“Doc” Sportello está tirado sobre un sillón cerca de la ventana, en penumbras. La tarde cae gentil sobre las cabañas playeras de Gordita Beach y California parece en paz mientras el sol se oculta de a poco. Algunos transeúntes y la briza soporífera del mar adornan el crepúsculo idílico. Invadiendo la paz del pensamiento de Larry Sportello, Shasta Fay Hephworth es el ideal de mujer americana: una joven rubia, sucia, alta y delgada. Enmarcada por la puerta de la sala, Shasta le susurra a Sportello que su vida está en peligro: Sin buscarlo, se ha visto involucrada con personas que no le convienen a nadie, salvo muertas o encerradas.

Larry es médico, y en su tiempo libre, un investigador privado de poca monta… ¿o era al revés? Seguramente ni siquiera él lo sabe. Habría que preguntarle a Thomas Pynchon quién o qué demonios es Larry “Doc” Sportello: Un junkie, un loco, un melancólico detective o un incompetente doctor. Desafortunadamente, para preguntarle a Pynchon sobre Inherent Vice, primero tendríamos que encontrarlo. Thomas es una de las figuras más enigmáticas de la cultura popular contemporánea y muchas leyendas urbanas le rodean: Que solo su editor lo conoce, que es el seudónimo de Salinger o que tiene algún tipo de conexión con Dan Brown. Lo único seguro es que ha hecho una “aparición” en Los Simpson, dibujado como un personaje cualquiera con una bolsa de papel en la cabeza.




Paul Thomas Anderson decidió adaptar al cine, muy a su manera, esta novela de la autoría de Pynchon, cuyo eje principal es la nostalgia, o las drogas, o Los Angeles, o las sociedades secretas, o la manifestación del inconsciente o los hippies… Y como puede que todo esto, al igual que este texto, nos parezca disperso y sin conexión, es como se desarrolla la película en cuanto a la trama: el espectador no termina por enterarse de qué vio o, siquiera, si la historia que acaba de atestiguar tuvo un desenlace positivo o negativo para los protagonistas.

El tema que nos ocupa en esta reseña es el soundtrack, que funciona en perfecta sincronía con la propuesta visual de Thomas Anderson y con la narrativa relativamente apegada al libro que lleva este filme, dejando más dudas que respuestas. Para la realización de la película, Paul Thomas Anderson escogió música grabada acorde a la época en la que se desarrolla la vida de Doc, el personaje principal. Además de utilizar referencias setenteras, Jonny Greenwood se encargó de componer los temas principales de algunos personajes clave y situaciones que, como pistas, nos llevan de un lado a otro sin saber bien por qué.

El director ha declarado su fanatismo por la banda alemana Can, pioneros de la música experimental que después habría de instaurarse en el género del kraut rock. Su música es dinámica y retorcida, con presencia de algunos instrumentos de viento y un ritmo frenético que acaba por volverse pegajoso

Vitamin C, según Paul Thomas Anderson, funciona como un motor. Es el elemento que combustiona la relación de los personajes, que detona el desarrollo de la historia y que muestra el engaño de la aparente tranquilidad en la playa californiana, que pronto se convierte en un mundo plagado de drogadictos y sectas rivales.

Thomas Pynchon eligió un soundtrack para su libro, mismo que se va insertando en la historia como si fuera la música que cantan los personajes, que escuchan en diversos momentos o que aparecen como chistes en las conversaciones. Paul Thomas Anderson tomó la decisión de no utilizar ninguna de estas canciones con un resultado muy estético y trabajado. Analizar el soundtrack de la película por sí solo es una experiencia muy reveladora de los estados de ánimo y las atmosferas que buscan lograrse durante la cinta.

Spooks es sin duda el corte más llamativo a cargo de Greenwood, el legendario guitarrista de Radiohead. Una muestra de un ritmo cadencioso sin caer en lo lento y el protagonismo de los hammers y pulls en la guitarra son la insignia de esta canción con la narración de la historia complementando.

La admiración de Thomas Anderson por Neil Young también se hace presente en la película, con una aparición mínima de Harvest, el clásico del compositor canadiense, y Journey trough the Past en uno de los momentos más memorables y catárticos del cine de este director. La secuencia es casi cómica, pero desencadena un punto de claridad en el imaginario borroso de toda la trama. Si tuviera que definir esta secuencia con una palabra, sería “felicidad”

De Nuevo con Greenwood, Under the Paving Stones es una aportación dramática a este soundtrack que va de lo sublime a lo cómico y lo lastimero.

Entre esos altibajos se encuentran temas como Sukiyaki de Kyu Sakamoto, Simba de Les Baxter o Les Fleurs de Minnie Riperton.

Como gran final, Paul Thomas Anderson eligió Any Day Now de Chuck Jackson, que al contrario de Vitamin C de Can, funciona como un muro: un final implacable que presenta a los personajes al borde de la decisión, entre el silencio incómodo y la epifanía, otro momento cercano a la claridad en la historia, que en el último momento deja en el espectador la decisión final de la trama. Al otro lado de la pantalla está el odio reprimido, la dignidad de un hombre destruido y una vez más el sol perezoso que entra por la ventana de un auto en movimiento, que baña en el cansancio a dos personas y las une, o las separa irremediablemente.

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