Corre el año 2016 y, pese a que todo apunta a que la literatura ha dejado de ser una fuente primaria de entretenimiento, siguen existiendo cultos en la red cuya devoción por la palabra escrita ha inyectado vida a un cierto espectro de géneros literarios que hoy día se reproducen a tontas y a locas, pero que vivieron su mejor época hace medio siglo cuando el cine y la televisión se comunicaban amistosamente con la literatura, triangulando historias y personajes en programas como La Dimensión Desconocida, Galería Nocturna y El Programa de Alfred Hitchcock, e incluso en lo tocante a la parrilla mexicana con Hora Marcada (Canal de las Estrellas, 1988-1990).

Así, pues, hoy vengo a hablar  del género de terror.

 

En contexto: un brevísimo panorama del terror de nuevo siglo

Stephen King y Clive Barker en un cameo para la película La Maldición de los sonámbulos

Stephen King y Clive Barker en un cameo para la película La Maldición de los sonámbulos

Es probable que el último “gran” descubrimiento en el mundo del terror editorial (sic) haya sido Clive Barker.No lo digo yo. Por allá de la década del ochenta, Stephen King, ya refrendando en su país como el indiscutible maestro del terror por libros como “Carrie”, “Salem’s Lot” y “El Resplandor”, y lector voraz, soltó entre alabanzas desmedidas el nombre de aquel joven escritor inglés que había comenzado su carrerra escribiendo y dirigiendo teatro en tugurios londinenses. A partir de dicha muestra de fraternidad profesional, quedaría en el imaginario de la siguiente generación de lectores, y grabado a tinta en todas las tapas de sus libros como una consigna maldita, el “He visto el futuro del horror y su nombre es Clive Barker”.

Los Libros de Sangre de Clive Barker

Portadas de los Libros de Sangre de Clive Barker

La venia real del horror, por si queda duda, no venía trastocada por el nepotismo editorial. En verdad, los cuentos contenidos en los “Libros de Sangre” de Barker fueron un terremoto editorial en Estados Unidos tras el fracaso comercial en Inglaterra durante el binomio 1984-85. La prosa descarnada, satírica, conquistó al público norteamericano, y posteriormente el latinoamericano, echando a saco una buena partida de fanáticos del horror, las historietas pulp y otras expresiones artísticas a cual más depravada, mejor. Las librerías apostaban en sus escaparates los títulos de Clive Barker, incluyendo además de los cuentos la saga épica de fantasía cósmica “Imajica”; su novela debut “El Juego de las Maldiciones”; y la novela corta de romance y horror corporal “El Corazón Condenado”. Fue tal la confianza que los poderes fácticos de la Industria Cultural depositaron en este artista interdisciplinario (escritor, pintor, fotógrafo) que un estudio de cine compró los derechos de “El corazón condenado” antes de salir de la imprenta, y hasta le concedieron la prerrogativa de dirigir su adaptación a la gran pantalla: “Hellraiser”. Las palabras de King, desorbitantes por principio de cuentas, se hicieron realidad: el libro fue bien acogido por lectores y críticos del género, y la película alabada por ser un espeluznante retrato del amor al margen de fuerzas demoníacas, un hatajo de ángeles cubiertos de púas que tanto podían otorgar el mayor placer como el dolor a través de las torturas más degeneradas. Tal fue el éxito en el año 1987, que el libro tuvo que cambiar en volandas su nombre original al de la película.

Un año antes, 1986, Stephen King había publicado un tocho de más de mil páginas titulado “Eso”, una novela coral donde un grupo de niños se enfrenta a una poderosa entidad devoradora de universos en forma de payaso homicida. La novela (y su adaptación televisiva) traumó de por vida a una buena parte de los Millenials de la generación, y desde entonces, los payasos serían un ícono universal del terror. Muchos no dudaron en darle el apelativo de obra maestra del género.

De todos modos, las librerías se empachaban año tras año con una nueva obra de King, corredor de largo aliento y ritmo endiablado, llegando a verse en la necesidad de publicar libros nuevos bajo seudónimo para no saturar el mercado con su nombre. Dicha tesitura bien pudo beneficiar a Clive Barker a finales de la década del ochenta, pero no quedaba mucho tiempo para que las cosas volvieran a su cruel estado de normalidad.




