Lenny Belardo cita a Don Tomasso en los techos nocturnos de los castillos del Palacio Apostólico en el Vaticano. Dos hombres de Dios platican sobre la vida, a veces felices y a veces desesperados, o mejor dicho, acerca de esas sobras de vida a las que están atados los Santos como ellos, los sacerdotes, los cardenales y las monjas: El eterno aburrimiento de amar al prójimo más que a uno mismo, de reunirse con todos los bienhechores y apretar las manos, sonreír un rato y despedirse cerrando tratos que cambian el destino del mundo.

Lenny es, probablemente, el hombre más poderoso en la faz de la tierra; y Lenny sabe, Dios sabe, que va a aprovechar ese poder hasta el último segundo, que va a demostrarle a todos y a sí mismo que un americano, aun con secuelas de su crisis de los 40, puede dirigir una de las instituciones más importantes del mundo: La Iglesia Católica.

Paolo Sorrentino, director italiano ganador del Oscar, es el hombre detrás de esta empresa polémica y atrevida en todo sentido. Escritor y director de la vida de Lenny Belardo, el papa joven, Sorrentino ha arriesgado su propia reputación, a veces vanagloriada, a veces golpeada, para traer a la televisión la flor de su carrera cinematográfica. The Young Pope es la puesta en práctica de todo lo que Sorrentino ha aprendido en la cuesta arriba que fue para él su producción fílmica.

Es difícil elegir la mejor parte de esta nueva serie de HBO Y Sky Atlantic, ya que los errores son mínimos, y muchos de ellos se ajustan precisamente a la vida. A personajes que lloran y ríen y se enamoran en lapsos de tiempo tan cortos, pero tan intensos, que no hay la menor duda de que ha ocurrido de manera genuina. El malhumor de crítico desaparece ante la menor provocación en esta serie que envuelve al espectador en un halo de luz amarilla, en noches italianas estrelladas y tibias, de albercas inflables e individuos repartidos por el Vaticano como si fueran obra misma de García Márquez: Un aspirante a santo que ve en sus cabras a la Virgen María, o una escort que está segura de tener las pruebas irrefutables de que Dios existe.




Todos ellos puestos ahí para probar a Lenny, Pio XIII, en su reinado papal. Para tentarlo, sobornarlo y sobre todo, para agotar su nula paciencia de fumador, de bebedor de Coca Cola Cherry Zero, su paciencia de hombre maduro que se comporta como adolescente y que sueña con salir a la Plaza de San Pedro para bombardear a los fieles con un discurso que más que revolucionario, raya en lo soez, en lo degenerado, en lo bloqueador de arterias de abuelas católicas que seguramente caerían fulminadas en el circo del Vaticano al escuchar que el Papa está de acuerdo con la masturbación y el aborto.

Pero ese es otro Lenny, el de los sueños, al que Pio XIII teme en las horas de vigilia, y que a veces se manifiesta en sus momentos más álgidos, arrebatándose ambos el vestido papal con todo y tiara, completándolo con lentes oscuros y cigarro en mano. Un encendedor con una foto de Venecia inicia algunos de los momentos más emblemáticos de las conversaciones del Papa Joven, que es un libro abierto, pero con mensajes crípticos escritos. La personalidad de este personaje parece estar escrita para Jude Law, que se calza la figura del Papa como si hubiese nacido para ello.

Sorrentino aprovecha este contraste para adornar la obra con monjas que cuelgan la ropa, recogen naranjas, patinan y se despeinan en el helipuerto del Vaticano; con obras de arte por todos lados y con armados de sets espectaculares, lo mismo en la sala de un departamento convertida en altar para el Papa o en un estacionamiento de camioneros convertido en centro de oración, con una iluminación que se antoja renacentista y cálida, y la famosa elección musical de Sorrentino que puede definirse de cualquier manera menos común. A pesar de ser recurrentes, los vestuarios y las locaciones son un deleite sin igual, de pronto referencias a La Grande Bellezza, la otra gran obra de Sorrentino.

The Young Pope es mucho más que una serie de televisión. Es una obra de arte en todo aspecto, y es la narrativa del desengaño, de la honestidad sobre todo aquello que se encierra en nosotros mismos, sobre nuestros anhelos juveniles e infantiles, y sobre la añoranza de las figuras familiares más importantes: el padre y la madre; sobre el amor y la necesidad de pertenecer a algo, a algún lado, saber de la existencia de algo más grande que lo mundano. La historia del papa joven es un beso en la frente del televidente, un anuncio de que todo está bien, alejada de la locura general de los dramas televisivos que vomitan violencia, una invitación a creer de nuevo en la magia, para no decir Dios, que es un concepto tan grande, que ni siquiera le interesa a Sorrentino más que como aderezo.

Estos atisbos de la divinidad y la figura de Dios seguramente serán tela de donde cortar en la segunda temporada, que según se rumora, ya está en grabación en los mismos escenarios preciosistas de Venecia, Nueva York y el Vaticano. Por lo pronto, The Young Pope está próxima a estrenarse en América Latina y el resto del mundo después de su exitoso debut en los televisores europeos, con críticas que aclaman, además de lo mencionado en esta nota, el arrojo con el que Sorrentino ha escrito la personalidad de sus personajes audaces, sarcásticos y despreocupados, pero profundamente introspectivos y reaccionarios.

Diría que espero de esta serie su impacto en el gran público, que espero platicarla con los amigos en los cafés, o que los artistas de todo el mundo le rindan tributo como a Stranger Things o Game of Thrones, pero la verdad es que no. Ojalá nadie la vea, nadie la entienda y nadie la recomiende. Ojalá que sus pocos espectadores, dentro de algunos años, la recordemos como esa obra magnifica que nos regaló momentos maravillosos a unos cuantos. Esa obra que utilizó al catolicismo como excusa para dar lecciones a bofetadas sobre la justicia, la privacidad y el morbo, sobre el amor incondicional y la belleza infinita de regresar a casa, sobre lo horrible del turismo y los viajes, y sobre la memoria, que bien puede hundirnos o rescatarnos del abismo.

Tutta la vita gira infinita senza un perché.

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