Ejemplos de estrellas devenidas en “Maestros” del cine hay de sobra, pero no fue sino hasta los años noventas, en pleno auge del cine independiente y del de tres pesos, que reconocidos galanes de la pantalla grande emergieron como autores valiosos: ya todos sabemos de los éxitos obtenidos en la Academia por Ben Affleck con la simplona “Argo”, pero muy pocos saben que este arremedo de Clint Eastwood ya se había hecho de un Óscar por la co-autoría del guion de la hermosa “Mente Indomable”, una película escrita a dos manos con otro actor, su mejor amigo, Matt Damon. Y no olvidemos que mucho antes de ser un reconocido antisemita, Mel Gibson también se llevó -merecidamente-  una estatuilla a casa por la dirección de “Corazón Valiente”, fortuna que no repetiría, por ejemplo, su amigo Sean Penn por “Into the Wild”, que pasó injustamente desapercibida en su momento, pero que hoy se ha ganado el estatus de culto por su majestuoso tratamiento espiritual de las aventuras salvajes de un chico inconforme con la vida de los suburbios.

Años después, el boom de los festivales y las muestras independientes, sobre todo en Europa, aunados a la apertura del mercado digital permitieron a creadores mucho más radicales sacar adelante proyectos que de otra forma no habrían salido ni en VHS: personas como James Franco (adaptador no oficial de William Faulkner y otros escritores difíciles), Natalie Portman o el joven canadiense que me ocupa hoy jamás serán recordados como buenos directores y la razón de ello es que ni lo buscan desesperadamente ni están dispuestos a hacer aquello que no les dé la gana. En otras palabras: no quieren complacer a nadie.

Ryan Gosling, en este aspecto, ha firmado un debut sincero en todo el sentido de la palabra: confuso, interesante y pretendidamente personal. Una película de novato brillantemente filmada, escrita con el corazón, y una escritura desaliñada que, si cabe, contribuye al enrarecimiento del empaque visual.




“Lost River” es el relato de dos líneas argumentales. Por un lado, la de Billy, una madre soltera interpretada por la despampanante Christina Hendricks (“Mad Men”) que debe luchar contra una situación económica adversa para mantener a flote a sus dos hijos y que el banco no la desaloje de la casa que ha habitado toda su vida. Por el otro, se nos plantea un misterio relacionado con el origen de Lost River, el pueblo desolado de los protagonistas, y los esfuerzos que “Bones”, el hijo adolescente de Billy, y su amiga Rat (Saoirse Ronan) deberán hacer para romper el hechizo que mantiene a la ciudad sitiada por un halo de ruindad fantasmal.

La película nos presenta este mundo perdido desde la perspectiva de “Bones”, introduciéndonos con él en las entrañas de una ciudad fantasma que, con un mazo al hombro, derriba pared por pared con la finalidad de extraer cobre y venderlo mientras se cuida de no ser capturado por un temible criminal que se pasea con sus secuaces en un descapotable. La relación que mantiene con su extraña vecina, Rat, y los secretos que ella guarda en la casa de su abuela demente lleva a la pareja de amigos y al hermanito pequeño de él a sumergirse en un mundo asolado por la oscuridad, la mugre y la maldad y del que no parece haber escapatoria posible. Ni siquiera para su madre, Billy, quien, buscando trabajo, toma la recomendación de su banquero y se presenta en un teatro-bar de “especialidades” macabras donde el público asiste para presenciar simulaciones de crímenes, sin contar las perversiones que esconde un pasillo acristalado tras bastidores.

¿A que suena bien? Pues más o menos. A “Lost River” se la ha acusado de incoherente y esteticista, deudora de muchos estilos y directores, pero tiene algunos detalles importantes que quizá la reivindiquen un poco ante los ojos del público inclemente: la película abunda en el uso de la luz artificial (faros, lámparas, resplandores y una iluminación natural endurecida, muy del gusto de los europeos) al tiempo que se recrea en la descripción de los espacios, que zozobra entre los tonos vivos de la naturaleza radiante que circunda al pueblo y la sordidez de sus calles y sus casas extravagantemente iluminadas de tonos violáceos, verdes y azules. Esta particularidad le recordará a más de uno las colaboraciones de Gosling con Winding Refn, “Drive”  y “Only God Forgives”, de las que toma prestadas motivos de luz y paletas de colores y música con reverberaciones electrónicas para hacerlas funcionar dentro de su propio mundo en una clave mucho menos proclive a la explosión dramática y sí más emparentada con la dilatación del tiempo y la creación de densidad y mal rollo en la que algunos observaron la influencia del David Lynch más esotérico de “Mulholland Dr.”  y de los viejos directores italianos del thriller sobrenatural de los setentas como Mario Bava (“Bahía de sangre”, 1971) y, sobre todo, Dario Argento (“Suspiria”, 1977), de los que ya me ocuparé en el futuro.

El uso indiscriminado de referencias, sin embargo, no crea empalago, en cambio, pone sobre la mesa un espectáculo siniestro tocado por la narrativa de terror y el surrealismo que a más de uno va a encantar con su desparpajo: hay tantas cosas, tantos “ítems” sobre la marcha que encontrar… como aquellas tijeras que “Bully” (más obvio no se puede ser), el memorable antagonista y autonombrado dueño de la ciudad fantasma, trae consigo en el bolsillo a la espera de una víctima de su cólera; o las lamparillas que sobresalen de la presa de agua y encienden sin explicación al paso de la lancha de “Bones”; o los sarcófagos de cristal…

Es injusto que la crítica se ensañase con esta pequeña curiosidad audiovisual. “Lost River” quedará como el espantajo de Ryan Gosling y una decepción que seguramente le granjeará burlas en Hollywood. Pero yo opino que algunas cintas merecen algo más que una crítica racional y un poco más de compromiso emocional: que se lo pregunten, si no me creen, al autor de “INLAND EMPIRE”. O cuestionen la última incursión de Refn en el absurdo: “The Neon Demon”.


“Lost River” se encuentra disponible en NETFLIX.

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