A grandes rasgos, la llama de Clive Barker se apagó nada más entrar los años noventa. Sus ulteriores incursiones tras las cámaras, las olvidables “Razas de Noche” y “El Señor de las Ilusiones”, fueron un fiasco que propaló la desilusión entre aquellos cinéfilos que habían sido hipnotizados por la atmósfera enfermiza de “Hellraiser”, encontrando en su lugar películas cutres sin suspenso, sin personajes entrañables o mínimo impacto visual. Por lo que respecta a sus libros, “Imajica” (1991) fue el punto y aparte en una sucesiva cadena  de novelas repetitivas que el autor decidió, quién sabe si por congraciarse con su público americano, trasplantar a escenarios estadounidenses. Desde entonces su nombre, desdiciéndose de la cita agorera de King, quedó rezagado, supeditado al culto de unos pocos que todavía siguen esperando un improbable nuevo libro de sangre.

Por desgracia, un futuro igual de ominoso esperaba al Maestro del terror nacido en  Maine. Exceptuando las afortunadas adaptaciones cinematográficas de “Misery”, “La Milla Verde” y “Sueño de Fuga” (considerada una de las mejores películas de la historia del cine en el sitio IMDB), las incursiones literarias de King de la última década del siglo no fueron pésimas, pero tampoco memorables como lo había sido en los ochenta “Cementerio de Animales”, “Christine” o “Apocalipsis”. Si durante dicho periodo sus adicciones habían exacerbado su fuerza creadora, los noventa equivalieron literal y metafóricamente a una cruda física y moral. Hecho que no lo libraría, en 1999, de recibir el siglo XXI volando por los aires tras ser arrollado por una camioneta que le fracturó la cadera y lo dejaría con achaques por el resto de su vida. La recuperación sería lenta y dolorosa, y el escritor de Maine llegaría a plantearse seriamente abandonar la literatura.

Ironías de la vida, durante los dieciséis años subsecuentes el autor de “La Niebla” volvería a poner el cordón bien alto en su bibliografía con libros entrañables como “Duma Key”, “11/22/63” y “Revival”.

De las librerías al ordenador

Si algo hay que añadir al buen oficio de King además de la soltura con la pluma, es el olfato para los negocios.

Corría el año 2000, y con King dando de vueltas en cama con los dolores surgidos del accidente, pensó que ya que la gente se pasaba cada vez más tiempo picando teclas frente al monitor  de esos malditos cacharros voluminosos llamados computadoras, sería una buena idea meterles la literatura, tal como se oye, por donde les cupiese. El resultado fue una novela, de trama casi desconocida, llamada “La Planta” que saldría exclusivamente en formato electrónico y por partes. Seis entregas después, la cosa no apuntaba hacia ninguna dirección, y Stephen decidió abandonarla. No obstante, la travesía, aunque fallida, ya había tendido un puente entre dos mundos que para la élite literaria adusta y decimonónica parecían imposibles de concebir: el papel y los bits. El experimento no volvería a ser repetido hasta 2009, con un libro corto de lanzamiento exclusivo en Amazon, llamado “Ur”, donde Stephen King se pone en plan metaliterario a narrar una historia de universos literarios paralelos contenidos en un Kindle encantado. Una noción interesantísima sobre el estado del arte del terror que explica a la perfección el cambio veloz del panorama editorial, literario y creativo al que se enfrentan los imberbes escritores de género si quieren captar a un público volátil con los receptores neuronales fritos por el WiFi.

La Planta, uno de los primeros libros digitales

La Planta, uno de los primeros libros digitales

Y no es que el EPUB o los lectores digitales sean a un tiempo verdugos y víctimas en estos vaivenes editoriales que hace rato suenan como el canto de cisne de la literatura, y Stephen King lo sabe, y los lectores lo sabemos. La literatura no compite con la literatura, ni siquiera en la palestra donde absurdamente queremos ver pelear a Dostoievski con E. L. James; el némesis de la literatura, sea de horror o romance, es el tiempo. Pensar precisa de muchos más segundos que los que tardamos en contestar un “jajajá” en Messenger, e incluso para entonces el mundo ya nos lleva diez pasos de delantera. Si de por sí da miedo pensar en lo rápido que van las cosas, ¿qué mejor que leer aquello que nos deja con un buen sabor de boca antes de ir a la cama? ¿Un mundo donde no existe la posibilidad de que te estemos espiando justo ahora a través de la cámara de tu móvil? ¿Donde tu teléfono celular no explote una noche mientras te encuentras echado sobre la cama y te desfigure el rostro?

Así las cosas, hasta las monstruosas creaciones libidinosas de Clive Barker parecen cuento. Lo que nos quita el sueño estas noches ya no son los cuentos de la Llorona lamentándose allá lejos en la zanja.

