Invierno. Los suburbios londinenses, envueltos en la característica bruma, parecen poco acogedores y solitarios. El frio invade las calles sucias, perfumadas con los restos industriales de las fábricas vecinas que atormentan los edificios de apartamentos día y noche con el ruido metálico incesante de calderas, depósitos, camiones. Eso y el vapor. El olor a combustible quemado, al que los vecinos se han acostumbrado hace mucho. La navidad está próxima y una mujer se sienta frente a la televisión a envolver regalos para sus familiares. El peso del sopor es difícil de cargar por sus hombros cansados y de a poco cierra los ojos. En el televisor, alguien le susurra cosas ahora incomprensibles, mientras el rugido de la calefacción la lleva de la mano al sueño más profundo. El rugido se mezcla con la sinfonía de engranes y maquinaria pesada, se convierte en un ronroneo. La luz desaparece por última vez, después de hacerse más brillante que nunca, solo por un instante.

En el invierno de 2003, Joyce Vincent, una mujer inglesa, murió en su apartamento de Wood Green, Londres, por causas desconocidas según el parte médico. Joyce era una mujer con un empleo fijo, que frecuentaba a su familia y amigos, aunque no tenía una relación muy allegada con sus vecinos ni sus colegas. De manera espontánea, y sin una razón aparente, Joyce decidió aislarse de todo lo que la rodeaba. Renunció a su trabajo y gradualmente se deshizo de cualquier vínculo emocional y familiar que aún conservaba. Ni siquiera sus amistades más cercanas se extrañaron por su ausencia durante cerca de 3 años, después de los cuales sus restos fueron encontrados.

Pero, ¿qué nos orilla a querer alejarnos de todo? La presión social a la que estamos expuestos es un hecho. Diariamente se nos juzga (o prejuzga) por lo que somos y por lo que parecemos: lo que estudiamos, dónde vivimos, de qué familia venimos o lo que hacemos en nuestra intimidad. Qué color de camisa elegimos hoy o la marca de nuestro teléfono parecen definirnos en un mundo al que le importa más la marca del producto que la persona que lo usa. Los mecanismos en los que participamos a diario están diseñados para hacernos cumplir cabalmente con estas normas: estudiar para trabajar y poder comprar, trabajar para comer y comer para trabajar, limpiar la casa únicamente para matar el tiempo.

El desencanto es prácticamente inevitable. Las amas de casa esperan ansiosamente deshacerse de sus hijos por un rato, que permanezcan en la escuela para poder atender el hogar e incluso acudir a sus trabajos, los empleados y burócratas realizan su labor aguardando el fin de semana para poder emborracharse y olvidar. El odio a lo que hacemos diariamente se presenta en formas tan distintas, que a veces ni siquiera lo notamos. Incluso llegamos a pensar que estamos dedicando nuestra vida a un fin mayor, a nuestras pasiones y lo que de verdad nos mueve; mientras poco a poco perdemos la razón, hasta que, sin darnos cuenta, es demasiado tarde.

La directora de cine inglesa, Carol Morley, retomó la vida y muerte de Joyce en el documental Dreams of a Life (2011) con el deseo de concientizar al público acerca de las consecuencias de la depresión, el aislamiento y la apatía en un grado patológico, debido a la nula cobertura que los medios locales brindaron acerca de este suceso. Aún con críticas mixtas y nominaciones en festivales europeos de cine independiente, la película fue un fracaso en taquilla, recaudando $6,595 dólares en su semana más fuerte.

En contraste, el músico británico Steven Wilson publicó, hace dos años, su obra más aclamada hasta el momento: Hand. Cannot. Erase. (2015), una oda a la repetición incesante de la vida en las grandes metrópolis, a la rutina y a la destrucción programada que genera en sus solitarios habitantes. Inspirado por la historia de Joyce Vincent y el documental de su compatriota Carol Morley, Wilson presenta un álbum que a través de tintes de pop, rock progresivo e inclusive opera, lleva al escucha de la euforia a la tristeza en 11 temas escritos, producidos e interpretados por él mismo y músicos especialmente elegidos para esta grabación. La revista musical All About Jazz reseñó el álbum como “capaz de entregar música accesible y al mismo tiempo profunda en cuanto a composición y lírica”.

First Regret es el intro perfecto para la historia. Un track pequeño, basado en el uso de sintetizadores y el sampleo de voces infantiles que le dan una atmosfera tétrica pero aún brillante en el fondo, que se ilumina ante el mellotrón y la guitarra acústica para después dar paso a la banda en escalas armónicas.

