaron a todos por igual, al punto de que al realizarse una marcha la gente, unas veces por iniciativa propia y otras por advertencia maliciosa del gobierno, cerraba sus locales y comercios.

Aquí es donde las redes, que magnifican todo hasta el absurdo, cumplen la función  de propagar el miedo y crear histeria colectiva. Lo creí siempre un mito, algo que solo creen los adultos incautos, como que un grupo del crimen organizado pueda llegar a posesionarse sin ambages del Estado, o que se va a cobrar por el servicio de WhatsApp, o que Facebook puede adueñarse de tu información personal (como si no lo compartieras todo ya en tu perfil).

Bueno, retomando a Gabo, quiero que imagine que esa misma vieja se despierta con la sensación de que cuatro camiones del ejército que transportan a  20 hombres cada uno se dirigen a Toluca o a su municipio, y que son infiltrados de gobierno o de cualquier partido (usted póngale las siglas del partido que le venga a la cabeza). La vieja manda WhatsApp a sus amigos, y sus amigos a sus amigos y ellos a usted… Son tiempos de incertidumbre y usted se sujeta a cualquiera cosa que parezca remotamente verdad. Porque los presentimientos de la vieja casi nunca se equivocan.

¿Suena increíble?, ni tanto.

Es lo que pasó; gente que avisa que por allá están saqueando, que oportunistas aprovechan para robar transeúntes, que guarde su carro porque andan dando cristalazos. Usted no lo sabe de cierto a menos que esté allá presente, pero no está y se espanta. Es solo una adaptación contemporánea de los cuentos de las viejas de antaño. Se resguarda, a usted,  a su familia y su carro; si tiene comercio, lo cierra. En la ventana de su casa se asoma a ver la calle desierta. No puede culpar a las palomas o al calor de que lo saqueen. Se siente tonto pero no se arriesga: cualquier ruido lo pone en alerta.

¿Nada ocurre? La viejita ha tenido un presentimiento equivocado, pero ha demostrado que la sociedad es frágil, que tiene miedo, aunque ninguna casa esté ardiendo en llamas. Que el rumor no destruye, pero paraliza (al menos por ahora).

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