Puestos a disertar sobre lo que hoy nos tiene despiertos por la noche, dejando de lado aquello que estrictamente incumbe a la insoportable “realidad” que encontramos cada día al salir de nuestro hogar, me atrevo a decir que casi todo proviene de la red: aquello que hace dos lustros eran cadenas malditas y screamers en Power Point; hace cinco años, creepypastas; y que hoy detenta DrossRotzank como un título nobiliario en YouTube: no en vano se autodenomina “El espacio en YouTube sobre terror y misterios más grande del mundo” con una lenta, pero ascendente, cuenta de 9 millones 700 mil suscriptores. Quisiera llamar la atención del lector a una distinción que es fundamental para el caso: la transición de un bloque literario conformado por las citadas cadenas de texto-creepypastas al más reciente Boom del video-ensayo. Para no ahondar demasiado en estas particularidades de forma, sólo diré que un día los youtubers creerán descubrir el cine.

Y, a la sazón, qué paradójico resulta este progreso: ¿no acaso una gran mayoría de los videos de Dross podrían prescindir de las imágenes y volver a instalar con los audios, torre por torre, hablando figuradamente, las transmisiones radiofónicas de “La Mano Peluda”? ¿Y, seguidamente, qué serían esos audios sin la voz de Dross?

Relatos.

Relatos de terror (de los cuentacuentos)

Vaya, pues, no hay quien pueda sacarse de encima la palabra escrita. Pues resulta que estas dichosas palabras, bien empleadas, pueden prescindir de imagen y sonido y seguir acojonándonos con la descripción de toda la de bazofia inmunda que se ha encontrado en la Web profunda, o la transcripción desnuda de las siete llamadas más perturbadoras y demenciales al 911, o los siete videojuegos malditos, y etc. Claro, no todos los videos son sustituibles por relatos, pero el punto aquí es que las plataformas, formatos, ordenadores y redes sociales son en sí mismas un medio y también tema de las leyendas urbanas de nuestra generación, lo que para nuestros padres y abuelos eran los cuentos de aparecidos junto a la hoguera, y que para nosotros es una noche de sábado sentados frente al monitor.

El ansia, la necesidad casi visceral de pasar miedo, es una apelación de nuestros sentidos al universo y las interrogantes que alimentan lo desconocido: aquello que no podremos terminar de aprender en su totalidad como individuos en el curso de una vida y que tampoco queremos saber. Justo aquello que Stephen King y Clive Barker, y todo buen escritor de horror, indagan en sus historias. En paralelo, el supremo linaje literario del que es príncipe Stephen King y las expresiones del horror provenientes de esa oralidad computarizada sin autoría ni formato definitivo, se comunican y abrevan mutuamente de los lechos de la creatividad, de los que unos rescatan emparedados de 600 páginas con todos sus acentos y comas; y otros, sin prestar atención a esas veleidades editoriales ni gramaticales, se las arreglan para poner por escrito o en voz propia una historia de miedo sin más pretensión que la de asustarnos. Estos son los cuentacuentos de pura cepa.

Jorge Luis Borges, padre de la creepypasta y el cuento posmoderno

Jorge Luis Borges, padre de la creepypasta y el cuento posmoderno

El oficio del cuentacuentos en una hipotética comunidad conformada por una mayoría de interlocutores dependía, en esencia, de que dicha comunidad compartiera códigos culturales: lugares, nombres, chistes locales, leyendas conocidas por toda la colonia y exclusivas de ella. El horror, si es cierto que desentraña lo desconocido, depende mucho de qué tan próximo es a nuestras propias vidas. Su efectividad, como en el cuento de terror Cortazariano o Borgesiano, si nos retraemos a nuestra lengua, depende de la habilidad del cuentista de modificar la realidad sucesivamente, casi musicalmente, introduciendo un tañido de flauta sobrenatural, surreal, en la domesticidad. Cuentos tan disímiles a golpe de vista como “El Sur”, de Borges, y “La noche boca arriba”, de Cortázar, se valen del delirio de un estado febril para sugerir alternancias de realidades atroces que ponen en peligro la vida de sus protagonistas. El terror, para el lector, se encuentra en sus propias experiencias de la enfermedad: ¿quién no ha tenido una pesadilla derivada de la fiebre que se empeña en freír nuestro cerebro una madrugada? (En otro post me dedicaré a explicar por qué Jorge Luis Borges es uno de los padres de la creepypasta)

Tomo estos dos cuentos como ejemplo, no sólo por su impecable efectividad y sencillez técnica, sino porque hoy día muy bien podrían estar colgados en Reddit.

