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¿Será cierto que odiar es peor que ser odiado? Probablemente. Podrás tolerar que te maldigan, pero sentirse repugnado por alguien, eso es incontrolable.

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Recuerdo aquella noche de hace ya cinco años. Estaba con mis amigos en un lugar muy concurrido por los jóvenes encantados con la onda underground. Ahí estaba yo, con una cerveza en la mano, buscando únicamente pasarla bien. Llevaba un vestido de rayas rojas y el cabello corto. (Tiempo después supe que jamás te había gustado mi cabello hasta el cuello).

Volteé y ahí estabas: tan atractivo a primera vista.

Los siguientes minutos aparecen difusos en mi mente, pero pronto llega esa imagen de cuando te estaba sonriendo y anotabas mi número telefónico. Y así es como pasan dos años de tu vida junto a alguien que después vas a odiar.

O al menos eso creía hasta que tiempo después, una de estas noches, te volví a ver…

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La música hacía rechinar todos los rincones de ese ámbito pequeño y resultaba insoportable ver tanta gente conglomerada donde al parecer lo único que importa es mover la cabeza o mover, a pasos cortos, los pies. Iba bajando las escaleras de aquel mismo sitio en el que te sonreí por primera vez…

Entonces te vi: atractivo como siempre. Llevabas encima un traje que no te favorecía nada porque a todos les recuerda que eres una persona mayor.

Ya no importaba saber qué fue lo que había dejado de funcionar. En realidad, tiene poca relevancia lo que platicamos aquella noche. Eso sí, me reclamaste mis berrinches a pesar de años de no verte, pero ya no podía significar nada. Curioso es poder olvidar circunstancias rebosantes de amargura y hostilidad y que, entonces, en aquel lugar, nos hayamos vuelto a ver a los ojos sin sentir nada.

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Hace tres años me encontraba en tu auto. Peleábamos por razones estúpidas. Me conocías tan bien que siempre tenías un pañuelo a la mano para mí: sabías que en determinado momento todo culminaría con mi llanto, mas unos días después apaciguábamos las lágrimas y volvíamos a besarnos.

La última vez que bajé por la puerta de ese automóvil azul, del cual ya me había encariñado, alojaba un sentimiento diferente al que motivaba esas lágrimas que ya había derramado muchas veces. Se convirtió en otra cosa, en algo adverso que me protegió mucho tiempo del dolor. Se convirtió en odio.

Vivir con aquel sentimiento envenena el alma por medio de los pensamientos. Muchas veces te imaginé implorándome perdón, anteponiéndome a tu dignidad. Mi parte favorita venía cuando te espetaba, de manera cruel, que te alejaras y no volvieras. Me encantaba pensar que te dolía, tanto como alguna vez me dolió a mí. Me veía con la frente en alto y esbozaba una pequeña sonrisa en mi rostro.

Me creía fuerte, pero no lo fui hasta después de mucho tiempo. Tal vez no lo entenderías: no te pediría que lo hicieras ni ahora ni nunca.

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Míranos: nuevamente dentro de este auto cada vez más viejo al igual que tú. Y no lo digo como ofensa, sino al contrario, creo que los años te han brindado buen físico y sentido del humor. Lo único que no cambia es tu falta de delicadeza para decir las cosas y quejarte siempre de mis atuendos. Esta ocasión, lo que te molesta  es la boina.

Cuando llegamos a mi casa, dices: “¿Te acuerdas de todas las veces que vine a dejarte? ¿O de las veces que hacíamos cosas indebidas en el estacionamiento?”. Te contesté que sí y comencé a reír mientras revivía cosas que pensé haber olvidado: tu pelo sobre la cara, tu nariz perfecta, nuestras conversaciones sobre todo lo que nos cagaba en la vida y las innumerables listas de lo que nos encantaba; que me tocaras y me quisieras.

Hablamos por más de una hora. Me dijiste que te seguía encantando mi mirada y no resistí la curiosidad de saber qué se sentía volver a darte un beso…

Ya no te odio.

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