La primera impresión que me dejan los dos primeros capítulos de Twin Peaks es de pérdida. La pérdida de la nostalgia, pero en definitiva de una falsa nostalgia. Me pregunto qué habrán pensado los millones de espectadores que se congregaron la noche de ayer ante su televisor para retomar un cuarto de siglo después la vida  de esos pueblerinos que bebían café como si no hubiera mañana, para encontrarse, en cambio, en Las Vegas, en Nueva York, en ambientes tétricos y desoladores donde la tarta de cereza  parece una pueril ridiculez.

El mundo ha cambiado mucho durante los últimos 27 años, y David Lynch parece convencido de que la apacibilidad de esa vieja América profunda que ya había retratado con cinismo en Blue Velvet, y con inopinada ternura en Straight Story, se ha venido de cimientos al infierno.

Sí, allí sigue el pueblo de Twin Peaks, el solemne sheriff Hawk, la divertida Lucy detrás del escritorio, la dama del leño perorando profecías por teléfono, y etcétera; pero todo parece impostado, tristemente falaz. Lo que predomina son las habitaciones cerradas, los cuartos de hotel, las camas, los pasillos, las lámparas… La narrativa es disgregada, simultánea, desconcertante. El humor asoma esporádicamente como un intruso. No hay espacio para las referencias ni la risa fácil, ni siquiera para la música hechizante de Badalamenti, quien hasta el momento apenas tiene una presencia atmosférica, sin picos de intensidad o soporte dramático. Las dos temporadas originales de Twin Peaks continúan siendo la telenovela de arte más aterradora, conmovedora y desternillante de la televisión; de esta nueva incursión uno no sabe qué esperar.

David ha venido, como en otro tiempo, a hacer trizas nuestras expectativas y a modificar las reglas de la televisión, y para ello echa por la borda el misterio de Laura Palmer, un alma vieja, testimonial, de aquellos viejos, buenos, tiempos que para la generación de Netflix solo puede conjurar música de sintetizadores, suéteres tejidos a mano, aserraderos y una atmósfera, en fin, que nada tiene que ver con el sujeto que mira la caja vacía de cristal en New York aguardando la aparición de algo que nadie tiene idea qué podría ser. Una tarea tan absurda como seductora que nos fascina incluso de este lado de la pantalla. ¿Será un modo de decirnos lo absurda que es la televisión? Ninguna lectura parece descabellada en esta alocada centrífuga en la cual cobra vital importancia la sala de las cortinas rojas, en algunas de cuyas habitaciones nos esperan algunos rostros conocidos y un árbol con habilidades muy curiosas… El segundo capítulo podría ser la pieza más surrealista de Lynch hasta la fecha. O la más ridícula: francamente, quién sabe.

No es fácil hablar de estos nuevos capítulos. En realidad, no sabemos qué está ocurriendo en el contexto general, y bien vale lo mismo no haber visto los episodios canónicos de los noventa para adentrarse en este nuevo viaje por la mente de David Lynch, que igual podría considerarse como una continuación espiritual de INLAND EMPIRE y Mulholland Dr.

Las cosas apenas empiezan y no parece que Lynch haya venido a responder antiguas cuestiones. Uno solo puede limitarse a admirar de lejos la labor de una de las mentes más brillantes de todo el espacio audiovisual y cinematográfico de la historia, y agradecer que exista la oportunidad de presenciar la apertura de una senda que Mr. Robot comenzó a explorar hace unos años y que ahora, de la mano de David Lynch, se ensancha con infinidad de posibilidades.

La nueva temporada está disponible en Netflix, un capítulo nuevo cada lunes.

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