Relatos de terror (de nuestra generación)

Foro NoSleep: el éxito de tu relato de terror se mide en puntos y comentarios

Foro NoSleep: el éxito de tu relato de terror se mide en puntos y comentarios

Reddit, en corto, es un vertedero. Aglomera lo mismo fotos de gatos y política, discusiones en torno al arte y comentarios de videojuegos y cocina, historia y covers musicales de canciones de Bob Esponja. No hay cosa que no tenga su marcador ni tema lo suficientemente ridículo u obsceno que no congregue a los millones de usuarios que entran todos los días a navegar en esa curiosa página web cuya mayor particularidad es la profusión de texto. Más aun, si a propósito de este largo post, hablamos del subtema NoSleep.

NoSleep, en sus palabras, es “un lugar para que autores compartan historias de horror originales”, por lo que no son válidos ni el plagio ni el repost. Cualquiera, siempre que escriba en inglés, puede subir su propia historia de horror para ser leída por los 8 millones de redditors inscritos al subforo. El éxito se mide en puntos y comentarios de los lectores o, de ser el caso, en puntos negativos que restarán visibilidad a tu cuento entre el flujo incesante de relatos que llegan a todas horas a la plataforma.

Pero el detalle más importante de NoSleep no es la posibilidad de publicar nuestros mediocres cuentos de terror y que nos lean, sino que tu historia debe cumplir con un pacto de lectura similar al de la creepypasta: la suspensión del escepticismo. Mandamientos del sitio como “no salirte del personaje”, si escribes, o “actuar como si todo fuera verdad y tratarlo como tal” y “no pedir pruebas concretas”, si comentas, es la piedra angular del proyecto. La inmersión, la atmósfera, el quiebre de la realidad en la mente del lector se busca a través de historias con premisas como: “Cantaba para una banda popular de Metal en los 90’s”, “No saques la basura por las noches”, “Mi pueblo ha desaparecido del mapa”, “Recibo llamadas nocturnas de mi madre desaparecida hace semanas”, y etcétera. Es inevitable recordar, comparar, cómo en los ingenuos años noventas la gente pensaba que “El proyecto de la bruja de Blair” era un metraje real.

Y tras este brevísimo salto de tres décadas, llegamos a un punto en que  la democracia literaria del terror en redes escribe sus leyendas y las goza en tiempo real, algo que no ha ocurrido en ningún otro momento de nuestra historia. Stephen King, por mucho que escriba y lance dos novelas por año, jamás podrá estar a la par de ése cauce perpetuo de cuentos, relatos, creepypastas y video-ensayos que desfilan frente a nosotros cada día de nuestras ordinarias vidas, tan pronto haciendo ficción sobrenatural con las Elecciones de Estados Unidos como con la profusión de payasos asesinos en comunidades vecinas. Hay para todos, que no quepa duda, y aunque reducido, el nicho de lectores de maestros del cuento de terror sobrenatural como Arthur Machen, Algernon Blackwood y Lovecraft sigue en activo, repasando miedos ancestrales en cuevas, bosques y más allá de las estrellas. Pero por el momento queda manifiesto que nuestros miedos contemporáneos caminan con nosotros, cogidos del brazo.

Cuentos recomendados

Stephen King: “Los misterios del Gusano”, “Los chicos del maíz”, “A veces vuelven”, “Basta S. A.” contenidos en la colección El umbral de la noche; el cuento que da título a la colección La Niebla; “El dedo móvil” y “Crouch End” en Pesadillas y alucinaciones; “1408” en Todo es eventual; “N.”, “El gato del infierno” y “Mudo” en Después del anochecer; “Una extensión justa” en Todo oscuro, sin estrellas.

Clive Barker: “El tren de la carne de medianoche”, “El blues de la sangre de cerdo”, “Las pieles de los padres”, “Hijo del celuloide”, “La Madonna”, “Los niños de Babel”, contenidos en la colección Libros de sangre.

Borges: “”El sur”, “La muerte y la brújula”, “Tres versiones de judas”, en  Ficciones; “Emma Zunz” y “El Zahir” en El Aleph; “El evangelio según San Marcos”, en El informe de Brodie; “There are more things”, curioso cuento inspirado en Lovecraft, en El libro de arena.

Cortázar: “Lejana” en Bestiario; “Continuidad de los parques”, “El ídolo de las Cícladas”, “Sobremesa” y “La noche boca arriba” en Final del Juego; “Las babas del diablo” en Las armas secretas; “La autopista del Sur” en Todos los fuegos el fuego.

NoSleep: “I’m a Search and Rescue Officer for the US Forest Service, I have some stories to tell”, “Feed the pig”, “The Oddkids”, “I’ve been watching my friends on Netflix”.

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