Con 3 Years Older, Wilson y compañía invitan al escucha a conocer a sus personajes, relatando los problemas de la infancia y la adolescencia de manera profunda, sin la simpleza y ternura con la que muchas veces se observa la vida juvenil. La primera protagonista, hermana de Joyce, parece una joven solitaria y precoz, que desde pequeña vive aislada, desembocando en una adolescencia tormentosa, con relaciones amorosas pasajeras y sin compromisos. La banda continúa con el sonido del track anterior, prestando especial atención a la armonía y el ritmo, las partes acústicas que acompañan la voz tersa de Wilson explotan inesperadamente en riffs y solos de guitarra por cuenta de él mismo y Guthrie Govan.




 Hand Cannot Erase es la pista pop del álbum. En ella, Wilson discierne sobre el amor de pareja y la desconfianza, la manera en la que necesitamos la certeza de la presencia del otro y la constante incertidumbre que invade a los amantes cuando se alejan, física y emocionalmente. A los amates y a los amigos. La música se hace cada vez más estruendosa. Un arpeggio de fondo complementa una guitarra ruidosa, casi de noise, género del cuál el compositor es fanático desde su adolescencia.

Routine es, sin lugar a dudas, una de las mejores canciones escritas en los últimos veinte o treinta años. La colaboración de la cantante Ninet Tayeb hace de esta pieza un deleite aún para el oído más exigente y educado. Las percusiones son perfectas y reflejan la monotonía, tema principal del álbum. Guitarra y bajo participan de un juego rítmico incomparable y la orquesta ambienta a la perfección los momentos fulgurantes de la canción. Las partes más oscuras recurren a los instrumentos de viento para crear una atmosfera pesada y paranoica. El cierre de esta pieza es uno de los momentos más conmovedores de álbum, la calma después de la tormenta. Divide en dos el caos de los acordes desenfrenados y detiene la furia de la banda y los gritos desgarradores de Tayeb.

Para la promoción de este track, Wilson escribió el guión para un corto de animación que pueden ver a continuación:

Home Invasion es el statement de Wilson para el sedentarismo. En esta canción agresiva y cambiante, la banda nos hace una invitación simple: descarga. Descarga la mierda que no necesitas, la que te vuelve loco, el amor, todo desde la comodidad de tu casa. Día y noche sin cesar, descarga.

Regret #9 y Transience asemejan al Any Colour You Like y Brain Damage de un Floyd reinventado, dejado en el pasado pero enterrado con honores. La primera de forma musical y la segunda líricamente. Regret #9 es la pieza instrumental de experimentación, con fuerte presencia de sintetizadores y retoques eléctricos de los instrumentos, mientras que Transience aborda la temática de tocar fondo en una composición aparentemente tranquila, un grito interno que no encuentra el punto de fuga.

Finalmente, Happy Returns. Una de las mejores canciones que ha dado el género “prog”, le valió a Wilson la atención mediática de BBC y al menos dos premios de revistas especializadas en este género tan underground al que le ha dado visibilidad a través de su obra. Un himno a la melancolía y la muerte, esta canción cuenta con un solo de guitarra igualmente poderoso y rítmico, acompañado de armonías vocales poco comunes en la obra de Wilson, que se agradecen al oído. Un track apasionado y nostálgico que cierra con broche de oro una obra excepcional.

En palabras del propio Wilson: “La parte verdaderamente interesante de esta historia es que tu reacción inicial es ´Ah, seguro era una viejecita a la que nadie le presta atención, que no le interesa a nadie´. Joyce no era así. Era joven, popular, atractiva, tenía muchos amigos y familia, pero por alguna razón, nadie la extrañó por tres años”.

En el invierno de 2006, el cuerpo de Joyce Vincent fue encontrado por los arrendadores del departamento en el que vivía. La puerta estaba cerrada con doble llave y no presentó ningún signo de violencia. Los restos de Joyce eran prácticamente esqueléticos, por lo que los médicos forenses tuvieron que identificarla mediante sus placas dentales. Los vecinos aseguraron que a pesar del hedor causado por la descomposición del cuerpo, nunca imaginaron que ella habría muerto, porque en primera instancia, creían que el departamento estaba desocupado hacía años. Los gastos de la electricidad y la renta fueron pagados por adelantado, lo que mantuvo la televisión encendida y la calefacción funcionando.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: